viernes, 19 de julio de 2013

Los Caramelos Adamantinos


Había en un remoto reino que en realidad nunca existió, un maestro artesano de caramelos al que su fama le precedía. Sus depuradas técnicas milenarias, perfeccionadas por sí mismo durante años, le habían hecho ganar gran renombre y desde todos los rincones del reino llegaban peregrinos deseosos de degustar sus exquisitos dulces. Pero, de entre todos los manjares que ofrecía, había uno especialmente anhelado: el caramelo adamantino. 
Los caramelos adamantinos eran opacos de distintos colores, pero todos ellos ovalados y de bordes pulcramente redondeados. Aunque su sabor no fuera el mejor (un tanto insípido), su leyenda era formidable: se decía que no se agotaba nunca, y uno podía estar chupando un único caramelo varias vidas. Su desmesurado precio era justificado por el artesano diciendo que la técnica para obtenerlo así lo merecía, y gustoso el reino entero correspondía a ese esfuerzo con su oro. 
En poco tiempo, el artesano amasó una gran fortuna con su dulce estrella, cuando prácticamente todo habitante del reino tenía para sí solo un caramelo que, aunque no supiera a nada, nunca se gastaba. Enriquecido, finalmente se jubiló e instaló en una zona montañosa tranquila donde pasar los días que le restaban a su vida en paz y calma, rodeado de comodidades. 
Muchos años después, un niño fue a preguntar al maestro retirado cuál había sido ese secreto tan bien guardado con el que fabricó los eternos caramelos adamantinos que se habían convertido en mito. El hombre le sonrió, y dijo: 
- Pulir bien unas piedras. 

FIN

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