Hubo una vez una lagartija que perdió su rabo y no sabía dónde estaba. Recordaba que era largo y esbelto, juguetón y gracioso, y llenaba su vida de alegría. Fue por eso que cuando lo extravió, entró en una terrible depresión. Ya no estaba ahí, no podía contar con él para nada, nunca más compartirían su vida. Además, su recuerdo le atormentaba, pues como quien pierde un brazo, era ahora un miembro fantasma, y le picaba y dolía, pero no podía calmarlo porque, en realidad, no estaba.
Un día, después de tomar el sol (el cual ya no le calmaba, no le daba candor), fue a pedirle ayuda a un búho medianamente sabio.
- Esas cosas se pasan, no te preocupes- respondió el ave como si fuera una menudencia.
- No comprendes mi dolor. Para ti nunca estuvo, pero yo siempre viví con mi rabo. Es demasiado duro adaptarse a que te falte algo que hasta hace poco había llenado tu vida...
- Noo tee preocupess- insistió el búho arrastrando las palabras. Luego, intentó comérsela. Porque era un búho. La lagartija se salvó por las escamas.
Los días siguieron pasando, y el desdichado reptil no mejoraba. Los picores y dolores se sucedían a cada instante en cuanto pensaba en la ausencia, y en esos momentos nada ni nadie le aliviaba.
Pero, con el tiempo, aprendió a asumirlo y afrontarlo, a encarar el hecho de que ese rabo ya no estuviera allí y nunca volvería y, poco a poco, los picores desaparecieron... pero sin dejar de estar. El recuerdo, la vida fantasma que de algún modo persistía continuaba allí pero, por otro lado, llegó a aceptarlo como parte de su nueva historia y dejó de molestarle.
Un buen día, despertó con rabo. El nuevo apéndice que había crecido coleaba vibrante y emocionado. No era su antigua cola, pero también podía hacerle feliz, pensó, aunque no estaba segura...
Algo más contenta, la lagartija fue con el búho a agradecerle su sabiduría (no era la lagartija más lista del mundo...)
- Tenías razón búho: al final el preocuparme sólo empeoraba las cosas y, cuando dejé de hacerlo, éstas se solucionaron solas.
- Sssí...- dijo el búho, relamiéndose con gula.
Entonces, un cocodrilo pasó a la carrera y se comió a los dos (sorpresa).
No te preocupes por una pérdida irreparable, porque hasta aquello que más profundamente formó parte de ti puede crecer de nuevo. Preocúpate de los cocodrilos.
FIN
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