lunes, 30 de septiembre de 2013

Depresión


Vivió de verdad hace mucho tiempo ya, un cochecito de juguete. Era rojo como el fuego, con chasis de latón y pasaba todo el día triscando, riendo y viajando dichoso por la mesa de una juguetería. Porque era inconsciente, se daba que era feliz. Pero la venda que cubre los ojos infantiles no se sostiene siempre, y aquel cochecito la perdió muy pronto... y se odiaba, y no le gustaba el mundo, ya nada tenía luz, y empezó a sentirse mal, como si fuera invadido por parásitos que desde dentro le devoraban, a no tener ganas de moverse ni hacer nada, a carecer de ánimos y, por último, lo que le faltaron fueron las fuerzas. 
  Tirado y desprovisto casi de vida se lo encontró una juguetera, que le ofreció su ayuda. El cochecito no tenía nada que perder, así que aceptó. Aquella mujer le fabrico una llave y se la insertó. Con ella, podría darle cuerda y así seguir rodando, pero con una condición: no había de salirse de los raíles marcados, porque si no caería por el borde de la mesa y moriría. 
  El cochecito empezó su nueva condición lleno de ilusión y esperanza, pero sólo duró un rato. En cuanto alguien le daba cuerda, empezaba a moverse con mucha energía repentina, pero cuando ésta estaba a punto de agotarse, de nuevo se detenía y su cuerpo se oxidaba. Además, se dio cuenta de que el impulso que recibía sólo le insuflaba mecánicos movimientos casi involuntarios, ciego ímpetu de seguir adelante pero... ¿quería? Aquellos raíles no le gustaban, la pintura se pegaba a sus llantas y él se sentía sucio y se asqueaba. Además, la meta que sus faros le enseñaban no le gustaba, la odiaba y la despreciaba. Dándose cuerda de vez en vez sabía que siempre podría seguir adelante pero... no quería.
  Un día, harto de su alienante vida, el cochecito salió de los raíles, desapareció de la vista de aquellos que le daban cuerda, y ya nunca se volvió a saber de él en este mundo. 
  No se puede decir que desde entonces fuera feliz pero, desde luego, dejó de sufrir. 

POR FIN

jueves, 26 de septiembre de 2013

Corazón Cubierto de Escarcha

El chico contó al menos dos docenas de hombres que se miraban los unos a los otros extrañados. Altos, apuestos y fuertes en su mayoría, algunos maquillados como si fueran vampiros, otros con las cabezas rapadas y cubiertos de tatuajes. Y, en mitad de ellos, estaba él. 
  Ninguno de ellos daba muestras de saber qué hacía en la extraña antesala de aquel castillo de hielo, de un blanco azulado que recordaba a la luna. Estaba coronada por un reloj de pared de proporciones descomunales cuyas manecillas azul eléctrico marcaban la 1:49. Tampoco sabían cómo habían llegado a ponerse todos aquellas armadura. El chico acarició el cinto hasta que sus dedos rozaron la empuñadura de su espada. Se estremeció. 
  Entonces, en el enorme reloj surgió la imagen nítida y clara de una mujer. 
- ¡Ella!- pensó el chico. Su amor platónico, aquella a la que nunca había conseguido alcanzar en vida... fue entonces cuando se percató. Allí estaban todos: Carlo, su novio de segundo; Piero, con el que se había liado la noche de graduación; Fígaro, aquél que le dio su primer beso... personas que él conocía muy bien por haberlas estado observando, por haber muerto de envidia y celos mientras disfrutaban de lo único que él había anhelado siempre y nunca había sido digno de alcanzar.
- Me muero...- dijo la voz de la chica en un susurro trémulo, que sin embargo se amplificó y corrió por toda la sala como caballos desbocados-. Estoy cubierta de hielo en este palacio de escarcha. En diez minutos, mi cuerpo habrá acabado de congelarse y morirá. Sólo uno de vosotros puede salvarme. Por ello, he organizado este torneo: aquel que más lo desee, vendrá a por mí y me rescatará de esta helada prisión. ¿Quién lo logrará? ¿Quién será lo bastante fuerte para convertirse en mi héroe...?
  La grabación se detuvo, y el reloj volvió a marcar la hora. El chico se fijó mejor en la base. Inmersa en la estructura, el fino cuerpo de la chica reposaba en su helada prisión. Aún desde esa distancia, su larga melena era fascinante; sus facciones tan níveas, tan hermosas, que cortaban más la respiración que el propio frío; y sus ojos, brillantes y perfectos, contemplaban la escena mudamente. Eso fue lo que pensó... hasta que vio el destello acercarse a por la derecha. 
  Con reflejos de roedor, pudo esquivar el tajo ascendente que Michito, el novio que la chica tuvo en cuarto, le había lanzado a la cara. El ataque fue demasiado apasionado, y el cuerpo del agresor quedó desprotegido mientras trataba de mantener el equilibrio. El chico lo utilizó en su favor: desenvainó su propia espada. Era muy pesada y le costó domarla, pero finalmente consiguió hundirla en las costillas del joven. La sangre salió del tórax como una fuente y le bañó hasta los tobillos, preservando su calor. Una vez el cuerpo hubo dejado de convulsionarse, el chico extrajo su arma y contempló la escena, que se había vuelto de un rojo dantesco: todos los hombres luchaban entre sí aviesamente, intercambiando golpes con furia y fuego. Algunos pedían clemencia, esos eran los primeros en morir. Otros luchaban con rabia e ira egoísta, llevándose por delante a cualquiera que fuera escoria como ellos. Él no iba a permitir que ninguno de aquellos la consiguiera de nuevo. 
  Entrando firmemente en la batalla, espero a que uno de los lances más cercanos acabara para acuchillar por la espalda a su exhausto vencedor. No hay honor. Siguió abriéndose paso entre la masacre, hasta que de nuevo alguien intentó golpearle en el pecho. Del mismo modo que antes, esquivó el ataque, para esta vez insertar la punta de su arma en la base de la garganta de Carlo. Entre cuerpos agonizantes que se vaciaban como globos de agua pinchados, siguió avanzando. 
  Uno a uno, todos los pretendientes fueron cayendo. A pesar de sus desventajas, el chico sobrevivía evitando los combates directos con innoble argucia, rematando a los extenuados y aprovechando su don para ser invisible en su propio beneficio. Pero sabía que aquello no duraría... y así fue. 
  Finalmente, sólo quedaban dos en pie. El chico no se sorprendió del todo, aunque sí maldijo para sí que su último oponente hubiera sido aquél. Esteban. Su mejor amigo de la infancia. Al igual que él, ninguno había logrado aún lo que en sus sueños tantas veces habían fantaseado. Más sociable, encantador y atractivo, Esteban siempre había estado más cerca de conseguirlo debido a su gracia natural. Antiguamente habían sido amigos... hasta la competencia desleal que levantó un muro insalvable entre ambos. 
  Los finalistas se pusieron en guardia a la vez. El chico vio que la espada de su contrincante estaba impecable, así como su armadura. No le extrañó que hubiese estado toda la batalla escondido, esperando el momento apropiado cual serpiente. De repente, empezó a sentirse cansado. 
- Sin rencores- dijo Esteban, mientras afloraba una sonrisa en su inmaculado rostro. 
  Ambos empezaron su último duelo. Al principio, Esteban no dominaba bien su arma, pero pronto se hizo con ella. Sus golpes eran francos y poderosos, llenos de fuerza bien controlada. Por su parte, el chico sólo se defendía. La escasa experiencia que había adquirido de poco le servía si sus delgados músculos casi no respondían ya. A la desesperada, apenas alcanzaba a colocar su espada entre medias, que salpicaba heridas de chispas.  
  El tiempo se agotaba, y únicamente se dedicaba a recibir los duros impactos con torpeza. No había otro desenlace, uno de los dos tenía que morir... o ambos. 
  Aprovechando el retroceso de uno de los golpes de su contrincante, el chico dio un paso atrás, descubriendo su guardia. Esteban miró su cuerpo como si se tratara de un muñeco desprovisto de vida, un objeto vacío, y embistió con todas sus fuerzas. En el último momento, el chico desvió la hoja con su propia mano. La punta atravesó los tendones de sus dedos y viajó hasta su abdomen, con tal resuello que atravesó la armadura y se alojó en la carne hasta la mitad de la hoja. El chico dejó escapar un gemido sanguinolento, sintiendo cómo el aire salía de su cuerpo y espumarajos de sangre se escapaban de entre sus labios. Esteban sonrió. 
- Uno de los dos tenía que morir...- se justificó. 
  El chico dejó ver unos dientes carmesí. 
- Sin rencores. 
  Levantó la espada. Cuando Esteban intentó retroceder, se dio cuenta de dos cosas: su mandoble había entrado demasiado en la vaina de carne, y su mano estaba anquilosada en torno a la empuñadura. Cuando consiguió soltarla, ya era demasiado tarde. 
  Con todo el peso de su brazo, el chico cruzó el cuerpo de su antiguo amigo desde el hombro hasta la segunda costilla. La cara de Esteban se salpicó de rojo como si le hubiera estallado una bolsita de ketchup cerca. Luego, dejó caer el cuerpo, con esa expresión de miedo incrustada tan profundamente como su arma. 
  Entre gemidos de esfuerzo y partido por el dolor, el chico se arrancó el metal del cuerpo y lo echó a un lado. Sus piernas apenas le respondían y estuvo a punto de caer al suelo. La sangre brotaba de la herida como si él mismo se estuviera derritiendo. La apretó con su mano enguantada. Miró el reloj. 1:58
  Con gran esfuerzo y dolor, se obligó a llegar hasta las escaleras cristalinas que conducían a la base del reloj, surcando un océano de muerte. Destripados, decapitados, con heridas mortales abiertas en cualquier parte de su cuerpo, los antiguos conquistadores le vieron pasar por encima de ellos con fríos ojos inexpresivos. 
  Finalmente, llegó. Allí estaba ella... la chica de sus desvelos, a quien había estado observando en silencio en sus tratos, por la que velaba mientras daba su amor a otros, aquella a la que había querido cuidar, proteger y ver feliz para siempre, mientras que donaba sus piernas a los hombres muertos que había dejado a su espalda, y aún así lo más precioso que había conocido...
  Desde el otro lado del hielo, la chica respondió a su llegada. Con ojos deslumbrantes y esperanzados, esbozó una sonrisa llena de dulzura. El chico creyó percibir cómo su espíritu era cálidamente abrazado por unas manos bien torneadas, como de un ángel. Luego, la escupió a la cara. 
  El gesto de la chica dio un vuelco radical, siendo entonces una efigie de miedo y horror. Sangre y saliva resbalaron frente a sus ojos nublados, difuminando la última imagen que la joven tuvo del chico, dando media vuelta y dejándola atrás para siempre. 
  Mientras pisaba los cuerpos de los pretendientes, el chico aún tuvo tiempo de reflexionar. El amor le había llevado a aquel castillo de hielo y sangre, pero había sido el odio el que le había hecho llegar tan lejos. Cojeó cuanto pudo, presionando su herida. Mientras, el cuerpo de la chica se abotargó y se puso morado. Las lágrimas empezaron a brotar, pero se congelaban inmediatamente y le hacían cortes en los ojos. Finalmente, su corazón helado se paró, consumiéndose su vida del todo.
  Por su parte, él caminó unos metros más, dejando huellas de sangre, hasta que no pudo con su propio peso y se desplomó para no volverse a levantar. Mas lo hizo con una sonrisa helada de satisfacción personal.

FIN 

 

martes, 17 de septiembre de 2013

El Mundo Que Hemos Creado II: La Magia Está Muerta


- La quiero tanto...- pensaba Marco. Mientras se follaba a otra. 
  Llevaba años prendado de una chica que vivía a 500 km de distancia. El espacio era tan real como la muerte, así que había asumido que no podría tenerla nunca. Por ello, ahora se encontraba enredado en las piernas de otra, a la cual, como a una puta, había pagado con frases manidas y estereotipadas, chistes vacíos y reciclados y un cuerpo ancho y alto que invitaba al revolcón. Ella, por su parte, se llamaba Tata, y también había comprado a Marco por el precio de un puto, pero mucho más barato: tan sólo un par de bailoteos habían sido necesarios para tenerle ávido de sexo detrás de ella. A ella en realidad le gustaba Román, un chico de familia acomodada que nunca se había fijado en ella hasta la fecha. 
  Marco y Tata estaban muertos, pero entre orgasmo y orgasmo no lo notaban. Y no eran los únicos. 
  Ya no hay magia en este mundo, hace tiempo que se fue. Los romances clásicos y verdaderos, los cuentos de hadas no tienen poder aquí, y por eso vencen en los libros y la ficción, donde nos refugiamos para eludir la penosa realidad. Pero somos tontos porque... ¿no creamos nosotros nuestro mundo, tal y como escribimos cuentos? 
  ¿Es tarde? ¿Ya todo da igual? Los insectos que polinizan varias flores triunfan, aquellos seres capaces de intentar quedar con una persona por teléfono mientras tontean con otra en vivo. Abanico de posibilidades depravadas. Los que no han aceptado esto, pronto lo harán, porque sino sólo les aguarda soledad, celos y dolor. Destruimos la magia, la masacramos aceptando realidades que no preferimos porque son más fáciles, mejores, pero sólo dentro de la conformidad de aquellas posibilidades a las que aspiramos a corto plazo. El amor está tan muerto como una paloma a la que recubrimos de fango, sólo hay conveniencia y vacuidad, y preferimos eso a dejarnos la vida persiguiendo a la persona deseada, a soñar, a vivir en serio aunque duela... Asco. 
  Supongo lo impopular que será esta entrada. No me importa. Hemos destruido la magia. Nos lo merecemos, porque este es el mundo que hemos creado. 

FIN


...por cierto: al final Marco dejó embarazada a Tata. Que se jodan. 

sábado, 7 de septiembre de 2013

El Mundo que Hemos Creado I

Estaba una chica con 23 años y 115 kg llorando desconsolada, sentada en el banco de un parque. Entre sollozo y sollozo, se le acercó un joven desinteresado que había salido a pasear un rato. 
- ¿Por qué lloras, si no es indiscreción?- preguntó él. 
- Porque estoy gorda, muy muy gorda, y yo... ya no puedo soportarlo. La sociedad me mira mal. ¿Sabes? Nunca me ha entrado un chico en la discoteca, además.
- Oh.- El chico se quedó unos segundos pensativo-. ¿Y tú? ¿Has entrado alguna vez a un chico en la discoteca?
  Ella le miró sorprendida. 
- Es que las cosas no son así: las chicas no entran a los chicos. 
  Él la sonrió con amargura. 
- Si aceptas eso, entonces acepta que las cosas tampoco son de la otra forma: en la disco, los chicos no ligan con gordas. 

"Nos quejamos de las convenciones sociales siempre que nos interesa, cuando somos nosotros los que las creamos y perpetramos."

lunes, 2 de septiembre de 2013

Cual Piscina sin Antialgas: Negra


Desde que sus padres se separaran, la vida de Jeremías no había vuelto a ser la misma. La pensión que su padre les pasaba a su madre y a él apenas les daba para pagar el alquiler del paupérrimo apartamento que se podían permitir, así que el chico había dejado sus estudios (tenía lo que en la actualidad es un brillante futuro por delante: con 22 años, en tercero de la ESO, y sólo 7 asignaturas por recuperar. Las mejores notas de su clase) y emplearse en trabajos de dudosa monta...
  Ser socorrista de la urbanización de Somosaceite era el mejor oficio que podría haber logrado el joven: como carecía de amigos, tenía mucho tiempo libre; y como era cocainómano, podía pasarse horas sentado sin hacer nada mientras el tiempo pasaba a toda velocidad ante sus ojos. Abrir los candados de la piscina, hacer como que pasaba el limpiafondos, recoger cuatro hojas superfluas y vigilar que la depuradora no explotara eran tareas a las cuales tenía que enfrentarse diariamente, pero ninguna le sacaba más de quicio como una en  particular... 
- No corras por el bordillo... no corras por el bordillo... no corras por el bordillo....
  ...NIÑÑÑÑOSSSSS.
  En aquel momento, uno de esos pequeños seres estaba especialmente molesto. “Nani”, se hacía llamar. Llevaba todo el día dando vueltas por la piscina sin detenerse si quiera un segundo. Jeremías se preguntó si era humano. Aunque aquella no era la única contraindicación que había adoptado aquel elemento: salpicaba a la gente, se lanzaba al agua de manera peligrosa y a menudo se traía una especie de canicas con las que agredía a las personas. 
- Qué valiente es... y qué listo...- dijo una vez un vecino, el señor Adolf, con uno de aquellos proyectiles incrustado en la nuca. El señor Adolf había participado en una guerra y, aunque nunca confesaba cuál, sí que relataba de manera extensa las torturas a las cuales le habían sometido (golpes con rastrillo, electrodos en los genitales, depilación con pelapatatas, electrodos en los genitales, limón en las heridas, desfibriladores en los genitales...), pero nada de lo que vivió en aquella época le había preparado para Nani. Hicieron falta seis horas de neurocirugía hasta que le extrajeron la canica, y desde entonces nunca fue el mismo. Cosas de críos. 
  En aquel momento, Jeremías estaba lo suficientemente cansado de que el chico le ignorara como para ponerse sus gafas de realidad inducida, que era como llamaba a las gafas de sol que usaba para dormirse sin que los vecinos se dieran cuentan. Así que, se las puso, se recostó en su silla de plasticucho, que debía de ser como las que Satanás pone en el infierno para los condenados, y se sumió en la oscuridad de su mente...
- Sólo dos semanas para cobrar, sólo dos semanas para cobrar, sólo dos semanas para cobrar...- pensaba.
  ... de repente, notó algo frío y húmedo que le bajaba por la pantorrilla. 
- Que sea una babosa, que sea una babosa, que sea una babosa... 
  Pero, como en el 80% de veces que sientes algo en una piscina, era agua. 
  Cuando Jeremías abrió los ojos, se encontró a Nani frente a él, con su macabra sonrisa desdentada y un hilillo de baba cayendo de sus labios. 
- Me has escupido agua, ¿a que sí?
  Nani radicalizó su sonrisa. 
- Oh... qué mono- dijo desde su tumbona la señora Stravinsky, otra residente, que aquella tarde había sido la encargada de bajar a los niños y desentenderse de ellos sólo un poco menos de lo que lo hacían los otros padres. La mujer era tan gorda que podría almacenar varios nidos de cuco bajo las lorzas de su abdomen. Regentaba una tienda de dulces, y Jeremías siempre se planteaba si todas las piruletas que les daba a la chavalería no eran ni un tercio de las que se comía ella a diario. 
  Aquella tarde apenas había bañistas, pero, aunque los hubiese habido, los cables del torturado cerebro de Jeremías ya se habían enmarañado demasiado como para frenarle. 
- Eh, Nani, escucha: ¿quieres que te enseñe algo muy divertido?

El cuarto de la depuradora era obscuro y ruidoso. Estaba metido bajo tierra cual búnker, y se accedía a él desde el exterior por una escalerilla resbaladiza y oxidada. Apestaba a cloro, que rezumaba de todas las fugas (y cuya inhalación le había dado a Jeremías un 95% de papeletas para ganar el sorteo de cáncer de pulmón de la vida). Allí, además de los pesados aparatos y palancas para controlar los skimmers, el nivel de agua y el pH, también guardaban cepillos, el limpiafondos y varios botes de antialgas, casi todo muy venenoso.  
  Aunque no fuera un lugar apropiado para niños, Jeremías había conseguido llevar dentro a Nani para enseñarle un juego súperdivertido que llamó: "el escondite extremo". 
  Una vez allí, el niño empezó a tocarlo todo. 
- ¿Para qué es esto?- dijo, tocando el contador de agua- ¿y esto?- Abrió los skimmers- ¿y esto?- Pulsó el botón de autodestrucción de la piscina (Jeremías nunca entendió la utilidad de este pulsador).
  El socorrista deshacía con paciencia todas las modificaciones que el crío hacía, hasta que Nani se topó con un palo largo de hierro. 
- El palo de chupar la caca del fondo- dijo el niño. 
- Sí- respondió Jeremías. 
- ... el que te clavé en el ojo la semana pasada.
  Jeremías cogió el tubo y empaló a Nani desde la boca hasta la columna como si fuera un pollo asado, lo cual le pareció una bonita metáfora del "ojo por ojo, diente por diente" (no como a la mayoría de ONG). Luego, se encerró el cuarto y de ahí no se movió. 
  Pasaron las horas, cuando la gente empezó a ponerse nerviosa. 
- Sal, chico- dijo Eduvarius, el presidente de la comunidad, una vez fue avisado. Era contable, pero una vez se leyó un libro de psicología, así que se creía un gran estratega emocional-. Nadie dice que vayamos a despedirte, pero no queremos que sigas ahí encerrado...
- ¡Una mierda!- estalló la señora Telecrafh, madre de Nani. La señora Stravinsky le había llamado la primera en cuanto notó que algo no iba bien-. ¡Sal de ahí con mi niño, pervertido sexual!
- Señora Telecrafh...- Eduvarius trató de suavizar los ánimos-. Jeremías, nadie de aquí dice que seas un pervertido sexual...    
- ¡Yo puedo ayudar!- intervino el señor Adolf repentinamente-. Esperad aquí. 
  Y el hombre se fue cojeando a su apartamento. 
- ...mientras tanto, Jeremías, háblame: ¿qué recuerdas de tu infancia?
  Jeremías le ignoró. 
  Minutos después, volvió el señor Adolf con varios cartuchos de dinamita. 
- ¡Placadle!- gritó la señora Stravinsky. 
  Hicieron falta dos vecinos para retener al trastornado anciano. 
- En fin, muchacho- continuó Eduvarius-. No nos dejas alternativa: habrá que llamar a la policía.   

Lo primero que hizo el inspector Gordon Brown fue entablar contacto con Jeremías a través de la plancha de hierro. 
- Bien muchacho, escúchame: ¿el crío está contigo?
- Sí- respondió Jeremías. 
- ¿Vivo?
- .................................sí. 
  El agente intercambió miradas con el presidente de la comunidad y sus hombres. 
- ...me fío- concluyó-. Ahora, óyeme con atención: deja salir al chico y luego hazlo tú con las manos en alto, y te prometo que nadie saldrá herido- dijo, mientras indicaba a sus ayudantes con un gesto de mano que apuntaran bien con sus pistolas. 
- No. Mejor no- respondió Jeremías. 
  Y ya no se dijeron nada más. 
  El inspector fue a hablar con la madre del niño. 
- Señora, tenemos un problema. 
- ¿¡Qué problema va a haber!?- rugió la mujer-. ¡Entre ahí y sáquenle por la fuerza!- Su tono cada vez era más chillón.
- Con gusto lo haría, pero hay rehenes en peligro. La ley no nos lo permite. Tendremos que esperar hasta que se derrumbe emocionalmente lo cual, según mis años de experiencia, no tardará en hacer... 

Pasaron los días, hasta una semana entera, pero el chico no salía. Los agentes estaban sorprendidos por la fuerza de voluntad de Jeremías, a la vez que la paciencia de la madre se agotaba. 
- ¡Hagan algo! ¡Gaseadle o lo que sea!
- Lo siento señora: la ley no nos lo permite- respondía siempre el policía. 
  Y así transcurrieron otras tantas jornadas, hasta que llegaron a los diez días de encierro. Con el tiempo, los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia, y todo el recinto se llenó de ávidos periodistas. 
- Aquí Tricia Letricia, informando desde la piscina de Somosaceite. Nuevos datos relevantes sobre el secuestro del joven Nani: al parecer la madre de la criatura pudo tener un lío con el profesor de natación de su hijo. Devolvemos la conexión a tele4+1.
  Con el circo mediático provocado, la noticia llegó a las altas esferas, presionando al comisario Gordon Brown tanto como para hacer lo impensable: pedir permiso a sus superiores para entrar. 
- ¡Asalten ese cuarto de una vez!- chillaba la madre, que ya había llegado a tonos de soprano. 
- Señora, hacemos lo que podemos: sin una orden la ley no nos lo permite.
  Pero los caminos burocráticos son insondablemente retorcidos, y la orden no llegaba (llegaría 20 años después al domicilio de la viuda de Gordon Brown, cuyo marido habría de llevar muerto por un infarto 19 años y 10 meses).
  Finalmente, a la segunda semana de encierro, Jeremías salió. Inmediatamente, dos policías gordos le redujeron sin problemas frente a su nula resistencia. El chico estaba pálido, famélico y raquítico, con una expresión desencajada llena de locura. 
- Ha estado sobreviviendo a base de agua con cloro y niño- explicó un agente una vez analizaron el interior de la sala de la depuradora. 
- ¿Niño?- dudó la señora Telecrafh -. ¡Ay mi Nani!
  La mujer se echó a llorar desconsolada.
- Lo siento mucho...- dijo el señor Eduvarius para consolarla-. ¿Quieres hablar de algo? ¿Cuál es el primer recuerdo que tienes de tu infancia?
  Mientras tanto, Jeremías empezó a reír histérico. 
- Jajajajajajajajajajaj... ¡páguenme! He acabado mi contrato en la piscina... ¡denme mi dinero!
- ¡La ley le ampara!- corrió a corroborar el inspector Gordon Brown. 
- ¡AAAAAGHHHHHH...!- rugió la señora Telecrafh-. ¡SOCORRISTAAAAGH...!
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- ¡... socorrista!
  La enervante voz de la señora Telecrafh despertó a Jeremías de su letargo. El muchacho se quitó las gafas de sol perezosamente. 
- Dígame.
- ¿Es que no le da vergüenza?- comenzó la mujer-. Quedándose dormido en público, desocupando sus obligaciones... ¡y encima con eso en la cara!
  A Jeremías le costó un rato serenarse y pararse a repasar concienzudamente las palabras de la madre. Luego, cogió el móvil y usó la pantalla a modo de espejo. Si su memoria no le fallaba por las drogas, nunca antes había tenido un pene dibujado con tinta indeleble en la mejilla. El chico miró instintivamente a Nani. El muchacho le dedicó una desdentada sonrisa, mientras jugueteaba con un rotulador en la mano. 
- Ten claro que daré parte a tu empresa de esto, jovencito- dijo la señora antes de marcharse. 
  Jeremías repasó un instante a Nani con la mirada. 
- Eh, Nani, escucha: ¿quieres que te enseñe algo muy divertido?

FIN