Ninguno de ellos daba muestras de saber qué hacía en la extraña antesala de aquel castillo de hielo, de un blanco azulado que recordaba a la luna. Estaba coronada por un reloj de pared de proporciones descomunales cuyas manecillas azul eléctrico marcaban la 1:49. Tampoco sabían cómo habían llegado a ponerse todos aquellas armadura. El chico acarició el cinto hasta que sus dedos rozaron la empuñadura de su espada. Se estremeció.
Entonces, en el enorme reloj surgió la imagen nítida y clara de una mujer.
- ¡Ella!- pensó el chico. Su amor platónico, aquella a la que nunca había conseguido alcanzar en vida... fue entonces cuando se percató. Allí estaban todos: Carlo, su novio de segundo; Piero, con el que se había liado la noche de graduación; Fígaro, aquél que le dio su primer beso... personas que él conocía muy bien por haberlas estado observando, por haber muerto de envidia y celos mientras disfrutaban de lo único que él había anhelado siempre y nunca había sido digno de alcanzar.
- Me muero...- dijo la voz de la chica en un susurro trémulo, que sin embargo se amplificó y corrió por toda la sala como caballos desbocados-. Estoy cubierta de hielo en este palacio de escarcha. En diez minutos, mi cuerpo habrá acabado de congelarse y morirá. Sólo uno de vosotros puede salvarme. Por ello, he organizado este torneo: aquel que más lo desee, vendrá a por mí y me rescatará de esta helada prisión. ¿Quién lo logrará? ¿Quién será lo bastante fuerte para convertirse en mi héroe...?
La grabación se detuvo, y el reloj volvió a marcar la hora. El chico se fijó mejor en la base. Inmersa en la estructura, el fino cuerpo de la chica reposaba en su helada prisión. Aún desde esa distancia, su larga melena era fascinante; sus facciones tan níveas, tan hermosas, que cortaban más la respiración que el propio frío; y sus ojos, brillantes y perfectos, contemplaban la escena mudamente. Eso fue lo que pensó... hasta que vio el destello acercarse a por la derecha.
Con reflejos de roedor, pudo esquivar el tajo ascendente que Michito, el novio que la chica tuvo en cuarto, le había lanzado a la cara. El ataque fue demasiado apasionado, y el cuerpo del agresor quedó desprotegido mientras trataba de mantener el equilibrio. El chico lo utilizó en su favor: desenvainó su propia espada. Era muy pesada y le costó domarla, pero finalmente consiguió hundirla en las costillas del joven. La sangre salió del tórax como una fuente y le bañó hasta los tobillos, preservando su calor. Una vez el cuerpo hubo dejado de convulsionarse, el chico extrajo su arma y contempló la escena, que se había vuelto de un rojo dantesco: todos los hombres luchaban entre sí aviesamente, intercambiando golpes con furia y fuego. Algunos pedían clemencia, esos eran los primeros en morir. Otros luchaban con rabia e ira egoísta, llevándose por delante a cualquiera que fuera escoria como ellos. Él no iba a permitir que ninguno de aquellos la consiguiera de nuevo.
Entrando firmemente en la batalla, espero a que uno de los lances más cercanos acabara para acuchillar por la espalda a su exhausto vencedor. No hay honor. Siguió abriéndose paso entre la masacre, hasta que de nuevo alguien intentó golpearle en el pecho. Del mismo modo que antes, esquivó el ataque, para esta vez insertar la punta de su arma en la base de la garganta de Carlo. Entre cuerpos agonizantes que se vaciaban como globos de agua pinchados, siguió avanzando.
Uno a uno, todos los pretendientes fueron cayendo. A pesar de sus desventajas, el chico sobrevivía evitando los combates directos con innoble argucia, rematando a los extenuados y aprovechando su don para ser invisible en su propio beneficio. Pero sabía que aquello no duraría... y así fue.
Finalmente, sólo quedaban dos en pie. El chico no se sorprendió del todo, aunque sí maldijo para sí que su último oponente hubiera sido aquél. Esteban. Su mejor amigo de la infancia. Al igual que él, ninguno había logrado aún lo que en sus sueños tantas veces habían fantaseado. Más sociable, encantador y atractivo, Esteban siempre había estado más cerca de conseguirlo debido a su gracia natural. Antiguamente habían sido amigos... hasta la competencia desleal que levantó un muro insalvable entre ambos.
Los finalistas se pusieron en guardia a la vez. El chico vio que la espada de su contrincante estaba impecable, así como su armadura. No le extrañó que hubiese estado toda la batalla escondido, esperando el momento apropiado cual serpiente. De repente, empezó a sentirse cansado.
- Sin rencores- dijo Esteban, mientras afloraba una sonrisa en su inmaculado rostro.
Ambos empezaron su último duelo. Al principio, Esteban no dominaba bien su arma, pero pronto se hizo con ella. Sus golpes eran francos y poderosos, llenos de fuerza bien controlada. Por su parte, el chico sólo se defendía. La escasa experiencia que había adquirido de poco le servía si sus delgados músculos casi no respondían ya. A la desesperada, apenas alcanzaba a colocar su espada entre medias, que salpicaba heridas de chispas.
El tiempo se agotaba, y únicamente se dedicaba a recibir los duros impactos con torpeza. No había otro desenlace, uno de los dos tenía que morir... o ambos.
Aprovechando el retroceso de uno de los golpes de su contrincante, el chico dio un paso atrás, descubriendo su guardia. Esteban miró su cuerpo como si se tratara de un muñeco desprovisto de vida, un objeto vacío, y embistió con todas sus fuerzas. En el último momento, el chico desvió la hoja con su propia mano. La punta atravesó los tendones de sus dedos y viajó hasta su abdomen, con tal resuello que atravesó la armadura y se alojó en la carne hasta la mitad de la hoja. El chico dejó escapar un gemido sanguinolento, sintiendo cómo el aire salía de su cuerpo y espumarajos de sangre se escapaban de entre sus labios. Esteban sonrió.
- Uno de los dos tenía que morir...- se justificó.
El chico dejó ver unos dientes carmesí.
- Sin rencores.
Levantó la espada. Cuando Esteban intentó retroceder, se dio cuenta de dos cosas: su mandoble había entrado demasiado en la vaina de carne, y su mano estaba anquilosada en torno a la empuñadura. Cuando consiguió soltarla, ya era demasiado tarde.
Con todo el peso de su brazo, el chico cruzó el cuerpo de su antiguo amigo desde el hombro hasta la segunda costilla. La cara de Esteban se salpicó de rojo como si le hubiera estallado una bolsita de ketchup cerca. Luego, dejó caer el cuerpo, con esa expresión de miedo incrustada tan profundamente como su arma.
Entre gemidos de esfuerzo y partido por el dolor, el chico se arrancó el metal del cuerpo y lo echó a un lado. Sus piernas apenas le respondían y estuvo a punto de caer al suelo. La sangre brotaba de la herida como si él mismo se estuviera derritiendo. La apretó con su mano enguantada. Miró el reloj. 1:58
Con gran esfuerzo y dolor, se obligó a llegar hasta las escaleras cristalinas que conducían a la base del reloj, surcando un océano de muerte. Destripados, decapitados, con heridas mortales abiertas en cualquier parte de su cuerpo, los antiguos conquistadores le vieron pasar por encima de ellos con fríos ojos inexpresivos.
Finalmente, llegó. Allí estaba ella... la chica de sus desvelos, a quien había estado observando en silencio en sus tratos, por la que velaba mientras daba su amor a otros, aquella a la que había querido cuidar, proteger y ver feliz para siempre, mientras que donaba sus piernas a los hombres muertos que había dejado a su espalda, y aún así lo más precioso que había conocido...
Desde el otro lado del hielo, la chica respondió a su llegada. Con ojos deslumbrantes y esperanzados, esbozó una sonrisa llena de dulzura. El chico creyó percibir cómo su espíritu era cálidamente abrazado por unas manos bien torneadas, como de un ángel. Luego, la escupió a la cara.
El gesto de la chica dio un vuelco radical, siendo entonces una efigie de miedo y horror. Sangre y saliva resbalaron frente a sus ojos nublados, difuminando la última imagen que la joven tuvo del chico, dando media vuelta y dejándola atrás para siempre.
Mientras pisaba los cuerpos de los pretendientes, el chico aún tuvo tiempo de reflexionar. El amor le había llevado a aquel castillo de hielo y sangre, pero había sido el odio el que le había hecho llegar tan lejos. Cojeó cuanto pudo, presionando su herida. Mientras, el cuerpo de la chica se abotargó y se puso morado. Las lágrimas empezaron a brotar, pero se congelaban inmediatamente y le hacían cortes en los ojos. Finalmente, su corazón helado se paró, consumiéndose su vida del todo.
Por su parte, él caminó unos metros más, dejando huellas de sangre, hasta que no pudo con su propio peso y se desplomó para no volverse a levantar. Mas lo hizo con una sonrisa helada de satisfacción personal.
FIN
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