lunes, 22 de julio de 2013

Vencer Sobre tu Sombra

Un día, un estudiante fue a su maestro a preguntarle cómo podía derrotar a su sombra, oscura, burlona, altiva a veces, otrora triste, reflejo de sus pecados. El hombre le respondió: “trata de hacer daño a tu sombra y, entonces, hallarás la forma de vencer.”
El chico probó de varias maneras: la golpeó con los puños y las piernas, la roció con fuego y le atacó con una espada sin obtener el resultado que esperaba ya que la sombra no se resentía en absoluto, pues atacarla era poco menos que atacar al humo. Siguió combatiendo por horas, pero no consiguió más que hacerse daño, cansarse inútilmente y romper sus posesiones. Sólo cuando estuvo al límite de sus fuerzas, lo comprendió: no podía hacer daño a su sombra, del mismo modo que ella en realidad no le podía hacer daño a él, y sus intentos por destruirla eran los que en verdad le habían herido.
A partir de ese día, el estudiante aceptó a su sombra y, entonces, venció.

FIN

viernes, 19 de julio de 2013

Los Caramelos Adamantinos


Había en un remoto reino que en realidad nunca existió, un maestro artesano de caramelos al que su fama le precedía. Sus depuradas técnicas milenarias, perfeccionadas por sí mismo durante años, le habían hecho ganar gran renombre y desde todos los rincones del reino llegaban peregrinos deseosos de degustar sus exquisitos dulces. Pero, de entre todos los manjares que ofrecía, había uno especialmente anhelado: el caramelo adamantino. 
Los caramelos adamantinos eran opacos de distintos colores, pero todos ellos ovalados y de bordes pulcramente redondeados. Aunque su sabor no fuera el mejor (un tanto insípido), su leyenda era formidable: se decía que no se agotaba nunca, y uno podía estar chupando un único caramelo varias vidas. Su desmesurado precio era justificado por el artesano diciendo que la técnica para obtenerlo así lo merecía, y gustoso el reino entero correspondía a ese esfuerzo con su oro. 
En poco tiempo, el artesano amasó una gran fortuna con su dulce estrella, cuando prácticamente todo habitante del reino tenía para sí solo un caramelo que, aunque no supiera a nada, nunca se gastaba. Enriquecido, finalmente se jubiló e instaló en una zona montañosa tranquila donde pasar los días que le restaban a su vida en paz y calma, rodeado de comodidades. 
Muchos años después, un niño fue a preguntar al maestro retirado cuál había sido ese secreto tan bien guardado con el que fabricó los eternos caramelos adamantinos que se habían convertido en mito. El hombre le sonrió, y dijo: 
- Pulir bien unas piedras. 

FIN

jueves, 11 de julio de 2013

Sin Malos Rollos

Aquella mañana todo era normal. Redactaba unos informes para mi jefe en el nuevo Mac que me habían instalado en el despacho, cuando me percaté de la figura de Juan Carlos, buen secretario y uno de mis mejores amigos de toda la vida, plantado en el umbral de la puerta que siempre mantenía abierta para empaparme con el ruido de los becarios y demás trabajadores de los cuales era responsable. 
- ¿Qué hay, Juancar?- pregunté en tono amistoso. 
- Me han despedido.- Fue su respuesta. Estaba tembloroso, con una mueca contenida que no lograba identificar entre la pena y la contrariedad, y la pesada caja de cartón llena con sus cosas de la oficina que mantenía en los brazos daba verosimilitud a su confesión. 
- ¡¿Qué?!- exclamé indignado-. Es injusto, eres un buen empleado. Voy a hablar con el jefe ahora mismo. 
  Antes de que él pudiera decirme nada, me levanté del escritorio y fui al despacho del señor Róblez con paso firme. Mientras atravesaba la oficina, tuve tiempo de prepararme el discurso con el que le abordaría, esperando una victoria en base a los excelsos méritos que Juan Carlos había hecho a lo largo de su intachable trayectoria profesional. 
  Llegué hasta el despacho y, a través de la ventana desde la que él solía vigilar a sus empleados, comprobé que se encontraba dentro antes de dar dos golpes en la puerta. 
- Adelante- se oyó desde el interior. Entré.- ¡Ah, Encino! Ha venido muy rápido. Precisamente quería hablar con usted...
- ¡No puede echar a Juancar!- le interrumpí antes de que tuviera tiempo de mandarme algún encargo-. Y no sólo le defiendo por nuestra amistad, sino en base a sus méritos como miembro productivo de...
- ¡Alto, alto!- dijo el señor Róblez-. ¿Echarle? ¿Quién ha dicho nada de echarle?- El hombre parecía confuso.- Lo que he hecho es ascenderle. 
- ...no lo entiendo- respondí, contrariado. 
- Le he dado tu puesto. Le dije que te mandara aquí para hablar de eso. 
  Lentamente cual autómata me di la vuelta en redondo y miré por la ventana hacia mi propio despacho. El bueno de Juancar ya empezaba a colocar ciertos objetos de su cajita por mi escritorio. 
- Señor Encino: está despedido- oí la voz del señor Róblez tras mi nuca. 
- ... so... soy un miembro productivo de... hijos de puta. 

FIN