Desde que sus padres se separaran, la vida de Jeremías no había vuelto a ser la misma. La pensión que su padre les pasaba a su madre y a él apenas les daba para pagar el alquiler del paupérrimo apartamento que se podían permitir, así que el chico había dejado sus estudios (tenía lo que en la actualidad es un brillante futuro por delante: con 22 años, en tercero de la ESO, y sólo 7 asignaturas por recuperar. Las mejores notas de su clase) y emplearse en trabajos de dudosa monta...
Ser socorrista de la urbanización de Somosaceite era el mejor oficio que podría haber logrado el joven: como carecía de amigos, tenía mucho tiempo libre; y como era cocainómano, podía pasarse horas sentado sin hacer nada mientras el tiempo pasaba a toda velocidad ante sus ojos. Abrir los candados de la piscina, hacer como que pasaba el limpiafondos, recoger cuatro hojas superfluas y vigilar que la depuradora no explotara eran tareas a las cuales tenía que enfrentarse diariamente, pero ninguna le sacaba más de quicio como una en particular...
- No corras por el bordillo... no corras por el bordillo... no corras por el bordillo....
...NIÑÑÑÑOSSSSS.
En aquel momento, uno de esos pequeños seres estaba especialmente molesto. “Nani”, se hacía llamar. Llevaba todo el día dando vueltas por la piscina sin detenerse si quiera un segundo. Jeremías se preguntó si era humano. Aunque aquella no era la única contraindicación que había adoptado aquel elemento: salpicaba a la gente, se lanzaba al agua de manera peligrosa y a menudo se traía una especie de canicas con las que agredía a las personas.
- Qué valiente es... y qué listo...- dijo una vez un vecino, el señor Adolf, con uno de aquellos proyectiles incrustado en la nuca. El señor Adolf había participado en una guerra y, aunque nunca confesaba cuál, sí que relataba de manera extensa las torturas a las cuales le habían sometido (golpes con rastrillo, electrodos en los genitales, depilación con pelapatatas, electrodos en los genitales, limón en las heridas, desfibriladores en los genitales...), pero nada de lo que vivió en aquella época le había preparado para Nani. Hicieron falta seis horas de neurocirugía hasta que le extrajeron la canica, y desde entonces nunca fue el mismo. Cosas de críos.
En aquel momento, Jeremías estaba lo suficientemente cansado de que el chico le ignorara como para ponerse sus gafas de realidad inducida, que era como llamaba a las gafas de sol que usaba para dormirse sin que los vecinos se dieran cuentan. Así que, se las puso, se recostó en su silla de plasticucho, que debía de ser como las que Satanás pone en el infierno para los condenados, y se sumió en la oscuridad de su mente...
- Sólo dos semanas para cobrar, sólo dos semanas para cobrar, sólo dos semanas para cobrar...- pensaba.
... de repente, notó algo frío y húmedo que le bajaba por la pantorrilla.
- Que sea una babosa, que sea una babosa, que sea una babosa...
Pero, como en el 80% de veces que sientes algo en una piscina, era agua.
Cuando Jeremías abrió los ojos, se encontró a Nani frente a él, con su macabra sonrisa desdentada y un hilillo de baba cayendo de sus labios.
- Me has escupido agua, ¿a que sí?
Nani radicalizó su sonrisa.
- Oh... qué mono- dijo desde su tumbona la señora Stravinsky, otra residente, que aquella tarde había sido la encargada de bajar a los niños y desentenderse de ellos sólo un poco menos de lo que lo hacían los otros padres. La mujer era tan gorda que podría almacenar varios nidos de cuco bajo las lorzas de su abdomen. Regentaba una tienda de dulces, y Jeremías siempre se planteaba si todas las piruletas que les daba a la chavalería no eran ni un tercio de las que se comía ella a diario.
Aquella tarde apenas había bañistas, pero, aunque los hubiese habido, los cables del torturado cerebro de Jeremías ya se habían enmarañado demasiado como para frenarle.
- Eh, Nani, escucha: ¿quieres que te enseñe algo muy divertido?
El cuarto de la depuradora era obscuro y ruidoso. Estaba metido bajo tierra cual búnker, y se accedía a él desde el exterior por una escalerilla resbaladiza y oxidada. Apestaba a cloro, que rezumaba de todas las fugas (y cuya inhalación le había dado a Jeremías un 95% de papeletas para ganar el sorteo de cáncer de pulmón de la vida). Allí, además de los pesados aparatos y palancas para controlar los skimmers, el nivel de agua y el pH, también guardaban cepillos, el limpiafondos y varios botes de antialgas, casi todo muy venenoso.
Aunque no fuera un lugar apropiado para niños, Jeremías había conseguido llevar dentro a Nani para enseñarle un juego súperdivertido que llamó: "el escondite extremo".
Una vez allí, el niño empezó a tocarlo todo.
- ¿Para qué es esto?- dijo, tocando el contador de agua- ¿y esto?- Abrió los skimmers- ¿y esto?- Pulsó el botón de autodestrucción de la piscina (Jeremías nunca entendió la utilidad de este pulsador).
El socorrista deshacía con paciencia todas las modificaciones que el crío hacía, hasta que Nani se topó con un palo largo de hierro.
- El palo de chupar la caca del fondo- dijo el niño.
- Sí- respondió Jeremías.
- ... el que te clavé en el ojo la semana pasada.
Jeremías cogió el tubo y empaló a Nani desde la boca hasta la columna como si fuera un pollo asado, lo cual le pareció una bonita metáfora del "ojo por ojo, diente por diente" (no como a la mayoría de ONG). Luego, se encerró el cuarto y de ahí no se movió.
Pasaron las horas, cuando la gente empezó a ponerse nerviosa.
- Sal, chico- dijo Eduvarius, el presidente de la comunidad, una vez fue avisado. Era contable, pero una vez se leyó un libro de psicología, así que se creía un gran estratega emocional-. Nadie dice que vayamos a despedirte, pero no queremos que sigas ahí encerrado...
- ¡Una mierda!- estalló la señora Telecrafh, madre de Nani. La señora Stravinsky le había llamado la primera en cuanto notó que algo no iba bien-. ¡Sal de ahí con mi niño, pervertido sexual!
- Señora Telecrafh...- Eduvarius trató de suavizar los ánimos-. Jeremías, nadie de aquí dice que seas un pervertido sexual...
- ¡Yo puedo ayudar!- intervino el señor Adolf repentinamente-. Esperad aquí.
Y el hombre se fue cojeando a su apartamento.
- ...mientras tanto, Jeremías, háblame: ¿qué recuerdas de tu infancia?
Jeremías le ignoró.
Minutos después, volvió el señor Adolf con varios cartuchos de dinamita.
- ¡Placadle!- gritó la señora Stravinsky.
Hicieron falta dos vecinos para retener al trastornado anciano.
- En fin, muchacho- continuó Eduvarius-. No nos dejas alternativa: habrá que llamar a la policía.
Lo primero que hizo el inspector Gordon Brown fue entablar contacto con Jeremías a través de la plancha de hierro.
- Bien muchacho, escúchame: ¿el crío está contigo?
- Sí- respondió Jeremías.
- ¿Vivo?
- .................................sí.
El agente intercambió miradas con el presidente de la comunidad y sus hombres.
- ...me fío- concluyó-. Ahora, óyeme con atención: deja salir al chico y luego hazlo tú con las manos en alto, y te prometo que nadie saldrá herido- dijo, mientras indicaba a sus ayudantes con un gesto de mano que apuntaran bien con sus pistolas.
- No. Mejor no- respondió Jeremías.
Y ya no se dijeron nada más.
El inspector fue a hablar con la madre del niño.
- Señora, tenemos un problema.
- ¿¡Qué problema va a haber!?- rugió la mujer-. ¡Entre ahí y sáquenle por la fuerza!- Su tono cada vez era más chillón.
- Con gusto lo haría, pero hay rehenes en peligro. La ley no nos lo permite. Tendremos que esperar hasta que se derrumbe emocionalmente lo cual, según mis años de experiencia, no tardará en hacer...
Pasaron los días, hasta una semana entera, pero el chico no salía. Los agentes estaban sorprendidos por la fuerza de voluntad de Jeremías, a la vez que la paciencia de la madre se agotaba.
- ¡Hagan algo! ¡Gaseadle o lo que sea!
- Lo siento señora: la ley no nos lo permite- respondía siempre el policía.
Y así transcurrieron otras tantas jornadas, hasta que llegaron a los diez días de encierro. Con el tiempo, los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia, y todo el recinto se llenó de ávidos periodistas.
- Aquí Tricia Letricia, informando desde la piscina de Somosaceite. Nuevos datos relevantes sobre el secuestro del joven Nani: al parecer la madre de la criatura pudo tener un lío con el profesor de natación de su hijo. Devolvemos la conexión a tele4+1.
Con el circo mediático provocado, la noticia llegó a las altas esferas, presionando al comisario Gordon Brown tanto como para hacer lo impensable: pedir permiso a sus superiores para entrar.
- ¡Asalten ese cuarto de una vez!- chillaba la madre, que ya había llegado a tonos de soprano.
- Señora, hacemos lo que podemos: sin una orden la ley no nos lo permite.
Pero los caminos burocráticos son insondablemente retorcidos, y la orden no llegaba (llegaría 20 años después al domicilio de la viuda de Gordon Brown, cuyo marido habría de llevar muerto por un infarto 19 años y 10 meses).
Finalmente, a la segunda semana de encierro, Jeremías salió. Inmediatamente, dos policías gordos le redujeron sin problemas frente a su nula resistencia. El chico estaba pálido, famélico y raquítico, con una expresión desencajada llena de locura.
- Ha estado sobreviviendo a base de agua con cloro y niño- explicó un agente una vez analizaron el interior de la sala de la depuradora.
- ¿Niño?- dudó la señora Telecrafh -. ¡Ay mi Nani!
La mujer se echó a llorar desconsolada.
- Lo siento mucho...- dijo el señor Eduvarius para consolarla-. ¿Quieres hablar de algo? ¿Cuál es el primer recuerdo que tienes de tu infancia?
Mientras tanto, Jeremías empezó a reír histérico.
- Jajajajajajajajajajaj... ¡páguenme! He acabado mi contrato en la piscina... ¡denme mi dinero!
- ¡La ley le ampara!- corrió a corroborar el inspector Gordon Brown.
- ¡AAAAAGHHHHHH...!- rugió la señora Telecrafh-. ¡SOCORRISTAAAAGH...!
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- ¡... socorrista!
La enervante voz de la señora Telecrafh despertó a Jeremías de su letargo. El muchacho se quitó las gafas de sol perezosamente.
- Dígame.
- ¿Es que no le da vergüenza?- comenzó la mujer-. Quedándose dormido en público, desocupando sus obligaciones... ¡y encima con eso en la cara!
A Jeremías le costó un rato serenarse y pararse a repasar concienzudamente las palabras de la madre. Luego, cogió el móvil y usó la pantalla a modo de espejo. Si su memoria no le fallaba por las drogas, nunca antes había tenido un pene dibujado con tinta indeleble en la mejilla. El chico miró instintivamente a Nani. El muchacho le dedicó una desdentada sonrisa, mientras jugueteaba con un rotulador en la mano.
- Ten claro que daré parte a tu empresa de esto, jovencito- dijo la señora antes de marcharse.
Jeremías repasó un instante a Nani con la mirada.
- Eh, Nani, escucha: ¿quieres que te enseñe algo muy divertido?
FIN
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