- “Tetas de Vane”, “tetas de Vane”, “tetas de Vane”...-
coreaban todos los niños.
Bosco se cubrió el pecho con las manos. Todo el club de natación
reía. Incluida Vanesa, la chica con más pecho del grupo y de la que
él creía estar enamorado (aunque el órgano que había decidido
aquello se encontraba varios centímetros por debajo del corazón).
Aquella situación empezaba a desquiciarle.
No me andaré con rodeos: Bosco estaba gordo. Comía más que
cualquier otro chico no obeso de 13 años, lo cual le había hecho
caer en un círculo vicioso: sus compañeros se reían de su peso y
él comía por la ansiedad que le provocaban sus burlas.
Al principio de su existencia, la vida no había ido demasiado mal
para el chico. Bosco nunca había sido muy inteligente, lo cual había
supuesto una ventaja a la hora de integrarse en cualquier grupo de
adolescentes. Su estrategia había sido la pura y simple imitación.
Como gelatina dentro de una vasija irregular, el chico había crecido
adaptándose a las circunstancias de sus semejantes, haciendo lo que
se supone debía hacerse y riendo de lo que se supone debía reír.
Todo eso funcionó bien hasta que entró a clase de natación. Los
niños deben ser muy crueles (si no, todo el mundo sería feliz), y
aquellas bromas sádicas que Bosco había esgrimido contra los demás
con el beneplácito del grupo se volvieron en su contra en el momento
que salió a la luz que se podía recoger tocino pasándole un
cuchillo por el abdomen. “Ballenato”, “tetas de Vane”,
“barco” y posteriormente “yate” eran sólo algunos de los
motes con los que sus compañeros le torturaban.
Aquel día, el profesor Moskovitch había organizado una prueba de
velocidad. Una vez el revuelo se hubo calmado, los chicos entraron en
la piscina bajo la atenta mirada del monitor. La mirada de Moskovitch
en realidad siempre era atenta. Sobre todo en las duchas.
- Chicos, hoy tenemos la prueba de velocidad. -¿Veis? Os lo dije-.
Bosco Aaabern, eres el primero.
El chico entró en el agua tímidamente. No quería que volvieran a
gritarle “tsunami”.
La verdad era que Bosco no nadaba mal en absoluto. A pesar de sus
rechonchos brazos y piernas, la práctica constante le habían dotado
de compenetración entre sus miembros y una técnica depurada. Con 2
minutos y 14 segundos, estableció una marca bastante digna.
- Muy bien Bosco, te has superado- premió Moskovitch mientras se
acariciaba el pelo del pecho.
- Gracias señor. En el agua soy como un pez.
- Las ballenas son mamíferos.
La clase entera estalló en carcajadas.
Aquel que había intervenido era Tomás Esparkling y, durante los
últimos años, la pesadilla de Bosco. El uno era radicalmente
opuesto al otro: escuálido, de ojos caídos y cara alargada e,
hiciera lo que hiciera Bosco, Tomás siempre tenía una réplica
ingeniosa contra él. De padres judío-nacionalsocialistas
encarcelados, nadie sabía muy bien sobre la vida de Tomás. A Bosco
le bastaba con saber que le odiaba.
- ¡Profe!- se quejó Bosco.
- Lo siento chico, pero sólo ha exteriorizado conocimientos
correctos aplicados sobre la fauna marina- dijo el señor Moskovitch
encogiéndose de hombros-. Sal del agua y vamos, todos a las duchas.
- Pero... profe. Quedan 56 minutos de clase- replicó un alumno que
se llamaba... Juan. Por ejemplo.
- ¿Ah, sí? Qué despacio pasa el tiempo... pues venga, tú mismo.
Al agua.
Las pruebas de velocidad se sucedieron durante toda la mañana. La
marca de Bosco quedó como la tercera mejor de clase, lo cual ya era
una leve victoria para la pequeña mente comparativa del chico.
Al terminar la clase, dos agentes de policía fueron a hablar con
el señor Moskovitch en privado por “razones personales que no os
incumben, chicos”, como les había explicado el propio profesor,
así que pudieron ducharse sin sentirse observados. Los vestuarios
eran el momento más traumático para Bosco. Si bien las burlas de
sus compañeros (y especialmente de Tomás) se sucedían
continuamente, su frecuencia se recrudecía exponencialmente cuanta
menos ropa llevara encima.
Aquel día, Tomás y un séquito de tres niños más fueron a
hablar con Bosco mientras sacaba la ropa de su taquilla.
- Oye, “Bordo”, ¿verdad que te estuviste haciendo pis en la cama
hasta el año pasado?- le preguntó el chico.
- ¡Eso es mentira!- mintió Bosco.
- Verdad.
- Mentira.
- Verdad.
- ¡Mentira!
- Verdad.
- ¡Mentiraaaa!
Entonces, Tomás sacó un papelito de sus pantalones y se lo tendió
a Bosco.
- Toma.
El chico le miró con recelo un instante. Luego, lo cogió porque
sólo era un papel, ¿qué podía hacerle? Al mirarlo detenidamente,
vio que era una foto de su madre.
- Para ti la perra gorda- dijo Tomás.
El vestuario entero perpetró una feroz carcajada. Bosco rugió en
silencio como un león afónico.
Aquella noche, en la oscuridad de su cuarto, el joven obeso juró
venganza. Pensó durante horas la manera apropiada y proporcional de
devolverle todos los meses de maltrato psicológico que había
recibido de su compañero, y de paso ganarse el respeto del resto del
grupo, pero no se le ocurrió nada. Decidió poner la tele. Estaban
echando una película sobre la II Guerra Mundial. Tenía que matar a
Tomás.
Durante meses, Bosco planeó su particular manera de impartir
justicia. La situación requería de una trampa sutil y elaborada,
capaz de hacer que pareciera un accidente y no le incriminara
directamente a él. Decidió llenarle a Tomás la taquilla de
petardos y que le estallaran en la cara.
Con los ahorros de toda su vida, el chico logró comprar una
cantidad de material pirotécnico lo bastante grande como para que
los fabricantes de tanques blindados se replantearan su trabajo.
Luego, otro mes para aprender a forzar cerraduras. Y, finalmente,
llegó el día de la vendetta...
En los vestuarios, Bosco ya se había puesto el bañador y hacía
como que buscaba algo en su mochila para esperar a que sus compañeros
se marcharan, cuando Tomás le hizo una foto al pecho con el móvil.
- Es para mis largas noches solitarias- explicó.
De nuevo, hubo risas.
- Ya reiré yo...- juró el gordo, y esperó que nadie le hubiera
oído. Así fue, tranquis.
Una vez todos los demás chicos se hubieron marchado a la piscina,
Bosco comenzó el plan. Con una horquilla, dos ganzúas, la tarjeta
de crédito de su madre y una chancla, tras muchos esfuerzo fue capaz
de abrir la puerta de la taquilla de su enemigo. Después, prendió
fuego a la mecha e introdujo los petardos dentro. El plan perfecto...
...o no. Que no era infalible lo tenía claro, pero Bosco empezó a
plantearse varias incógnitas respecto a la treta que hasta ahora
había pasado por alto: ¿cuánto duraba la mecha? ¿cómo
conseguiría que Tomás abriera la taquilla en el momento oportuno?
En el supuesto de que por alguna extraña razón todo saliera bien...
¿puede un niño de 13 años ir a la cárcel?
- ¡Los ahorros de mi vida!
El chico se abalanzó sobre la taquilla y empezó a forzar de nuevo
la cerradura. Esta vez necesitó dos chanclas. Presurosamente, abrió
la pequeña puerta dispuesto a apagar la mecha que quedara. Pero, para cuando lo consiguió, ya no había mecha que apagar.
Lo último que
escuchó Bosco fue el inicio de una explosión. Minutos después,
tuvieron que despegar los restos de su cara de la pared con una
espátula.
En el cielo, Bosco y Dios charlaban animadamente (¡ZAS!).
- En el fondo me alegro de que las cosas no salieran bien- reflexionó
el chico-. Matar a una persona no es cosa de risa, y creo que no
hubiera podido vivir con la culpa, por mucho que Tomás se lo
mereciera.
- BOSCO, QUIERO QUE VEAS UNA COSA- dijo Dios.
Gracias a sus superpoderes, Él materializó una televisión
gigante ante ellos. Como encendida por un mando invisible, empezaron
a verse imágenes de Tomás. Bosco descubrió inquietantes verdades:
alejado de sus padres desde los dos años, el chico había estado al
cuidado de su cruel abuela materna, que le había tratado con
severidad y crudeza.
- Toma una zanahoria, “caracaballo”- le decía a menudo en el
vídeo recopilatorio, mientras le acercaba el vegetal a la cara.
En otra escena, se vio como la mujer llevaba a Tomás a dormir a un
establo. Posteriormente, imágenes de la mujer subiéndose sobre el
chico y azotándole como si fuera un potro desbocado. Tras varias
imágenes más, la tele se apagó.
- Cielos... debe de estar muy amargado- pensó Bosco, sintiéndose
culpable.
- EN ABSOLUTO. BOSCO, TOMÁS APRENDIÓ HACE MUCHO TIEMPO A REÍRSE DE
SÍ MISMO Y A QUE LAS BURLAS NO LE AFECTARAN. POR ESO ES CAPAZ DE
MIRAR LA VIDA CON IRONÍA Y SENTIDO DEL HUMOR.
Bosco se mantuvo un rato pensativo. Las palabras de Dios horadaron
en su cabeza como un óvulo fecundado en el endometrio.
- Ahora lo comprendo. Sin burla, la vida sería aburrida y banal.
Continuamente, humillamos y vejamos a los otros, pero es una forma de
forjar el carácter, pulir el ingenio y darle humor y vitalidad al
mundo. Sólo una persona capaz de reírse de sí misma es capaz de
hacer esto por los demás.
Dios asentía con cada palabra que salía de la boca del chico.
- Lo tengo. Dios, gracias a tu enseñanza, he aprendido a ser mejor
persona. Ahora sé que podré convivir con las burlas, ser amable y
tener el suficiente humor e ingenio para reír a la vida y hacer del
mundo un lugar con más color. He aprendido la lección. Devuélveme
a la tierra.
- ...NO.
Bosco le miró ceñudo.
- ¿No?
- PUES NO. ¿POR QUÉ IBA YO A HACER ESO?
- ...pues también es verdad.
- SIEMPRE.
Y así, Bosco no resucitó y siguió muerto, pero aprendió una
valiosa lección.
Y el mundo siguió girando, con más alegría si
cabe. Se había quitado un peso de encima (¡ZAS!).
FIN