lunes, 21 de julio de 2014

Troya y la Desilusión

 Siglo XII a.C., Troya. Las murallas de la ciudad, asediadas durante años, resisten impasibles, pintarrajeadas con la sangre tanto de aliados como de enemigos, mas perfectas, eternas.
  Entonces, el ejército rival de aqueos parece retirarse. Los troyanos, que han repelido valientemente el ataque, ven en el curioso regalo que sus enemigos dejan tras de sí antes de marchar un rayo de luz, de consuelo por las vidas perdidas y, en fin, de esperanza. Es un enorme caballo de madera. Así, bajan las defensas y lo dejan entrar. Todos sabemos como acaba a partir de aquí la historia: los invasores aprovechan este momento de debilidad, esta ausencia puntual de autoprotección para atacar con todas sus fuerzas y arrasar Troya. Tal y como actúa la ilusión, filtrándose y horadando tus defensas desde el interior.
  Con el paso del tiempo, a veces nos ilusionamos pero, ¿qué es la ilusión por algo si no humo, y la esperanza de que detrás haya algo verdadero? Durante esos momentos, somos vulnerables, más sensibles y débiles, susceptibles de que nos partan el alma. Habrá quien diga que es normal, un paso obligatorio de la vida, “caerse y levantarse”. Puede que ellos tengan razón. Pero, a su vez, puede que quien tan alegremente lo diga, sea porque “realmente” nunca le hayan partido en dos (que no hacerle daño, como a todos).   Cuando te parten y te destruyen, la ilusión traicionada es mucho más que una “mera lección”, porque se pone en juego más que unos cuantos días de llanto; se pone en juego tu vida. Por eso la ilusión ya no se convierte en un estado de esperanza natural al que todos debemos exponernos para ser felices, si no un riesgo de estocada en el corazón, de golpe de gracia y de muerte.
  La vida es batalla. Si estás alerta, si nunca terminas de confiar en las intenciones de nadie más que en las tuyas, si siempre estás receloso y barajando las posibles jugarretas que el destino te tenga deparadas, tus probabilidades de no perder aumentan. Dejarte llevar plácidamente, esa tendencia natural de cerrar los ojos, saltar y dejarte arrastrar por la corriente de tu cuerpo y sentimientos es darle un cuchillo a otro y dejar que juegue con él en tu cuello. A veces sólo te rasguña. Otras, te degüella.
  Maldigo la ilusión. Escupo en ella. Ya nada me incumbe o atañe tanto, y quiero que así sea. Los milagros de la esperanza correspondida ya no me embaucan, pues al final siempre es la misma historia: defensas bajas, masacre y luchar porque esta derrota no sea la última.
  Como debió hacer Troya: seguid atacando, vida, momentos dulces, decepciones y derrota, que mis muros seguirán aquí. Seguid tentándome con regalos esperanzadores, caballos de madera, que yo responderé edificando cada vez muros mayores para que se estrellen en ellos. No tener ilusión es sentir menos, pero no por ello estar menos vivo. Hipoalgesia emocional, vivir apartado, sentir menos. Tener siempre presente tu condición, tu estado, ser constante y férreo contra las amenazas, es pelear siempre. Es moverse. Es poder conseguir cualquier cosa. Incluso quemar el caballo de Troya.  

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