lunes, 13 de octubre de 2014

Asesino de Musas

Pasos en las sombras
ecos bajo la lluvia
que envuelven sus pies
como sedas desnudas. 

Agua y sal
lágrimas que caen
por el rostro de ella
como hilos de papel. 

Alma de poeta, 
musa de bohemios
lascivos, retorcidos esclavos,
de adorar su cuerpo. 

La chica sin rostro camina vacía
nadie la ve, nadie la entiende
se mueve
en esa oscuridad baldía,
deseosa del final,
pero con miedo de que todo termine. 
Esa chica sin rostro que a nadie interesa
por su interior, por lo que es
por lo que llore y la entristezca. 

Máscara pálida, tez marfileña
se acerca su hora, sin saberlo, 
en las sombras acecha la obsesión, 
la muerte de su cuerpo
y la liberación de su espíritu. 

Cruel asesino, rápido siniestro
con el rugido de la soledad
el cuchillo del silencio, 
ya todo termina para el alma en pena.

Chica sin rostro que agoniza en la cuneta
su cuerpo frío ya no interesa
a aquel falso poeta, 
que a su oscuridad regresa y se pierde.
Chica sin rostro, vacía y muerta,
en sus oídos el pitido
del epílogo queda
de su vida,
y el rumor de la lluvia.  

sábado, 11 de octubre de 2014

La Transformación del Pavo Real

Existió una vez un pavo real majestuosamente bello. Era esbelto, altivo y capaz de deslumbrar a cualquiera con los coloridos fulgores que como iluminados por luz propia su plumaje irradiaba. Vivía tan apuesto ave en un prolífico valle, con un estanque de aguas cristalinas regado siempre por la final lámina de agua de una cascada, en donde aprovechaba el pájaro a lavar aquellas plumas que de tanto orgullo le henchían. Azules del zafiro, verdes esmeralda y rojos del rubí, los colores encandilaban al resto de criaturas que le adoraban como a un rey, desde los roedores de tierra hasta las aves del cielo, e incluso las oscuras y pringosas alimañas que rehuían la luz y desde el fondo oscuro de las aguas le observaban.
  Un día, mientras el pavo real paseaba y contemplaba con altivez las maravillas de la naturaleza, que parecían devolverle miradas envidiosas, descendió de los cielos para posarse en una roca una magnífica ave fénix, el pájaro más precioso, con sus gráciles alas doradas y el aura roja del fuego arropando su cuerpo. Al instante, el pavo real quedó prendado.
  Desde que bajara a la tierra el fénix, los animales del valle ya no elogiaban y adoraban como antes al pavo real, cuya inusitada belleza había quedado eclipsada; pero eso no le importaba: sólo tenía cabeza para el mágico ser. El deslumbrado pavo trató de llamar la atención del ave de fuego con su intrigante graznido y sus sinuosos bailes, mas sin éxito: plantado sobre su roca, los ojos brillantes del pájaro sagrado recorrían el valle sin detenerse a fijarse en ningún detalle, como si nada de este mundo le interesase.
  El pavo real, que no estaba acostumbrado a que le ignorasen, desesperado, decidió arrancar el plumaje de su cuerpo para fabricar un abanico con el cual el fénix pudiera avivar las llamas de su cuerpo. Con gran dolor y sufrimiento, se arrancó cada una de sus plumas, y las reunió para formar el objeto. Luego, se lo tendió al pájaro de fuego humildemente. El mágico ser lo miró un segundo, pero sólo unos instantes más que al resto de cosas que no le importaban. Sin decir nada, extendió sus cálidas alas, batió el suelo con fuerza y se le elevó hacia los cielos, desapareciendo en el sol tan repentinamente como había aterrizado, sin desvelar su propósito.
  Desnudo y magullado, el pavo real se aferró a sus plumas con debilidad. Su antiguo y lustroso cuerpo brillante, ahora era rosado y sanguinolento, perdida ya la belleza de la que había hecho gala en el pasado. Desde ese momento, los demás animales dejaron de alabarle y admirarle, pues ahora estaban a su altura.
  El pavo trató de volver a unir las plumas a su cuerpo, clavándolas en su dolorida piel pero, como una maqueta que se rompe, éstas no lograban encajar del todo y, más que un pavo, acabó pareciendo un pollo acuchillado por espadas preciosas. Estaba incompleto, como un puzzle formado por piezas que ya no encajaban.

Pobre pavito marcado,
lo diste todo por alguien,
ahora no hay vuelta de hoja.
Pobre pavito marcado,
lo diste todo de ti,
ahora eres otra cosa...”- cantaban burlones los animales del valle al desdichado ser.

   Finalmente, el pavo decidió aceptar su destino: saltó al lago y se hundió, para esconderse en las sombras, junto con el resto de criaturas que habían dejado de vivir al amparo del sol para siempre.

FIN

jueves, 2 de octubre de 2014

Diálogo con Capicúo, el héroe consecuente con el medio ambiente

Se aproxima Capicúo, el héroe que lucha por la paz, la justicia y el reciclaje. Ungido y nombrado caballero por Chirivias DCDXXVHZMX5II, el rey loco e ignorante de la numeración romana, luego de reducir la tasa de basuras un 0,3% en el reino, el valiente guerrero viaja a la ciudad de Norforest, al Sur, en donde los aldeanos solicitan urgentemente sus servicios...

Capicúo llegó a la plaza de la ciudad, tras 6 días de viaje, montado en su lustroso alazán. Algunas casas estaban derruidas o reducidas a cenizas, otras simplemente tenían las paredes carbonizadas y teñidas de negro.
  En cuanto los cascos del corcel patearon el pedregoso suelo, un aldeano picado de viruela y con el rostro congestionado corrió a recibirle.
- Bienhallado, caballero. Vos debéis ser Capicúo.
- En efecto, en efecto.
- Loados sean los dioses, temíamos que algo malo os hubiera pasado. Tardasteis en llegar dos días más de lo esperado, ¿hubo algún contratiempo en el camino que entorpeciera vuestro viaje?
- Ni uno.- Capicúo negó con la cabeza-. Pero no es bueno hacer correr a tu caballo. Se fatiga y sufre. Además, es menester cepillarle el pelo e hidratarlo convenientemente.
- ...oh.
- Decidme, humilde aldeano, ¿qué dolencia os consterna para que requiráis mis servicios?
- Oh, Capicúo, valiente y noble guerrero, este pueblo otrora dichoso, ahora sufre y padece los designios de los cielos, pues gran mal nos aflige: un dragón nos acecha.
  Capicúo desmontó de su caballo, restándole la carga de su enorme cuerpo y armadura. Pesaba mucho y no quería hacerle daño.
- Cuéntame más, labriego desesperado. ¿Qué hace ese dragón para quitaros el sueño?
- Acomete contra nosotros el más cruento crimen, buen guerrero: nos ataca y devora cuales corderos casi a diario. Florian el panadero, Julieta, la hija del frutero, y ayer mismo a Eufrasio... ¡mi propio cuñado! Como ves, estamos desesperados, ya casi no nos atrevemos a salir de nuestras casas... Tenemos hijos, yo mismo, a mi amada Lucrecia. Temo por ella.
  Capicúo se llevó su mano enguantada en acero al mentón y lo frotó pensativo.
- Y dime... Esos Florian, Julieta, Eufrasio... ¿eran buenas personas?
- ¡Oh, sí! De las mejores. Buenos cristianos, feligreses entregados...
- Ya, ya, pero... ¿qué hacían para ser especialmente buenos?
  El aldeano arqueó una ceja.
- Exactamente- insistió Capicúo.
- No comprendo.- El hombre empezó a vacilar.
- Sí. Ya sabes... ¿había alguna actitud dentro de su habitual repertorio de conductas que les hiciera merecedores de una consideración especial?
  El aldeano reflexionó un instante.
- Bueno... no, supongo que no eran especialmente buenos. Pero nunca tenían problemas con nadie...
- Ajam, entiendo...- Capicúo sacó libreta y lápiz de entre los pliegues de su armadura y comenzó a escribir-. Contadme más: ¿vos soléis consumir alimentos inorgánicos?
- ...de nuevo, no comprendo.
- Me refiero a rocas, agua, minerales...
- Oh. Pues no, mi señor, no. Realmente. Comida normal.
- ¿Qué es comida normal?
- Eh... no sé. Huevos, leche, carne, verdura... esas... cosas...
- Ya veo... ¿puedo preguntar qué habéis desayunado?
- Cordero asado, mi señor. Mas no comprendo...
- Y, respecto a ese cordero, ¿sabéis si era beligerante o especialmente malvado para sus semejantes?
- Yo supongo que no. Pero...
- Y aún así os lo comisteis.
- Ssssssíiii...- dijo el aldeano, arrastrando la palabra, confuso.
- Entonces, ¿en nombre de qué justicia he de yo, héroe valeroso y consecuente con el medio ambiente, dar muerte a un dragón que, al igual que vosotros, se alimenta de otros seres para sobrevivir?
- ...nunca lo había visto así.
- Ya. Pues esto haremos: no veo crimen alguno en la actitud de la bestia mas, como entiendo ha de ser en propia defensa, no emprenderé represalias legales contra vosotros si decidís matar al dragón. Por mi parte, este asunto ni me va ni me viene, me lavo las manos.
- Oh.
- Y me voy.
- Oh. Bueno... ¿y si se lo pido por favor?- probó el aldeano.
- Nada de nada. No es negociable.
- Vaya. Pues nada. Gracias.
- No hay de qué.
  Capicúo montó con cuidado en su caballo y se fue de Norforest.
  Y las cosas siguieron su curso. Al día siguiente, el dragón de comió a Lucrecia. Dos semanas después, a su padre.

De este modo, una vez más, la justicia y el respeto por la naturaleza se cumplió, gracias a Capicúo, el héroe consecuente con el medio ambiente.

  Y el dragón vivió feliz y comió personas.  

FIN