Hállome aquí, a oscuras en mi habitación, escribiendo la
última parte de esta minitrilogía especialmente preparada para Halloween.
Espero que la disfrutéis en parte y que, al menos, os recorra un leve
escalofrío por la espalda mientras la leéis.
“En los albores del inconsciente, se encuentra la verdadera
razón del miedo...”
Las luces parpadeaban y el olor a humedad viciaba el
ambiente al tiempo que un grifo lejano no cesaba su plúmbeo goteo. Para Nico, no había sido muy difícil entrar en el apartamento abandonado. El cordón
policial apenas cubría una milésima del umbral de la entrada, y la puerta
estaba bastante descolgada del marco.
El chico encontró la
estancia tal y como la había dejado su anterior inquilino. El humo de las
llamas había marcado una mancha negra en el techo, justo en el sitio donde el
exnovio de Jane exhaló su último aliento mientras se deshacía entre cenizas. No
le fue difícil imaginarse los gritos, el dolor y el miedo. Sintió frío.
Poco a poco, Nico
recorrió el destartalado salón y examinó las habitaciones. A pesar del
deficiente tendido eléctrico, consiguió abrirse paso en la semipenumbra. La
casa estaba prácticamente vacía, sin muebles, ni ropa, ni objetos de valor,
preparada sólo para estar un breve periodo de tiempo, la típica habitación del
suicida que va allí sólo para no darles a sus padres el disgusto de encontrar
su cadáver en el desayuno.
- Un patético considerado- pensó.
Recorrió todas las
salas, hasta llegar a la que habría sido la habitación del chico. La cama
estaba desordenada tras meses sin hacerse. Fue hasta la mesilla, donde encontró
una foto bajo la lamparita. Allí estaban él, el exnovio maldito, junto a una
chica bastante simpática. Parecía reciente, y los dos se encontraba muy
acaramelados.
- Qué raro...
Nico leyó una frase
escrita por detrás.
“Hago lo que debo,
pero no como hacer los deberes, sino feliz, alma. Gracias a ti.”
Nico no entendió.
¿“Amor”? ¿Había tenido novia después de Jane? ¿Rehecho su vida? Según
esotéricoehistórico.com, aquello no cuadraba con un odio capaz de crear al
monstruo.
Al mover el pie, el
crujido de un folio llamó su atención. Descubrió que el suelo estaba repleto de
hojas. Probablemente, se habían desperdigado por el viento desde el álbum que
reposaba sobre la cama. Se agachó a recogerlas.
Todos eran recortes
de periódicos o fotocopias de casos de asesinatos. Todos ellos tenían un patrón
común que a Nico le pareció desgarradoramente familiar. “Sin ojos”, “entre las
3 y las 4 de la madrugada”... El modus operandi que andaba buscando. Examinando mejor el contenido, encontró
también una nota:
“Voy a cargármelo,
mi alma. Como sea, las llamas nos llevarán a los dos.”
Nico siguió
indagando, casi sin poder detenerse. Prácticamente detrás de cada recorte,
había alguna anotación escrita de manera precipitada y temblorosa, algunas de
las cuales no entendía del todo: “no abrir ojos”, “monstruo”, “3 al cubo”,
“sombras a mi espalda”, “¿por qué?” y, sobre todo, una última que hizo que se
le helara la sangre... “más antiguo”.
De repente, sus
pensamientos fueron interrumpidos por un súbito pitido. La alarma del reloj de
su muñeca se había activado. Las 3:32. Tenía sólo un minuto, y su plan se había
ido al traste.
Nico cerró los ojos
con fuerza y contó. 1, 2, 3... Su corazón se agitó. 15, 16, 17... El cuerpo le
empezó a temblar. 33, 34, 35... Comenzaron los sudores fríos. El tiempo pasaba
demasiado lento, pero también demasiado rápido. No sabía lo que esperaba, no
sabía lo que prefería. Cuanto antes ocurriese mejor, pero... ojalá no fuese
nunca. 54, 55, 56, 57, 58, 59...
Lo primero que
escuchó fueron los pasos. Los recordaba bien, los tenía presentes en cada
pesadilla. Luego, el rasgar de las uñas contra el suelo, contra las paredes.
Finalmente, esa respiración densa y agriada, pútrida, chocando contra su cara.
El monstruo estaba a escasos milímetros, tanto que sus rostros casi se tocaban.
Le lamió el cuello, le tocó la espalda, dio vueltas alrededor. A veces, dejaba
de notar si estaba, pero siempre volvía a aparecer, a instarle a que abriese
los ojos. Nico se mareaba.
Pasaron los segundos
más largos de su vida. El pecho le subía y le bajaba congestionado, al tiempo
que el corazón trataba de horadar las costillas y salirse de su cuerpo. El
monstruo seguía ahí, muy cerca, casi rozándole...
Por fin, el tiempo
pasó. Como cada noche, la realidad del ser dejó de dar señales de vida. Aún
así, el chico no se confió. Siguió de pie en las sombras, luchando contra
sus fuerzas. Las piernas le temblaban hasta la extenuación, y los músculos de
la espalda se le agarrotaban.
Aún no sabía bien
hasta cuándo se retiraba del todo el monstruo, así que aguardó. Un minuto, dos,
trece... siguió esperando pacientemente. Finalmente, abrió los ojos. Respiró
aliviado. Estaba solo.
Miró su reloj. Había
pasado 20 minutos desde las 3:33. Parecía a salvo.
Nico se agachó y
recogió cuantos papeles pudo. Estaba decepcionado y desesperado, pero no podía
rendirse. Su investigación de los orígenes del monstruo y de cómo derrotarle
tenía que seguir su curso, debía hacerlo. No le quedaba otra opción si quería
vencerle... ¡lo haría!.
Una sombra enorme
cayó ante los ojos de Nico. Al levantarse, vio una figura desnuda. Un cuerpo
rosado, despellejado, cubierto de una capa mucosa y sanguinolenta. Su cara había
desaparecido, y en su lugar decenas de ojos dispares le contemplaban.
El chico bajó los párpados con rapidez, pero ya había visto su cara. Y lo último que vio del
monstruo, fueron sus garras.
La noche se tiñó de
rojo con el grito desgarrador de Nico. La sangre empapó las paredes, la cama y
hasta el techo, ventanas, lámpara y, por último, los recortes. Las gotas
diluyeron pronto el contenido de la investigación: “entre las 3 y las 4”, “3 al
cubo” y, por último, “más antiguo”...
Bueno, y esto es todo. Deseo de verdad que os haya gustado.
Feliz noche a quienes puedan y merezcan disfrutarla, pero antes, permitidme un
pequeño consejo: la sugestión es un tema serio, y más sabiendo que nosotros
creamos aquello en lo que creemos, así que recordad, cuidado con esos monstruos a los que les damos el poder de existi