Siglo XII a.C., Troya. Las murallas de la ciudad, asediadas durante
años, resisten impasibles, pintarrajeadas con la sangre tanto de
aliados como de enemigos, mas perfectas, eternas.
Entonces, el ejército rival de aqueos parece retirarse. Los troyanos, que han repelido
valientemente el ataque, ven en el curioso regalo que sus enemigos dejan tras de sí antes de marchar un rayo de luz, de consuelo por las vidas
perdidas y, en fin, de esperanza. Es un enorme caballo de madera. Así, bajan las defensas y lo dejan entrar. Todos sabemos como acaba a
partir de aquí la historia: los invasores aprovechan este momento
de debilidad, esta ausencia puntual de autoprotección para atacar con todas
sus fuerzas y arrasar Troya. Tal y como actúa la ilusión,
filtrándose y horadando tus defensas desde el interior.
Con el paso del tiempo, a veces nos ilusionamos pero, ¿qué es la ilusión
por algo si no humo, y la esperanza de que detrás haya algo
verdadero? Durante esos momentos, somos vulnerables, más sensibles y
débiles, susceptibles de que nos partan el alma. Habrá quien diga
que es normal, un paso obligatorio de la vida, “caerse y
levantarse”. Puede que ellos tengan razón. Pero, a su vez, puede
que quien tan alegremente lo diga, sea porque “realmente” nunca le
hayan partido en dos (que no hacerle daño, como a todos). Cuando te
parten y te destruyen, la ilusión traicionada es mucho más que una
“mera lección”, porque se pone en juego más que unos
cuantos días de llanto; se pone en juego tu vida. Por eso la ilusión
ya no se convierte en un estado de esperanza natural al que todos
debemos exponernos para ser felices, si no un riesgo de estocada en
el corazón, de golpe de gracia y de muerte.
La vida es batalla. Si estás alerta, si nunca terminas de confiar en
las intenciones de nadie más que en las tuyas, si siempre estás
receloso y barajando las posibles jugarretas que el destino te tenga
deparadas, tus probabilidades de no perder aumentan. Dejarte llevar
plácidamente, esa tendencia natural de cerrar los ojos, saltar y
dejarte arrastrar por la corriente de tu cuerpo y sentimientos es
darle un cuchillo a otro y dejar que juegue con él en tu cuello. A
veces sólo te rasguña. Otras, te degüella.
Maldigo la ilusión. Escupo en ella. Ya nada me incumbe o atañe
tanto, y quiero que así sea. Los milagros de la esperanza
correspondida ya no me embaucan, pues al final siempre es la misma
historia: defensas bajas, masacre y luchar porque esta derrota no sea
la última.
Como debió hacer Troya: seguid atacando, vida, momentos dulces,
decepciones y derrota, que mis muros seguirán aquí. Seguid
tentándome con regalos esperanzadores, caballos de madera, que yo
responderé edificando cada vez muros mayores para que se estrellen
en ellos. No tener ilusión es sentir menos, pero no por ello estar menos
vivo. Hipoalgesia emocional, vivir apartado, sentir menos. Tener
siempre presente tu condición, tu estado, ser constante y férreo
contra las amenazas, es pelear siempre. Es moverse. Es poder
conseguir cualquier cosa. Incluso quemar el caballo de Troya.
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