Antonio Tolebo atravesaba la típica crisis existencial de los
cincuenta años. Echando la vista atrás, la ilusión de su vida
había quedado muy mermada. Él habría querido ser un alocado
director de películas pornográficas, soltero y con una nueva novia
cada semana, que pasara las horas libres conduciendo su harley en la
pista de su yate, pero lo que en realidad tenía era bien distinto:
un trabajo que detestaba, en el que estaba tan encasillado como
obligado a mantenerse para sobrevivir; una mujer que hacia años
había dejado de resultar atractiva, tanto a él como al 92% de la
población; demasiados hijos; un cuerpo que no habría aguantado el
trasiego de ninguna moto, con michelines, pelos donde no debería
haber nada y dolores y gases en cada orificio de su cuerpo.
Resignado como estaba, hacia mucho que Antonio había encomendado
su esperanza a la diosa fortuna, y esta cada año le daba una sonada
bofetada a través del sorteo de la lotería. En 15 años que llevaba
jugando, se había gastado cerca de 500 euros, y sólo había
recibido 12 a cambio entre premios menores y una vez que se encontró
2 euros tirados cando iba a comprar el boleto. La suerte nunca le
había favorecido a Antonio... pero podía ser peor. Y él iba a
comprobarlo.
Aquel 22 de Diciembre, Antonio ya sabía que el premio gordo no le
había tocado a él, si no a un inmigrante Senegalés de Pamplona.
Alicaído, decidió alejarse de la ingrata compañía de su familia e
ir en busca de regalos, más por compromiso que por ilusión. Sus
tambaleantes pasos le llevaron a una tienda de segunda mano regida
por un simpático señor asiático con la lengua bífida, que le
recibió preguntándole si le iba a robar. Dentro del establecimiento, el hombre paseó entre los múltiples
trastos inútiles y ajados que la tienda contenía, hasta pararse
frente a una estantería. Notaba un pelo en la encía. Buscando algo
metálico que hiciera las veces de espejo, sus manos dieron con una
extraña lámpara de latón, que bien podría reflejar si se limpiaba
un poco. Cuando el hombre frotó su superficie con el puño, de su
interior empezó a brotar un humo oscuro y verde que al instante se
materializó en Margo, el Genio Cabrón.
- Saludos, mi amo, soy Margo. Le concedo un deseo a su elección por
haberme liberado.
Antonio tenía muchas cosas que desear, tantas que no sabía por
cuál decidirse. Sin embargo, bien sabido era que los genios tenían
truco, y que debía ser muy cuidadoso para no pedir algo que se
volviese en su contra.
- Deseo que ahora, sea ayer a esta hora. Un viaje en el tiempo,
vamos.
Margo asintió y, de un chasquido, desapareció.
Sonó el despertador. Antonio se incorporó al instante, rodó
sobre el corpachón de su esposa y miró la fecha de su móvil. Día
21. No había tiempo que perder. El hombre se enfundó la primera ropa
que pudo y se encaminó a un frenético viaje.
- ¿Kaces tanto ruido? ¿Tás tonto?- refunfuñó su no amada
esposa.
Antonio no lo toleró.
- Frungilda, te dejo. Por gorda y desagradable en todos los sentidos.
Me he tirado a tu hermana y ya no te quiero. Me divorcio, te dejo y
me piro. Igual me paso a ver a los niños de vez en cuando.
Frungilda aún mantenía el gesto de sorpresa cuando Antonio se
marchó.
El hombre condujo sin descanso hasta Pamplona y, una vez allí,
compró el boleto premiado, cuyo número tenía grabado a fuego en la
mente: 69696.
El resto del día, el hombre se dedicó a atar cabos o, siendo más
exactos, a cortarlos: fue al despacho de su jefe y le explicó
amablemente que iba a abandonar el trabajo, que era un cabrón con
corbata y que no es que nadie oliera sus pedos, es que se esforzaban
en disimularlo, todo ello un segundo antes de orinarle en la mesa;
posteriormente, fue arreglando los papeles del divorcio con su
abogado, para que no hubiera líos económicos de por medio, con
separación de bienes exacta; por último, se tumbó en una estación
a esperar.
La mañana siguiente, a favor de pronóstico, a Antonio le tocó la
lotería. 40000000 euros que no sólo solucionaban la vida, sino que
compraban una nueva. El premiado pasó todo el día alquilando cosas,
comprando otras y reservando billetes que le llevaran muy lejos de
donde se estancaban.
Precisamente se encontraba en el aeropuerto
esperando su vuelo directo a Hollywood, cuando la televisión de la terminal le dio una gran sorpresa. De grande, no de buena.
<-... interrumpimos la programación para ofrecerles una noticia de
última hora. Al parecer, el sorteo de la Lotería de Navidad de este
año queda ANULADO. Han oído bien, ANULADO. La decisión tomada por
el Ministerio de Interior tiene su fundamento en las sospechas de
amaño, debido a que uno de los "Niños de San Idelfonso" era en
realidad un hexagenario bajito y disfrazado que trabaja para la
multinacional “Pelucas Sotobónquez”. El señor Sotobónquez,
magnate multimillonario, ha dado estas explicaciones: “Sí, joder,
estaba amañado. Comedme el PIIIII
y dejadme en paz, que no voy a ir a la cárcel, porque soy rico, iros
a la mierda”. Ante la estafa, la organización ha decidido que el sorteo volverá a
celebrarse mañana, a la misma hora, en nuestra cadena, la mejor, la
inigualable, la...>
Para Antonio, las últimas frases sonaron lejanas, hasta que dejó de
escuchar, y sólo volvió a hacerlo cuando despertó en la camilla
del hospital en el que se recuperaba del infarto al que acababa de
sobrevivir.
El desdichado trató de arreglar la situación, pero ya poco podía
hacer. Sin trabajo, ni familia y endeudado hasta doce vidas,
descubrió que sí podía ir a peor respecto a lo que tenía.
“Entre cartones Antonio duerme en un bulevar.
Margo os desea: Feliz Navidad”.
FIN
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