Días tristes, los tenemos a menudo; son de cristal y de
plata, de un gris refractado que nos embarga las pupilas. En estos días ásperos
pensamos demasiado en las consecuencias, en el futuro, contemplamos las
posibilidades de nuestro devenir sin certeza de nada, sólo para arroparnos con
una manta de miedo que nos da una falsa sensación de seguridad, como si
poniendo sobre la mesa todos los posibles tormentos nos fueran a doler menos.
Dolor, eso es. Porque a todos nos han hecho daño, porque hemos sufrido demasiado,
es por eso que nos tomamos estos momentos de plata y cristal para detenernos a
torturar nuestra conciencia con temores del pasado y de lo que vendrá.
Son losas que nos aplastan, nos agarran de los tobillos y nos
hunden, nos hacen apetecer el quedarnos quietos, sentir como poco a poco el
frío de la cobardía nos hace acurrucarnos sobre nuestro cuerpo y dejar pasar el
tiempo... para perder. Sin embargo, en los momentos en los que más derrotados
estamos, es a menudo cuando más fácil es empezar a ganar: sólo hay que hacer lo
contrario a lo que queramos. Si te dejas arrullar, estás perdido; si no
reaccionas, estás acabado; si te quedas quieto, mueres, porque no aprovechas la
vida, porque se te escapa entre los dedos, porque te conviertes en espectador
de un mal show, un show en el que son tus miedos y la influencia de los demás
los que dirigen el espectáculo y, afrontémoslo: nadie va a escribirte un guión
que te guste más que el que te harías tú mismo.
Días tristes, de maldito aplanamiento, momento perfecto para
seguir en movimiento, con más rabia si cabe. Días para salir, bailar, hacer deporte o, como un
servidor, ponerse a escribir tus pensamientos; días de oscuridad, de sombras
tan densas que a nadie le importe perder la vergüenza y hacer lo que realmente quiera;
días de moverse hacia delante sin plantearse a dónde se va, el día más
importante para no quedarse quieto porque, sencillamente, si te paras, mueres.
No hay comentarios:
Publicar un comentario