lunes, 30 de septiembre de 2013

Depresión


Vivió de verdad hace mucho tiempo ya, un cochecito de juguete. Era rojo como el fuego, con chasis de latón y pasaba todo el día triscando, riendo y viajando dichoso por la mesa de una juguetería. Porque era inconsciente, se daba que era feliz. Pero la venda que cubre los ojos infantiles no se sostiene siempre, y aquel cochecito la perdió muy pronto... y se odiaba, y no le gustaba el mundo, ya nada tenía luz, y empezó a sentirse mal, como si fuera invadido por parásitos que desde dentro le devoraban, a no tener ganas de moverse ni hacer nada, a carecer de ánimos y, por último, lo que le faltaron fueron las fuerzas. 
  Tirado y desprovisto casi de vida se lo encontró una juguetera, que le ofreció su ayuda. El cochecito no tenía nada que perder, así que aceptó. Aquella mujer le fabrico una llave y se la insertó. Con ella, podría darle cuerda y así seguir rodando, pero con una condición: no había de salirse de los raíles marcados, porque si no caería por el borde de la mesa y moriría. 
  El cochecito empezó su nueva condición lleno de ilusión y esperanza, pero sólo duró un rato. En cuanto alguien le daba cuerda, empezaba a moverse con mucha energía repentina, pero cuando ésta estaba a punto de agotarse, de nuevo se detenía y su cuerpo se oxidaba. Además, se dio cuenta de que el impulso que recibía sólo le insuflaba mecánicos movimientos casi involuntarios, ciego ímpetu de seguir adelante pero... ¿quería? Aquellos raíles no le gustaban, la pintura se pegaba a sus llantas y él se sentía sucio y se asqueaba. Además, la meta que sus faros le enseñaban no le gustaba, la odiaba y la despreciaba. Dándose cuerda de vez en vez sabía que siempre podría seguir adelante pero... no quería.
  Un día, harto de su alienante vida, el cochecito salió de los raíles, desapareció de la vista de aquellos que le daban cuerda, y ya nunca se volvió a saber de él en este mundo. 
  No se puede decir que desde entonces fuera feliz pero, desde luego, dejó de sufrir. 

POR FIN

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