miércoles, 26 de junio de 2013

Bochorno


Frota. Barre. El eco de la escoba del chico sobre el suelo de su solarium.
El sol golpea con agresividad su piel y le ciega un poco. Pero no le importa, porque para eso barre. Da lo mismo el resultado, lo limpio que quede; sólo quiere combatirse, pelearse, derrotar lo que siente con lo que hace. La echa tanto de menos, que el no hacer nada le duele más que ninguna otra cosa.
Barre, y sigue barriendo. Ve una telaraña. Odia a los bichos, desde pequeño. Rompe la red con fiereza. Odia a las arañas, como la odia a ella, como en verdad, se odia a sí mismo. Se levantan un montón de mosquitos desde todas partes. Trata de espantarlos, pero es inútil porque hay demasiados. Se le pegan al cuerpo, le pican y hacen daño. Pronto desiste de espantarlos y sigue barriendo.
El sol ya alcanza su máxima altura. La sombra del chico apenas ha menguado. Es raro, pero no demasiado. Gruesas gotas de sudor le recorren la frente, el torso, brazos y piernas. Está exhausto, jadeante y sediento, le cuesta un poco respirar pero, por fin, ha terminado. Recoge los montoncitos de hojarasca y los echa al cubo. Aún mueve el brazo frente a sus ojos como acto reflejo contra los mosquitos. Deja el cepillo y, arrastrando los pies, va hacia la puerta de su solarium. Pero no la abre. Está cerrada. Y sólo puede abrirse desde dentro.
Intenta pedir ayuda, pero su garganta está seca; intenta meter los dedos en la hendidura de la puerta, pero sus uñas se pudren y quiebran; intenta saltar al jardín, pero la sombra le ancla al suelo. Finalmente, se sienta en el ardiente suelo y espera.
El calor le quema la piel. Los mosquitos le pican hasta hacerle sangre. Pero lo único que de verdad le duele, es su ausencia.  

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