Destruyó gigantescos enemigos;
combatió sus diferencias, los demonios que habitaban dentro de
ellos; peleó contra montañas, contra el sol abrasador, contra el
frío gélido; luchó y derroto a las dudas, a los momentos duros; pero también se bañó en las calmadas aguas de lo buenos
instantes que siempre les acompañarían... creció fuerte y echó raíces, hasta que finalmente se
convirtió en algo más, en un dios para ellos, la fuente de lo bueno
y también de lo malo: su vida.
Sin embargo, tiempo después descubrió
que los “para siempre no existen”, que no hacen falta motivos
para que se llegue a un final, que la magia de este mundo se
desvanece y no puede alimentarlo eternamente...que los desenlaces no
siempre son buenos ni correctos, sólo existen.
Sí, antaño fue más fuerte que el
espacio y el tiempo. Ahora se pudre y agoniza. Derrotó
innumerables adversidades y de repente, sin previo aviso, como la vela
que súbitamente se apaga, cayó del cielo y se hizo pedazos en el
suelo donde las criaturas débiles y corrientes se arrastran y
mueren. La derrota de un dios llamado Amor, que al final abdica, se
retira y se prepara para dejar de existir. Porque hasta los dioses pueden ser
asesinados por las personas.
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