Los villancicos rancios de la radio impregnaban el ambiente del salón como el gas mostaza.
- Cariño, ¿no me ayudas a poner la mesa?
Mientras la mujer
terminaba de colocar las servilletas, el hombre veía la final de la Súper Bowl
de 1960 sentado en su cómodo sofá Multimegamatic 12000X de segunda mano
(noseadmitendevoluciones.Elproductopuedecontenerquemadurasdecigarrillosarañazosdeanimalesdoméstcosoheridasdebala.Elproductopuedeserdefectuso.Elproductopuedenoserelproductoencargado).
- Es que estoy cansado de hacer la cena- replicó el hombre.
- ¡La cena la he hecho yo!
- ¿Ah sí? Me habré confundido de navidades... ¡Sí! Yo me
refería a las navidades del 85... las TRÁGICAS navidades del 85... El juez me
prohibió colaborar en los preparativos de la fiesta desde entonces, ¿te
acuerdas?
La mujer no pudo
evitar reírse.
- Anda, ve a vestirte al menos. Van a llegar pronto.
El hombre miró su
reloj de pulsera. Las 10:00. No entendía la prisa de su esposa. Todavía
quedaban quince minutos para que los invitados llegasen.
- ¿Por qué? ¿Acaso insinúas que no les van a gustar mis
gallumbos verde caqui y mis zapatillas de Batman?
La mujer frunció el
ceño.
- John...
- Está bien... está bien...
Cuando el timbre
sonó, John acababa de colocarse la pajarita. Con dos botones de la camisa
desabrochados, el hombre bajó corriendo las escaleras que llevaban al
recibidor, en donde su mujer daba la bienvenida a los invitados.
- Katy, estás estupenda- saludó cordialmente una mujer
hispana alta y con cuello de buitre.
- Te veo muy bien, Esmeralda. Y a ti también, Jordan. ¿Qué
tal el vuelo?
- Katy, siempre es un placer verte- saludó el recién
llegado, un hombre alto y fuerte, con el mentón duro y apretado.
- Hermanito...- dijo John, terminando de bajar las
escaleras-. Habéis tardado en llegar, llevamos esperando horas. ¿Vinisteis
andando desde Córdoba?
- John, llevas un zapato de distinto tipo en cada pie-
replicó Jordan.
El hombre se miró
los pies. Luego, se encogió de hombros.
A la pareja de recién
llegados, les siguieron dos niñas: una rubia y pecosa, con dos coletas bien
trenzadas; la otra bajita, morena y con el pelo corto, que llevaba en brazos un
muñeco de trapo que a John le pareció familiar, tal vez de algún anuncio de la
tele.
- ¡James, ven a saludar a las primas!- gritó Katy.
Del piso superior,
un niño también pecoso y envuelto en un mini esmoquin de su talla bajó
pesadamente. Aunque tenía 8 años, la cara de aflicción de su rostro sugería que
ya había visto cosas horribles en su vida.
- Bien... las primas...- dijo el joven, sin mucho
entusiasmo.
En el momento en que
pasaba por su lado, John detuvo al chico.
- Pst, campeón- le dijo, y cuando éste se volvió hacia él,
prosiguió-. Valor y honor.
El hombre levantó el
puño. James también. Con sendas sonrisas, los chocaron en el aire.
- Oh, por favor... qué exagerados...- se quejó Katy.
La cena transcurrió
sin ningún detalle importante a resaltar (excepto que el pavo que había
cocinado Katy ¡ESTABA MÁS SECO QUE UN BOCATA DE TEJAS!).
Ya en la sobremesa,
las niñas jugaban a maquillar a James, y James a que estaba en otra parte muy
lejos de ellas. Mientras tanto, los comensales se hallaban enfrascados en el
relato de historias de inocente niñez y valerosa superación personal.
- Y entonces, Jasón me llamó para que le llevara un par de
condones... ¡al mismísimo último piso de la maldita Estatua de la Libertad!-
relataba John con entusiasmo-. Imaginadme, con la policía pisándonos los
talones en busca del mono que acababa de robar del zoo, borracho como una cuba,
y subiendo los escalones de uno en uno...
Katy y su hermano rieron
hasta que el café casi huyó de sus cuerpos a través de las fosas nasales.
Esmeralda, no.
- Eran buenos tiempos- admitió Jordan, una vez se hubo serenado-.
Y tú siempre estabas ahí para ayudarme. Como cuando me caí del triciclo por
aquel barranco y tú trataste de sacarme de una zarza con un palo y tu cinturón.
- Claro, hermanito. Recuerda: juntos, siempre.
- Sí, me gustaría que vinieras a visitarnos de vez en
cuando. Ya casi no nos vemos, excepto en fechas especiales.
- Bueno, es que ya sabes que yo soy un poco despegado para
algunas cosas- respondió el hombre con gesto infantil.
- Doy fe-
intervino Katy-. ¿Os podéis creer que se le olvidara ir a comprar los
regalos para James y cogerlos yo todos?
- No sé de qué me suena eso...- Esta vez, la que habló fue
Esmeralda.
- Bueno cielo, ya sabes que soy un jugador de equipo. A
veces me gusta probar a mi compañero- se defendió John.
- ¿Ah sí? Pues a mí también me gusta probar a mi compañero,
así que... ¿adivina quién va a lavar los platos?
- ¿... el perro?
Cuando la velada
hubo terminado, los niños ya se habían quedado dormidos hace tiempo. Jordan y
Esmeralda cargaron cada uno con una hija, y John hizo lo propio con su vástago,
previamente quitarle el esparadrapo que lo mantenía pegado a la pared.
- ¿Seguro que no queréis quedaros a dormir? Hay sofás de
sobra- ofreció Katy, ya en la puerta.
- No pasa nada. Las niñas no dormirían bien. Además, tenemos
el hotel pagado- explicó Jordan.
- Es una pena- dijo John-. Cuídate, hermanito.
- Lo mismo digo.
- Adiós, Esmeralda.
- Adiós.
La noche estaba ya muy avanzada, y el silencio se había
instalado como soberano absoluto. Tras recoger la mesa y dejar los platos en la
pila (según John, para lavarlos al día siguiente, con más luz), la familia
entera había tardado poco tiempo en quedarse dormida.
El padre de familia
se hallaba sumido en un sueño intranquilo. Estaba en Arizona, en la casa donde
se había criado, en el cobertizo. Sus pisadas hacían que el gastado suelo de
madera se quejara en sonoros crujidos, mientras un fuerte viento azotaba las
paredes. Pero aquel viento no era natural. Parecía que decía su nombre.
-Johny... Johny... Johny...
El chico viró en su
corta estatura, volviendo atrás sobre sus playeras de niño, cuando se encontró
con una figura más pequeña que él en el umbral del pasillo. Estaba tan oscuro
que no podía distinguir de quien se trataba, mientras el susurro de su nombre
le repiqueteaba en los oídos, cada vez más fuerte.
-
Johny...Johny...JOHNY...JHONY...
- ...¡JOHNY!
El hombre despertó
sobresaltado y se incorporó de un salto. La oscuridad de la noche era total, y
sus ojos aún no estaban acostumbrados a la penumbra. Tras un profundo resoplido,
John volvió a tumbarse, mientras se pasaba el dorso de la mano por la frente
empapada en sudor.
- Un mal sueño, sólo eso- se dijo.
- ¿No me recuerdas, Johny?
Pero ahora estaba
despierto. El hombre buscó a ciegas el interruptor de la mesilla y lo apretó.
Tuvo que contener un grito.
Media unos 60
centímetros y tenía el pelo naranja. Estaba vestido de granjero, con un peto
vaquero muy pequeño, tenía dos botones relucientes por ojos, y su piel estaba
hecha de trapo.
- ¿Qué... qué... pero...?- El aporreo del corazón contra su
garganta impedía hablar al hombre con comodidad.
- Ya te has olvidado de mí, ¿verdad Johny?- comenzó el
muñeco de trapo, con voz aguda y chillona.
- ¡Katy! ¡Katy! ¡Katy! ¡Katy!- John empezó a zarandear a su
mujer.
- No va a despertar, Johny. Me he encargado de ello- El
muñeco levanto su flexible manita, en la que llevaba una jeringuilla.
- ...¡Katykatykatykatykatykatykaty...!
- ¡Qué la he drogado!
- ¿Qui... qui... qué... eres? ¿Qué quieres de mí?- Tras unos
segundos, John tuvo fuerzas para preguntar.
- Soy yo, All, tu viejo amigo de la infancia.
- ¿All...?
- Fui tu muñeco durante muchos años, era tu juguete
favorito. Me regalaron a ti por Navidad cuando tenías 6 años.
De repente, un
atisbo de recuerdo acudió al cerebro de John, como un lametón suave sobre sus
sienes.
- Cre... creo que me acuerdo. Jugué contigo.
- ¡Era más que eso, Johny! Jugábamos A TODAS HORAS. Íbamos
juntos A TODAS PARTES. Tú conmigo, yo contigo... ¡incluso me llevabas a la
escuela, John! “Juntos, siempre”. ¿Recuerdas, Johny?
El muñeco empezó a
gritar, furioso.
La mente de John era
un torbellino de pensamientos alocados y descontrolados, imposible discernir
los recuerdos de las invenciones, todo ello bajo un manto de despavorido miedo.
- Sí... sí. Puede ser. ¿Y qué pasó con...?
- ¡ME ABANDONASTE, JOHNY! Cuando te cansaste de mí, me
dejaste tirado y me guardaste en un oscuro y húmedo trastero. Soñé que algún
día volverías... estaba seguro de que no te olvidarías de mí, de que
regresarías... pero un día dejaste la casa. Te fuiste y me dejaste tirado, como
un objeto que ya no te servía. Si tu hermano no me hubiera recogido para darme
a su hija, aún seguiría ahí esperando.
John trató de
serenarse. Finalmente, la claridad regresó a su mente unos instantes.
- Bueno, All, eso... eso son cosas que pasan. La gente
crece, se hace mayor, no siempre podemos jugar con muñecos...
- ¡JUNTOS, SIEMPRE! ¿Te suena de algo? Parece que eso
tampoco lo recuerdas. Pero, no te preocupes. Yo haré que lo tengas presente
siempre.
All levantó la otra
mano, mostrando el cuchillo jamonero que llevaba en ella. John se levantó al
instante y corrió hacia la esquina opuesta de la habitación. El pequeño muñeco
corrió por el suelo hacia sus tobillos. El hombre le propinó un puntapié que lo
lanzó al otro lado, y empezó a correr por el piso superior.
- ¡SOCORRO! ¡SOCORRO!- gritaba el hombre desesperado.
En lugar de una
respuesta, lo que oyó fue un portazo en el piso de abajo. El hombre se acercó
lentamente a las escaleras de puntillas, mirando en todas direcciones, pero sin
hallar rastro del muñeco. La quietud era tan asfixiante que casi la sentía como
una mano húmeda en el pecho.
- ¿Hola...?- preguntó, alterado.
- ¡JÓDETE JOHNY!
All se descolgó
desde la lámpara sobre la cara de John y ambos cayeron por las escaleras. Una
vez en el piso, el hombre forcejeó con el muñeco. Con una fuerza inhumana, el
fetiche empezó a meter los dedos en los ojos.
- ME DEJASTE... ME ABANDONASTE... TE OLVIDASTE DE MÍ...
DESPUÉS DE TODO LO QUE HICE POR TI...
John ya empezaba a
ver estrellas blancas mientras manoteaba y gritada desesperado, cuando el
muñeco le soltó.
Corriendo desde la
cocina, Jordan elevó al muñeco desde el suelo y le cortó la cabeza con el
cuchillo que se había caído. Luego, tiró el cuerpo y la cabeza lejos de los
dos.
John tuvo que
esperar unos segundos hasta que volvió a ver. Su hermano se agachó junto a él.
- ¿Estás bien?
- Jordan...
- Volví aquí porque la niña no se podía dormir sin su
muñeco, cuando oí unos gritos, así que entré sin avisar. Siempre se te olvida
cerrar la puerta, hermanito.
John esbozó una
sonrisa agradecida por su mala cabeza.
- Me has salvado la vida.
- Bueno, ya sabes- dijo Jordan, con una sonrisa en el
rostro-. Juntos, siempre.
John le apretó la
mano en gesto de aprobación.
Después, Jordan dio
un desgarrador grito de dolor antes de desplomarse sobre el cuerpo de su
hermano. La hoja del cuchillo de cocina se había hundido varios centímetros por
debajo de su omóplato.
- ¡Jordan!- gritó John, tratando de ayudarle.
- ¡ME ENCARGARÉ DE QUE NO SE TE OLVIDE!- gritó la cabeza de
All.
El cuerpo del muñeco
corrió desde detrás de Jordan hasta la lámpara de la entrada. John trató de
huír, pero los 90 kilos de su hermano le aprisionaban. Entre ásperas
carcajadas, All golpeó el cráneo del hombre hasta que la escena desapareció.
Llegó la mañana de Navidad. El roce de la luz del alba sobre
el hielo de los coches desprendía reflejos plateados.
John despertó aturdido.
- Buenos días, cariño- le dijo Katy, a su lado.
El hombre tardón
unos instantes en terminar de despertar. Luego, recordó la noche con All. Se
levantó nervioso.
- ¿Qué... qué...? ¿Dónde está? ¿Y All?
Katy le miró
extrañada.
- ¿All? Cariño, me parece que has tenido una pesadilla.
El hombre la miró
con incredulidad. Luego, se tocó la cara. Estaba empapada.
- Es... es... sí...
- Anda, baja. James ya está esperando para recibir sus
regalos. Y te recuerdo que aún tienes que fregar los platos.
John se duchó y se
vistió con más lentitud de lo normal. Aquel sueño... aquel sueño quería decir
algo.
- Has sido muy descuidado, John- le dijo a su reflejo-. Con
la gente que te rodea, con la gente que te quiere. A partir de ahora, trataré
de ser mejor y esforzarme más por no descuidar a los demás. No debo ser tan
despegado. ¡Je! Y sólo he tenido que sufrir una experiencia onírico-traumática
para darme cuenta...
Cuando bajó al piso
inferior, James les esperaba en el salón, dando saltos de irrefrenable
nerviosismo.
Incapaz de
contenerse hasta el desayuno, el niño abrió sus regalos. Un autobús de bomberos
teledirigido, varios pares de calcetines que recibió con amargura y la nueva
X-Caja con 6 juegos de imitación. Su mujer recibió un colgante que se había
autorregalado y él, un suéter fucsia.
- ¡Familia, arreglaros! Vamos a irnos a desayunar al centro
comercial y, después, nos iremos de compras- dijo John de repente.
- ¿De compras?- preguntó Katy, extrañada.
- Este año Papá Noel me ha dicho que habéis sido tan buenos,
que os merecéis un regalo extra- dijo, guiñándole un ojo a James-. Y que paga
el menda.
- Oh, John...
Katy le dio un beso
en la mejilla, mientras James daba saltos de alegría.
- Así que prepararos. Cuando estéis listos...
- A James aún le queda un regalo.
La mujer señaló otro
paquete bajo el árbol. Con avidez, el niño arrancó el papel del envoltorio.
- El otro día estuve en la antigua casa de tus padres, en
Arizona…
Aquellas piernas
delgadas...
- …encontré varias fotos en las que salían tú, cariño, con
un viejo muñeco…
Aquellas pecas
pintadas...
- … tuve que remover cielo y tierra para encontrar un muñeco
igual…
Aquellos ojos
oscuros como abismos... aquel trajecito de granjero…
- …pensé que os haría ilusión.
La mujer empezó a
caminar hacia el recibidor, mientras James miraba el juguete con extrañeza.
Pero todos aquellos acontecimientos apenas llegaban distantes a la cabeza de
John, que los procesaba con pastosa lentitud, como si estuviera viendo una
película borracho.
- ¡Uy! Cielo, ¿has visto la lámpara de la entrada...?-
preguntó Katy a su espalda.
- ¡All!-
gritó John.
El hombre arrancó el
paquete de las manos de su hijo con tal vehemencia que este empezó a llorar.
- ¿John? ¿Qué te pasa?- dijo Katy.
El hombre salió a la
calle y tiró el muñeco en el cubo de basura. Luego, regresó dando un portazo y
cerró con llave.
- Katy, llama a la policía. Voy a buscar algo para atrancar
la puerta.
- John, ¿qué está pasando?- preguntó la mujer asustada, antes
de que sonara el teléfono-. ¿Diga?- respondió al cogerlo-. Hola, Estela... no,
no hemos visto a Jordan. Habrá salido a por algo... no te preocupes…
- ¡LLAMA A LA POLICÍA!- le apremió John desde el piso de
arriba.
El olor del café
quemado y los llantos de James inundaban la casa.
Fue una mañana ajetreada en la casa de John y Katy. Cuando
llegó la policía, fue difícil que entraran debido a la cantidad de muebles que
John había apilado en la entrada. Una vez calmaron a la familia, cotejaron la
historia del hombre, pero dijeron que no era verosímil, si bien había indicios
de verdad en la desaparición de Jordan, esta no podía darse por cierta hasta
las 24 horas.
La tapa del
contenedor se abrió, y la luz del exterior besó las mejillas del muñeco. Unas
manitas de trapo le sacaron de la basura, abrieron la caja y le dejaron salir.
- Gracias- dijo, con su voz infantil. Cuando vio quién le
había liberado, se sorprendió de ver su misma imagen, como ante un espejo. La
única diferencia que había entre ambos eran las puntadas de costura que su
salvador tenía en torno al cuello.
- No hay de qué. Soy All.
- Encantado. Pero yo no tengo nombre, no me lo dieron... me
tiraron a la basura antes de sacarme de la caja.
All asintió y se
sentó en la acera, haciendo un gesto a su acompañante para que hiciera lo mismo
a su lado.
- Sí, colega. Eso me lo creo.
- ¿Por qué lo harían? ¿Es que no les gusté?- preguntó
tristemente el muñeco.
- Los humanos son así, y éste especialmente. Interesados por
naturaleza, rara vez valoran lo que tienen, sólo lo utilizan, disfrutan de sus
experiencias hasta que se cansan o encuentran otra cosa mejor y te dejan
tirado. No hay más gratitud que la que su moral les impone, que es lo mínimo
para no sentirse culpables cuando te reemplazan por otro objeto. Si acaso, hay
quien te recuerda con añoranza pero, al final, hasta ese sentimiento desaparece
y se deshace, como una pastilla de azúcar en el mar. Son destructivos con lo
que utilizan, pero también consigo mismos porque, al alejarse de su pasado,
también se alejan de lo que una vez fueron.
- Vaya. Eso es muy triste...
All se encogió de
hombros.
Los villancicos y
los ruidos propios de las comidas navideñas salían de cada casa como los
espíritus inquietos de noches de paz, peces que beben y portales de lejanos
lugares. El muñeco sin nombre cogió una piedra del suelo. No era nada especial,
un objeto normal y corriente que cualquiera podría haber dejado tirado por ahí.
Sin embargo, se lo tendió a All.
- Feliz navidad.
El muñeco lo miró
con los botones y lo recogió. Luego, rebuscó en los bolsillitos de su disfraz.
- Feliz navidad- correspondió, tendiéndole un dedo humano.
Tras el intercambio,
se hizo un silencio apacible entre ambos. Después, el nuevo muñeco se volvió de
nuevo hacia su compañero.
- ¿Nos los cargamos a todos?
All le sonrió.
- Uno a uno.
FIN
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