Frota. Barre. El eco de la escoba del
chico sobre el suelo de su solarium.
El sol golpea con agresividad su piel y
le ciega un poco. Pero no le importa, porque para eso barre. Da lo
mismo el resultado, lo limpio que quede; sólo quiere combatirse,
pelearse, derrotar lo que siente con lo que hace. La echa tanto de
menos, que el no hacer nada le duele más que ninguna otra cosa.
Barre, y sigue barriendo. Ve una
telaraña. Odia a los bichos, desde pequeño. Rompe la red con
fiereza. Odia a las arañas, como la odia a ella, como en verdad, se
odia a sí mismo. Se levantan un montón de mosquitos desde todas
partes. Trata de espantarlos, pero es inútil porque hay demasiados.
Se le pegan al cuerpo, le pican y hacen daño. Pronto desiste de
espantarlos y sigue barriendo.
El sol ya alcanza su máxima altura. La
sombra del chico apenas ha menguado. Es raro, pero no demasiado.
Gruesas gotas de sudor le recorren la frente, el torso, brazos y
piernas. Está exhausto, jadeante y sediento, le cuesta un poco
respirar pero, por fin, ha terminado. Recoge los montoncitos de
hojarasca y los echa al cubo. Aún mueve el brazo frente a sus ojos
como acto reflejo contra los mosquitos. Deja el cepillo y,
arrastrando los pies, va hacia la puerta de su solarium. Pero no la
abre. Está cerrada. Y sólo puede abrirse desde dentro.
Intenta pedir ayuda, pero su garganta
está seca; intenta meter los dedos en la hendidura de la puerta,
pero sus uñas se pudren y quiebran; intenta saltar al jardín, pero
la sombra le ancla al suelo. Finalmente, se sienta en el ardiente
suelo y espera.
El calor le quema la piel. Los
mosquitos le pican hasta hacerle sangre. Pero lo único que de verdad
le duele, es su ausencia.
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