martes, 23 de septiembre de 2014

El Reflejo de la Agonía

Hubo una vez un hombre, el doctor Farrel, y una mujer, Catherina, que se amaban. Él era un médico brillante, procedente de una familia acomodada, así que se hizo construir un torreón a las afueras del pueblo para vivir cómodamente con su esposa: la mansión Farrel, en donde instaló su consulta y atendía a los pacientes que desde lugares remotos llegaban para aprovecharse de su pericia. En cada habitación, en los pasillos e incluso en el techo, el hombre hizo que se colocaran decenas de espejos para, como él decía, no perder ni un solo rayo de luz de su amada Catherina. La mujer, siempre alegre y dinámica, vivía feliz con su marido y acostumbraba a pasear por la villa cuando éste estaba ocupado; era una de esas personas que siempre irradian positividad, y a la gente del pueblo le encantaba que bajara a visitarles. Eran la pareja favorita de todos.
  Un año estuvieron Catherina y Farrel viviendo un cuento idílico, cuando al fin consiguieron que su amor diera frutos y ella quedó encinta. La noticia les trajo aún más dicha, y estaban realmente emocionados. Pero, lo que parecía el advenimiento de más alegría, se truncó rápida e irónicamente. Hubo complicaciones en el parto, y Catherina murió dando a luz a una niñita. En su lecho de muerte, con Farrel sosteniendo su mano aún caliente mientras las lágrimas bañaban su pecho, la joven tuvo fuerzas para decir sus últimas palabras: “cuida de ella por encima de todo”.
  Loreta, como llamó Farrel a su hija, creció preciosa y radiante como su madre, con su misma vitalidad innata, y la gente del pueblo no paraba de repetir que ésta era el vivo reflejo de aquella, pero en un cristal más oscuro. Y es que, a pesar de sus virtudes, la joven existía en soledad, asfixiando su luz natural. A raíz del fallecimiento, el doctor pasó a estar distante y abstraído; apenas hablaba o se relacionaba con nadie, y su única compañía era el reflejo de los espejos. Desde la muerte de su amada, la vida del hombre había cambiado drásticamente. Cerró la consulta, incapaz de aceptar la despedida y centraba todos sus esfuerzos en hallar una manera de superar las limitaciones de la ciencia y, en fin, derrotar a la propia muerte. Día y noche, apenas durmiendo, se encerraba en el laboratorio para estudiar sus libros, para escudriñar entre las hojas repletas de sabiduría la fórmula de devolver a su amada a la vida, pero la ciencia quedaba insuficiente. Desesperado, gritó al cielo y, al final, clamó al infierno en busca de la respuesta a su dilema y al dolor que le acometía el alma. Y el diablo, como suele ser habitual, respondió primero a su llamada.
  Una fría noche, mientras su hija ya dormía, el doctor Farrel pactó con Satanás: a cambio de no poder salir de la mansión nunca, el diablo le prometió el poder para derrotar a la propia muerte. Y él aceptó.
  Los días pasaron, y la dolencia de Farrel le iba consumiendo, a la espera de que el diablo por fin le brindara los maravillosos poderes que ansiaba. Dejó de dormir, de comer y casi de hablar. Mientras, Loreta se ocupaba de sí misma con una madurez impropia de alguien de su edad: hacía la compra, iba y venía de la escuela y se ocupaba de gestionar la fortuna de su padre, que poco a poco se agotaba. Una hija modelo.
  Un día, volviendo de la villa, un asaltante atacó a la niña, la degolló y desvalijó su cadáver. El ladrón fue encontrado y colgado, pero el doctor Farrel se desmoronó en su abismo. Sin Loreta, comprendió que había perdido lo único que le quedaba de Catherina. Y las paredes del torreón se estrecharon en torno a su cuerpo, y la locura invadió su cabeza. Los reflejos se reían en su cara, una cara llena de vergüenza por su incompetencia como padre que le devolvía sonrisas burlonas y dementes. Finalmente, el hombre rompió un pedazo de espejo y se rebanó la cara con él. Piel, músculos, carne, todo se desprendió de su rostro hasta quedar una única calavera macilenta, como una máscara. Más, para su desgracia, el diablo había cumplido su parte del trato, y el doctor Farrel había conseguido vencer a la muerte. Y siguió con vida. Y sigue.
  En su agonía, Farrel aúlla y recorre los pasillos del torreón. En su dolor y su tristeza, llora sangre y gusanos y araña los espejos con rabia. Aguarda y espera en su prisión encontrar la manera de devolver a la vida a sus dos luces o, en su defecto, de dejarse vencer por la muerte...



El amor lleva a la obsesión, la obsesión a la locura, la locura al dolor y, siempre que el dolor sea lo bastante grande, podremos vernos reflejados en el infierno.   

FIN

miércoles, 10 de septiembre de 2014

El Fin del Rayo de Luz Dorado

El chico abrió los ojos, a pesar de que los acababa de cerrar. Estaba en aquel parque que le era tan familiar, despejado a excepción de por los bancos, farolas y restos de un antiguo palacio de otra época. El suelo era marrón, amarillo y naranja de hojarasca, y un azul radiante acaparaba el cielo.
- ¡Vamos, ven ...!- Oyó tras de sí, seguido de un mote que había oído miles de veces.
  Al volverse, allí estaba ella, con sus sonrisa sincera, sus ojos chispeantes, su piel marfileña y su pelo como un campo de trigo bañado por el sol. Sin pensárselo, la persiguió.
  Juntos, los dos chicos pasearon, corrieron y jugaron en el parque, al arrullo del canto de las aves salvajes. Ella rió con sus chistes, que solían gustar, y él hizo lo propio con las réplicas que sólo ella le había sabido dar, bromas que nunca recordaría. No la besó, y nunca supo porqué. Sólo trataba de abrazarla, pero ella siempre se escabullía de entre sus brazos. Daba igual.
- Hacía tiempo que no me divertía tanto- dijo él de repente, mientras retomaba el aliento-. De hecho, mucho tiempo. Demasiado tiempo sin ser así de feliz. ¿Por qué será?
  Ella no dijo nada. En su lugar se sentó de espaldas a él y empezó a juguetear con las hojas muertas del suelo. Su melena le caía por desde los hombros como cascadas doradas.
- Mucho tiempo... demasiado... ¿desde cuándo...?- siguió preguntándose.
  Ella siguió sin decir nada, sumida en aquel jugueteo infantil.
  Entonces, súbitamente, el chico recordó.
- No me digas que esto es... – dijo, aún en el parque-. Joder...

...despertó solo en su habitación. Buscó alrededor, pero sólo halló el desconsuelo de las paredes en semipenumbra.
- Joder...
  Llevaba meses en el mismo estado. Desde que ella le abandonara, cada noche la encontraba en el rincón más peligroso de su mente, aquel que podía destruirle, y cada mañana despertaba para caer de bruces en el infierno en que se había convertido su vida, como un reo condenado a oír su sentencia eternamente. Los días pasaban como una neblina. Cuando amanecía, ella era lo primero en que pensaba, y su rostro se mantenía ante él en todo cuanto emprendía, en un segundo plano, como una ilusión.
  Poco a poco, la enfermedad de su dolor devoraba su espíritu como un cáncer, pero él trataba de ocupar su mente para evitar que sus pensamientos volaran junto a ella. Por eso no paraba, por eso nunca se detenía. El día era su reino, donde enloquecía pero.. por las noches, no había escapatoria. Se tumbaba aterrado, consciente de su castigo, pues era ella también lo último que pensaba al acostarse. No quería dormir, por miedo al despertar.
  Daban igual sus súplicas al cielo, pues cada alba era su agonía. A veces despertaba empapado, otras con lágrimas en los ojos y aún su nombre en los labios. A veces lo hacía aún de madrugada, mucho antes de lo debido, y se desvelaba, y empezaba antes su eterno movimiento para eludir su martirio. El dolor físico le causaba un momentáneo alivio. Golpear las paredes como una bestia encerrada, gritar hasta notar el sabor amargo del dolor de la garganta, arañarse la cara. Caer extenuado, yacer rendido. Pero sólo era un momento de paz dentro de su eterna guerra.
  Puesto que una mente es una goma, que puede darse de sí hasta que se estira demasiado y quiebra, al final acabó repentinamente su miseria. El dolor, el cansancio, la falta de sueño, todo ello contribuyó a forjarse un nuevo ser, y acabó como un muñeco. Sin alma, sin vida ni ilusiones, sobre todo eso. Sólo despertaba, se movía y recargaba de noche. Para dejar de sufrir, dejó de pensar y, por tanto, de sentir. Un autómata que sólo caminaba, comía y respiraba por la pura costumbre, sorteando el suicidio, pero sin miedo de caer en él. Su mente destruyó al hombre, y pasó a ser otra cosa. Ella le mató a él, y él la mató a ella... o lo que quedaba en su cuerpo.
  Tristemente, su dolor acabó. Ahora, tristemente, sigue su camino.

¿Qué son los sueños? ¿Son anhelos, cómo dicen los soñadores? ¿Son recuerdos procesados, como dice la ciencia? ¿Son miedos, como dicen los cobardes que no se atreven a actuar conforme a ellos? No... Los sueños no son más que tortura de una mente culpable que se autodestruye, sólo eso.


FIN