Hubo una vez un hombre, el doctor Farrel, y una mujer, Catherina, que
se amaban. Él era un médico brillante, procedente de una familia
acomodada, así que se hizo construir un torreón a las afueras del
pueblo para vivir cómodamente con su esposa: la mansión Farrel, en
donde instaló su consulta y atendía a los pacientes que desde
lugares remotos llegaban para aprovecharse de su pericia. En cada
habitación, en los pasillos e incluso en el techo, el hombre hizo
que se colocaran decenas de espejos para, como él decía, no perder
ni un solo rayo de luz de su amada Catherina. La mujer, siempre
alegre y dinámica, vivía feliz con su marido y acostumbraba a
pasear por la villa cuando éste estaba ocupado; era una de esas
personas que siempre irradian positividad, y a la gente del pueblo le
encantaba que bajara a visitarles. Eran la pareja favorita de todos.
Un año estuvieron Catherina y Farrel viviendo un cuento
idílico, cuando al fin consiguieron que su amor diera frutos y ella
quedó encinta. La noticia les trajo aún más dicha, y estaban
realmente emocionados. Pero, lo que
parecía el advenimiento de más alegría, se truncó rápida e
irónicamente. Hubo complicaciones en el parto, y Catherina murió
dando a luz a una niñita. En su lecho de muerte, con Farrel
sosteniendo su mano aún caliente mientras las lágrimas bañaban su
pecho, la joven tuvo fuerzas para decir sus últimas palabras: “cuida de ella por encima de todo”.
Loreta, como llamó Farrel a su hija, creció preciosa y radiante
como su madre, con su misma vitalidad innata, y la gente del pueblo
no paraba de repetir que ésta era el vivo reflejo de aquella, pero
en un cristal más oscuro. Y es que, a pesar de sus virtudes, la
joven existía en soledad, asfixiando su luz natural. A raíz del
fallecimiento, el doctor pasó a estar distante y abstraído; apenas
hablaba o se relacionaba con nadie, y su única compañía era el
reflejo de los espejos. Desde la muerte de su amada, la vida del hombre había cambiado drásticamente. Cerró la consulta, incapaz de
aceptar la despedida y centraba todos sus esfuerzos en hallar una
manera de superar las limitaciones de la ciencia y, en fin, derrotar
a la propia muerte. Día y noche, apenas durmiendo, se encerraba en
el laboratorio para estudiar sus libros, para escudriñar entre las
hojas repletas de sabiduría la fórmula de devolver a su amada a la
vida, pero la ciencia quedaba insuficiente. Desesperado, gritó al
cielo y, al final, clamó al infierno en busca de la respuesta a su
dilema y al dolor que le acometía el alma. Y el diablo, como suele
ser habitual, respondió primero a su llamada.
Una fría noche, mientras su hija ya dormía, el doctor Farrel
pactó con Satanás: a cambio de no poder salir de la mansión nunca,
el diablo le prometió el poder para derrotar a la propia muerte. Y
él aceptó.
Los días pasaron, y la dolencia de Farrel le iba consumiendo, a la
espera de que el diablo por fin le brindara los maravillosos poderes
que ansiaba. Dejó de dormir, de comer y casi de hablar. Mientras,
Loreta se ocupaba de sí misma con una madurez impropia de alguien de
su edad: hacía la compra, iba y venía de la escuela y se ocupaba de gestionar
la fortuna de su padre, que poco a poco se agotaba. Una hija modelo.
Un día, volviendo de la villa, un asaltante atacó a la niña, la
degolló y desvalijó su cadáver. El ladrón fue encontrado y
colgado, pero el doctor Farrel se desmoronó en su abismo. Sin
Loreta, comprendió que había perdido lo único que le quedaba de
Catherina. Y las paredes del torreón se estrecharon en torno a su
cuerpo, y la locura invadió su cabeza. Los reflejos se reían en su
cara, una cara llena de vergüenza por su incompetencia como padre que le devolvía sonrisas burlonas
y dementes. Finalmente, el hombre rompió un pedazo de espejo y se
rebanó la cara con él. Piel, músculos, carne, todo se desprendió
de su rostro hasta quedar una única calavera macilenta, como una
máscara. Más, para su desgracia, el diablo había cumplido su
parte del trato, y el doctor Farrel había conseguido vencer a la muerte. Y
siguió con vida. Y sigue.
En su agonía, Farrel aúlla y recorre los pasillos del torreón. En
su dolor y su tristeza, llora sangre y gusanos y araña los espejos
con rabia. Aguarda y espera en su prisión encontrar la manera de
devolver a la vida a sus dos luces o, en su defecto, de dejarse
vencer por la muerte...
El amor lleva a la obsesión, la obsesión a la locura, la locura al
dolor y, siempre que el dolor sea lo bastante grande, podremos vernos reflejados en el infierno.
FIN
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