Vivió una vez (pero ahora ya no) una rana avariciosa que se convirtió en reina
de cierta charca. Su ley era clara: gobernaba sobre las criaturas con autoridad y sin empatía,
siendo su único propósito satisfacer sus caprichos, ganar aún más poder y vivir
cómodamente a costa de los habitantes a quienes había prometido deberse.
El infame anfibio comía tantos bichos como siete ranas, mientras su
pueblo moría de hambre. La porquería crecía, los animales se desesperaban e
incluso llegaban a suicidarse en su miseria, aquella charca cada vez era más farragosa mientras ella, la rana cruel, se alzaba victoriosa sobre
nenúfares; al mismo tiempo que bajaba las raciones de sus súbditos, ella subía
las propias, aumentando su gordura y opulencia, hasta que pareció que un día u otro podría estallar; desterraba de su reino a otros animales que se le
interponían o incluso a quienes le habían servido, haciéndoles perder por completo su
comida, mientras ella se lucraba cada vez más y más, llegando un punto en que
sus múltiples nenúfares apenas podían sostenerla, al tiempo que otros peces y ranas eran echados de sus lugares de residencia; amenazaba a cualquiera que se
pusiera en su contra y manipulaba la información que de boca en boca pasaba y
pudiera perjudicar sus intereses, todo para mantener su posición. Pero no todos en la el reino estaban descontentos, pues habían quienes salían beneficiados con su encumbramiento: sus conocidos y allegados, que ocupaban altos puestos dentro de la
charca que ella misma les proporcionaba (como su marido, un sapo enclenque y
adinerado), así como sus socios, quienes junto a ella se llenaban las
madrigueras con lo que le robaban al resto, quienes cada vez estaban más hundidos en el fango.
Un día, unos peces arquero a los que despidió en su momento decidieron tomarse la justicia por su mano y la mataron de varios disparos. La
rana egoísta había muerto, tras una vida de excesos y participación en el
hundimiento de su pueblo, ya no se encontraba entre ellos. En seguida, se armó un gran revuelo, y
surgieron contradicciones tanto morales como éticas al respecto: ¿por qué
lamentar que ya no estuviera aquella que causaba tanto sufrimiento innecesario
a aquellos a los que debía cuidar?, ¿quién iba a llorar por esta malvada rana?, ¿quién velaría por su recuerdo? Sus familiares y allegados quizás, un estanque
hipócrita y, sobre todo, aquellos buitres carroñeros que aún pudieran sacar
provecho de su frío cuerpo.
FIN
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