-...me contaron hace tiempo una historia- relataba Jane, tumbada de lado, con su cuerpo desnudo envuelto entre las sábanas-, una historia sobre un monstruo que se presenta siempre a la misma hora: las 3:33 de la mañana. No tiene rostro, pero sí unas uñas afiladas y cóncavas como cucharas alargadas. Normalmente no ocurre nada, porque estamos dormidos, pero si entra en tu habitación y estás despierto, hará lo que sea por llamar tu atención y hacerte abrir los ojos. En ese momento, en la misma oscuridad de tu cuarto, te los saca y se los come. Siempre, a las 3:33 de la mañana...
La chica acabó la frase arrastrando la última palabra para darle a la historia de un halo de misterio.
- ¿Quién te la contó?- preguntó Nico, mirándola de frente, también cubriendo su desnudez con la tela.
- Fue mi ex. Le gustaba mucho inventarse cosas.
Nico la miró ceñudo. Casi nunca le mencionaba, pero cuando ella lo hacía sus ojos se apagaban tristemente. Estaba seguro de que no le amaba, y probablemente nunca lo hubiera hecho en serio. Tal vez por eso se sintiera culpable por haberle dañado tanto sin necesidad. En el fondo, era una buena persona.
- Ese tío sólo te lo decía para acojonarte- respondió él, tajante-. Lo mismo por lo que me lo cuentas a mí, para asustarme. Porque hoy es Halloween.
Ella esbozó una sonrisa burlesca.
- Es posible...
Nico le devolvió la mueca antes de echar todo su cuerpo sobre el de ella.
La noche era agradable y cómoda para los amantes. Envueltos entre las suaves y cálidas mantas, ya con el pijama puesto tras una sesión de sexo, los cuerpos reposaban uno junto a otro a lo ancho del colchón. Sin embargo, Nico estaba intranquilo.
- Maldita zorra... ¿por qué me habrá contado esa historia, si sabe que no me gustan?- pensaba.
Aquella noche habían bebido, salido de fiesta y después bebido más en casa, pero eso no le importaba. Aguantaba bien el alcohol, y muchas veces había llegado a usarlo como relajante nervioso antes de dormir. Lo que no soportaba eran las historias de miedo. Ella lo sabía, y aún así insistía en asustarle como si fuera una broma, con esa jovialidad infantil tan característica suya.
- Puta de mierda... te decía yo dónde iba a mandar tu jodido humor retorcido si no estuvieses tan buena...
No sabía qué hora era, pero sí calculó que la noche debía de estar bien avanzada, y él aún no había podido conciliar el sueño. Eso le cabreó más.
Le daba vueltas a esos venenosos pensamientos, cuando notó una caricia suave y dulce en su pecho. Por instinto, giró sobre su eje y abrazó a la chica. Luego, notó la saliva cálida de una lengüecita junto a su mejilla.
- ¿Estás juguetona...?- le susurró al oído a Jane, ahora de mejor humor.
- ¿Mm?- fue lo que respondió la chica.
- Sabes que dos veces en una noche no puedo- comenzó Nico, rodeando su cuerpo y apretando sus brazos contra los suyos. Si lo hacía bien, todavía podía dormirse tras una mamada-. Pero hay otras maneras de usar la lengua para despertar a la bestia...
- Nic... ¿qué dices?- preguntó Jane.
Entonces, el chico notó una nueva caricia, justo donde había sentido la baba. El chico soltó de inmediato los brazos de su novia y se colocó boca arriba, rígido como una estatua, con los ojos tan fuertemente cerrados que le dolieron las sienes. Lo que quiera que le estuviera acariciando, dejó de hacerlo repentinamente.
- Nic, ¿qué...? ¿Nic? ¡AAAAHHH!
Los gritos de Jane regaron la habitación como el agua de un aspersor.
- ¡Socorro Nic! ¡Ayuda! ¡AAAAAAAH!
Nico no abrió los ojos. Siguió quieto cual cadáver, conteniendo incluso la respiración. Temblaba de pies a cabeza, tanto que sus músculos se empezaron a tensar como los cables de un ascensor. Tuvo que morderse la lengua para no gritar y su vejiga se vació con un doloroso escozor en el glande.
A su lado, Jane pataleaba y daba saltos espasmódicos en la cama. No era una broma, pero no podía estar pasando. La chica le arañó el brazo entre gritos de dolor, y él apretó su mano como consuelo y para que no le hiciera daño.
- ¡NIC! ¡NIC!- Jane no paraba de gritar.
La sangre empezó a filtrarse en el colchón como si fuese una esponja. Nico lloró hasta que las lágrimas rebosaron a través de sus párpados cuales embalses desbordados.
Tras unos segundos más de agonía, la chica finalmente dejó de moverse y todo quedó en silencio. Pero Nico no se relajó. Siguió en la oscuridad, temblando y sollozando. Horas después, con el meñique de su mano izquierda se atrevió a acariciar el muslo de Jane, que ya no respondió...
Continuará...
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