jueves, 27 de junio de 2013

La Más Dura Derrota


Destruyó gigantescos enemigos; combatió sus diferencias, los demonios que habitaban dentro de ellos; peleó contra montañas, contra el sol abrasador, contra el frío gélido; luchó y derroto a las dudas, a los momentos duros; pero también se bañó en las calmadas aguas de lo buenos instantes que siempre les acompañarían... creció fuerte y echó raíces, hasta que finalmente se convirtió en algo más, en un dios para ellos, la fuente de lo bueno y también de lo malo: su vida.
Sin embargo, tiempo después descubrió que los “para siempre no existen”, que no hacen falta motivos para que se llegue a un final, que la magia de este mundo se desvanece y no puede alimentarlo eternamente...que los desenlaces no siempre son buenos ni correctos, sólo existen.
Sí, antaño fue más fuerte que el espacio y el tiempo. Ahora se pudre y agoniza. Derrotó innumerables adversidades y de repente, sin previo aviso, como la vela que súbitamente se apaga, cayó del cielo y se hizo pedazos en el suelo donde las criaturas débiles y corrientes se arrastran y mueren. La derrota de un dios llamado Amor, que al final abdica, se retira y se prepara para dejar de existir. Porque hasta los dioses pueden ser asesinados por las personas.

Margo, el Genio Cabrón I


Juanito Butterfly era un chico normal y corriente (con su familia disgregada, sus amigos "juegapokemon" y su chucho sin raza, normalucho), excepto por un detalle: casi nunca aprobaba ningún examen. Daba igual lo que estudiase porque, a la hora de la verdad, era coger el boli y quedarse tan en blanco como el folio frente a sus ojos. Los cursos que pasaba, habían sido resultado de esfuerzo personal y pena de sus profesores.
  Un día, volviendo a casa de sus clases particulares de física, mates, inglés y religión (con el primer y último profesor particular de religión de la historia), se encontró una lámpara encadenada a una farola. Juanito era la única persona del mundo que no había visto “Aladín”, pero le picaba la espalda y se rascó con ella. Al instante, un genio verdoso, de sonrisa afilada y ojos entrecerrados ("cara de cabrón" total) apareció ante su estupefacta mirada.
- Saludos, amo. Soy el genio Margo y le concederé un deseo por haberme liberado.
  Juanito no dudó ni un momento.
- Deseo no volver a suspender un examen en la vida.
  Margo dio dos palmadas.
- Deseo concedido.
  Y, como por arte de magia que carece de "como", genio y lámpara desaparecieron.
  Feliz y contento, Juanito volvió a su paupérrimo apartamento.

Una semana después, Juanito tendría el examen de geografía. Para sorpresa de sus compañeros, el chico no fue a las clases de refuerzo.
- No lo necesito. No voy a perder el tiempo- decía.
  A dos días del examen, sus compañeros organizaron un grupo de estudio a la desesperada para ir a la biblioteca.
- No lo necesito. No voy a perder el tiempo- repitió por el grupo de whatsapp. Luego lo abandonó y, desde ese instante, todos le empezaron a insultar.
  La noche antes del examen, la madre de Juanito le pilló en su cuarto jugando a la play mientras chateaba con una prostituta de un país del este y comía nachos.
- ¡Estudia!- le gritó.
- No lo necesitó. No voy a perder el tiempo- fue de nuevo la contestación.
- ¡...como suspendas, te echo de casa!
  La mujer salió dando un portazo.
  La mañana del examen, Juanito metió boli y folios en la cartera y partió. De camino, trató de repasar el temario, pero no encontró ningún conocimiento en su cabeza.
- Es igual, de eso se ocupa el genio. Ya no necesito estudiar. Sería una pérdida de tiempo.
  El chico cruzaba la calle del instituto cuando un coche le pasó por encima.
  Su entierro corroboró que Juanito estaba en lo cierto: estudiar habría sido una pérdida de tiempo. 

miércoles, 26 de junio de 2013

Bichos Malos


Estaba una niña bañándose en el mar, cuando vio una medusa rosada que flotaba parsimoniosa hacia ella. Cuando la pequeña la señaló exclamando lo bonita que era, su padre la sacó del agua presurosamente con un palo y la dejó trinchada en la arena para que se secara y muriera.
La muchacha, conmocionada, interrogó al hombre.
- ¿Por qué has hecho eso, papá?
- Porque las medusas son abominables: malos bichos que hacen daño al resto de criaturas.- Fue la respuesta que obtuvo.
La niña asintió y asimiló la enseñanza.
Aquella misma noche, el padre fue a comprar tabaco y un atracador le rajó la garganta.
Y desde entonces, el epitafio escrito en su lápida reza: “A un buen padre, marido y persona.”

Bochorno


Frota. Barre. El eco de la escoba del chico sobre el suelo de su solarium.
El sol golpea con agresividad su piel y le ciega un poco. Pero no le importa, porque para eso barre. Da lo mismo el resultado, lo limpio que quede; sólo quiere combatirse, pelearse, derrotar lo que siente con lo que hace. La echa tanto de menos, que el no hacer nada le duele más que ninguna otra cosa.
Barre, y sigue barriendo. Ve una telaraña. Odia a los bichos, desde pequeño. Rompe la red con fiereza. Odia a las arañas, como la odia a ella, como en verdad, se odia a sí mismo. Se levantan un montón de mosquitos desde todas partes. Trata de espantarlos, pero es inútil porque hay demasiados. Se le pegan al cuerpo, le pican y hacen daño. Pronto desiste de espantarlos y sigue barriendo.
El sol ya alcanza su máxima altura. La sombra del chico apenas ha menguado. Es raro, pero no demasiado. Gruesas gotas de sudor le recorren la frente, el torso, brazos y piernas. Está exhausto, jadeante y sediento, le cuesta un poco respirar pero, por fin, ha terminado. Recoge los montoncitos de hojarasca y los echa al cubo. Aún mueve el brazo frente a sus ojos como acto reflejo contra los mosquitos. Deja el cepillo y, arrastrando los pies, va hacia la puerta de su solarium. Pero no la abre. Está cerrada. Y sólo puede abrirse desde dentro.
Intenta pedir ayuda, pero su garganta está seca; intenta meter los dedos en la hendidura de la puerta, pero sus uñas se pudren y quiebran; intenta saltar al jardín, pero la sombra le ancla al suelo. Finalmente, se sienta en el ardiente suelo y espera.
El calor le quema la piel. Los mosquitos le pican hasta hacerle sangre. Pero lo único que de verdad le duele, es su ausencia.  
Ojalá lo haya creado bien y sin hacer el patán como suelo.