Existió una vez un pavo real majestuosamente bello. Era esbelto,
altivo y capaz de deslumbrar a cualquiera con los coloridos fulgores
que como iluminados por luz propia su plumaje irradiaba. Vivía tan
apuesto ave en un prolífico valle, con un estanque de aguas
cristalinas regado siempre por la final lámina de agua de una
cascada, en donde aprovechaba el pájaro a lavar aquellas plumas que
de tanto orgullo le henchían. Azules del zafiro, verdes esmeralda y
rojos del rubí, los colores encandilaban al resto de criaturas que
le adoraban como a un rey, desde los roedores de tierra hasta las
aves del cielo, e incluso las oscuras y pringosas alimañas que
rehuían la luz y desde el fondo oscuro de las aguas le observaban.
Un día, mientras el pavo real paseaba y contemplaba con altivez
las maravillas de la naturaleza, que parecían devolverle miradas
envidiosas, descendió de los cielos para posarse en una roca una
magnífica ave fénix, el pájaro más precioso, con sus gráciles
alas doradas y el aura roja del fuego arropando su cuerpo. Al
instante, el pavo real quedó prendado.
Desde que bajara a la tierra el fénix, los animales del valle ya
no elogiaban y adoraban como antes al pavo real, cuya inusitada
belleza había quedado eclipsada; pero eso no le importaba: sólo
tenía cabeza para el mágico ser. El deslumbrado pavo trató de
llamar la atención del ave de fuego con su intrigante graznido y sus
sinuosos bailes, mas sin éxito: plantado sobre su roca, los ojos
brillantes del pájaro sagrado recorrían el valle sin detenerse a
fijarse en ningún detalle, como si nada de este mundo le interesase.
El pavo real, que no estaba acostumbrado a que le ignorasen,
desesperado, decidió arrancar el plumaje de su cuerpo para fabricar
un abanico con el cual el fénix pudiera avivar las llamas de su
cuerpo. Con gran dolor y sufrimiento, se arrancó cada una de sus
plumas, y las reunió para formar el objeto. Luego, se lo tendió al
pájaro de fuego humildemente. El mágico ser lo miró un segundo,
pero sólo unos instantes más que al resto de cosas que no le
importaban. Sin decir nada, extendió sus cálidas alas, batió el
suelo con fuerza y se le elevó hacia los cielos, desapareciendo en
el sol tan repentinamente como había aterrizado, sin desvelar su
propósito.
Desnudo y magullado, el pavo real se aferró a sus plumas con
debilidad. Su antiguo y lustroso cuerpo brillante, ahora era rosado y
sanguinolento, perdida ya la belleza de la que había hecho gala en
el pasado. Desde ese momento, los demás animales dejaron de alabarle
y admirarle, pues ahora estaban a su altura.
El pavo trató de volver a unir las plumas a su cuerpo, clavándolas
en su dolorida piel pero, como una maqueta que se rompe, éstas no
lograban encajar del todo y, más que un pavo, acabó pareciendo un
pollo acuchillado por espadas preciosas. Estaba incompleto, como un
puzzle formado por piezas que ya no encajaban.
“Pobre pavito marcado,
lo diste todo por alguien,
ahora no hay vuelta de hoja.
Pobre pavito marcado,
lo diste todo de ti,
ahora eres otra cosa...”- cantaban burlones los animales del valle
al desdichado ser.
Finalmente, el pavo decidió aceptar su destino: saltó al lago y
se hundió, para esconderse en las sombras, junto con el resto de
criaturas que habían dejado de vivir al amparo del sol para siempre.
FIN
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