viernes, 16 de enero de 2015

Vuelve a Casa por Navidad, Joder

Los villancicos rancios de la radio impregnaban el ambiente del salón como el gas mostaza.
- Cariño, ¿no me ayudas a poner la mesa?
  Mientras la mujer terminaba de colocar las servilletas, el hombre veía la final de la Súper Bowl de 1960 sentado en su cómodo sofá Multimegamatic 12000X de segunda mano (noseadmitendevoluciones.Elproductopuedecontenerquemadurasdecigarrillosarañazosdeanimalesdoméstcosoheridasdebala.Elproductopuedeserdefectuso.Elproductopuedenoserelproductoencargado).
- Es que estoy cansado de hacer la cena- replicó el hombre.
- ¡La cena la he hecho yo!
- ¿Ah sí? Me habré confundido de navidades... ¡Sí! Yo me refería a las navidades del 85... las TRÁGICAS navidades del 85... El juez me prohibió colaborar en los preparativos de la fiesta desde entonces, ¿te acuerdas?
  La mujer no pudo evitar reírse.
- Anda, ve a vestirte al menos. Van a llegar pronto.
  El hombre miró su reloj de pulsera. Las 10:00. No entendía la prisa de su esposa. Todavía quedaban quince minutos para que los invitados llegasen.
- ¿Por qué? ¿Acaso insinúas que no les van a gustar mis gallumbos verde caqui y mis zapatillas de Batman?
  La mujer frunció el ceño.
- John...
- Está bien... está bien...
  Cuando el timbre sonó, John acababa de colocarse la pajarita. Con dos botones de la camisa desabrochados, el hombre bajó corriendo las escaleras que llevaban al recibidor, en donde su mujer daba la bienvenida a los invitados.
- Katy, estás estupenda- saludó cordialmente una mujer hispana alta y con cuello de buitre.
- Te veo muy bien, Esmeralda. Y a ti también, Jordan. ¿Qué tal el vuelo?
- Katy, siempre es un placer verte- saludó el recién llegado, un hombre alto y fuerte, con el mentón duro y apretado.
- Hermanito...- dijo John, terminando de bajar las escaleras-. Habéis tardado en llegar, llevamos esperando horas. ¿Vinisteis andando desde Córdoba?
- John, llevas un zapato de distinto tipo en cada pie- replicó Jordan.
  El hombre se miró los pies. Luego, se encogió de hombros.
  A la pareja de recién llegados, les siguieron dos niñas: una rubia y pecosa, con dos coletas bien trenzadas; la otra bajita, morena y con el pelo corto, que llevaba en brazos un muñeco de trapo que a John le pareció familiar, tal vez de algún anuncio de la tele.
- ¡James, ven a saludar a las primas!- gritó Katy.
  Del piso superior, un niño también pecoso y envuelto en un mini esmoquin de su talla bajó pesadamente. Aunque tenía 8 años, la cara de aflicción de su rostro sugería que ya había visto cosas horribles en su vida.
- Bien... las primas...- dijo el joven, sin mucho entusiasmo. 
  En el momento en que pasaba por su lado, John detuvo al chico.
- Pst, campeón- le dijo, y cuando éste se volvió hacia él, prosiguió-. Valor y honor.
  El hombre levantó el puño. James también. Con sendas sonrisas, los chocaron en el aire.
- Oh, por favor... qué exagerados...- se quejó Katy.
  La cena transcurrió sin ningún detalle importante a resaltar (excepto que el pavo que había cocinado Katy ¡ESTABA MÁS SECO QUE UN BOCATA DE TEJAS!).
  Ya en la sobremesa, las niñas jugaban a maquillar a James, y James a que estaba en otra parte muy lejos de ellas. Mientras tanto, los comensales se hallaban enfrascados en el relato de historias de inocente niñez y valerosa superación personal.
- Y entonces, Jasón me llamó para que le llevara un par de condones... ¡al mismísimo último piso de la maldita Estatua de la Libertad!- relataba John con entusiasmo-. Imaginadme, con la policía pisándonos los talones en busca del mono que acababa de robar del zoo, borracho como una cuba, y subiendo los escalones de uno en uno...
  Katy y su hermano rieron hasta que el café casi huyó de sus cuerpos a través de las fosas nasales. Esmeralda, no.
- Eran buenos tiempos- admitió Jordan, una vez se hubo serenado-. Y tú siempre estabas ahí para ayudarme. Como cuando me caí del triciclo por aquel barranco y tú trataste de sacarme de una zarza con un palo y tu cinturón.
- Claro, hermanito. Recuerda: juntos, siempre.
- Sí, me gustaría que vinieras a visitarnos de vez en cuando. Ya casi no nos vemos, excepto en fechas especiales.
- Bueno, es que ya sabes que yo soy un poco despegado para algunas cosas- respondió el hombre con gesto infantil.
- Doy fe- intervino Katy-. ¿Os podéis creer que se le olvidara ir a comprar los regalos para James y cogerlos yo todos?
- No sé de qué me suena eso...- Esta vez, la que habló fue Esmeralda.
- Bueno cielo, ya sabes que soy un jugador de equipo. A veces me gusta probar a mi compañero- se defendió John.
- ¿Ah sí? Pues a mí también me gusta probar a mi compañero, así que... ¿adivina quién va a lavar los platos?
- ¿... el perro?
  Cuando la velada hubo terminado, los niños ya se habían quedado dormidos hace tiempo. Jordan y Esmeralda cargaron cada uno con una hija, y John hizo lo propio con su vástago, previamente quitarle el esparadrapo que lo mantenía pegado a la pared.
- ¿Seguro que no queréis quedaros a dormir? Hay sofás de sobra- ofreció Katy, ya en la puerta.
- No pasa nada. Las niñas no dormirían bien. Además, tenemos el hotel pagado- explicó Jordan.
- Es una pena- dijo John-. Cuídate, hermanito.
- Lo mismo digo.
- Adiós, Esmeralda.
- Adiós.

La noche estaba ya muy avanzada, y el silencio se había instalado como soberano absoluto. Tras recoger la mesa y dejar los platos en la pila (según John, para lavarlos al día siguiente, con más luz), la familia entera había tardado poco tiempo en quedarse dormida.
  El padre de familia se hallaba sumido en un sueño intranquilo. Estaba en Arizona, en la casa donde se había criado, en el cobertizo. Sus pisadas hacían que el gastado suelo de madera se quejara en sonoros crujidos, mientras un fuerte viento azotaba las paredes. Pero aquel viento no era natural. Parecía que decía su nombre.
-Johny... Johny... Johny...
  El chico viró en su corta estatura, volviendo atrás sobre sus playeras de niño, cuando se encontró con una figura más pequeña que él en el umbral del pasillo. Estaba tan oscuro que no podía distinguir de quien se trataba, mientras el susurro de su nombre le repiqueteaba en los oídos, cada vez más fuerte.
- Johny...Johny...JOHNY...JHONY...
- ...¡JOHNY!
  El hombre despertó sobresaltado y se incorporó de un salto. La oscuridad de la noche era total, y sus ojos aún no estaban acostumbrados a la penumbra. Tras un profundo resoplido, John volvió a tumbarse, mientras se pasaba el dorso de la mano por la frente empapada en sudor.
- Un mal sueño, sólo eso- se dijo.
- ¿No me recuerdas, Johny?
  Pero ahora estaba despierto. El hombre buscó a ciegas el interruptor de la mesilla y lo apretó. Tuvo que contener un grito.
  Media unos 60 centímetros y tenía el pelo naranja. Estaba vestido de granjero, con un peto vaquero muy pequeño, tenía dos botones relucientes por ojos, y su piel estaba hecha de trapo.
- ¿Qué... qué... pero...?- El aporreo del corazón contra su garganta impedía hablar al hombre con comodidad.
- Ya te has olvidado de mí, ¿verdad Johny?- comenzó el muñeco de trapo, con voz aguda y chillona.
- ¡Katy! ¡Katy! ¡Katy! ¡Katy!- John empezó a zarandear a su mujer.
- No va a despertar, Johny. Me he encargado de ello- El muñeco levanto su flexible manita, en la que llevaba una jeringuilla.
- ...¡Katykatykatykatykatykatykaty...!
- ¡Qué la he drogado!
- ¿Qui... qui... qué... eres? ¿Qué quieres de mí?- Tras unos segundos, John tuvo fuerzas para preguntar.
- Soy yo, All, tu viejo amigo de la infancia.
- ¿All...?
- Fui tu muñeco durante muchos años, era tu juguete favorito. Me regalaron a ti por Navidad cuando tenías 6 años.
  De repente, un atisbo de recuerdo acudió al cerebro de John, como un lametón suave sobre sus sienes.
- Cre... creo que me acuerdo. Jugué contigo.
- ¡Era más que eso, Johny! Jugábamos A TODAS HORAS. Íbamos juntos A TODAS PARTES. Tú conmigo, yo contigo... ¡incluso me llevabas a la escuela, John! “Juntos, siempre”. ¿Recuerdas, Johny?
  El muñeco empezó a gritar, furioso.
  La mente de John era un torbellino de pensamientos alocados y descontrolados, imposible discernir los recuerdos de las invenciones, todo ello bajo un manto de despavorido miedo.
- Sí... sí. Puede ser. ¿Y qué pasó con...?
- ¡ME ABANDONASTE, JOHNY! Cuando te cansaste de mí, me dejaste tirado y me guardaste en un oscuro y húmedo trastero. Soñé que algún día volverías... estaba seguro de que no te olvidarías de mí, de que regresarías... pero un día dejaste la casa. Te fuiste y me dejaste tirado, como un objeto que ya no te servía. Si tu hermano no me hubiera recogido para darme a su hija, aún seguiría ahí esperando.
  John trató de serenarse. Finalmente, la claridad regresó a su mente unos instantes.
- Bueno, All, eso... eso son cosas que pasan. La gente crece, se hace mayor, no siempre podemos jugar con muñecos...    
- ¡JUNTOS, SIEMPRE! ¿Te suena de algo? Parece que eso tampoco lo recuerdas. Pero, no te preocupes. Yo haré que lo tengas presente siempre.
  All levantó la otra mano, mostrando el cuchillo jamonero que llevaba en ella. John se levantó al instante y corrió hacia la esquina opuesta de la habitación. El pequeño muñeco corrió por el suelo hacia sus tobillos. El hombre le propinó un puntapié que lo lanzó al otro lado, y empezó a correr por el piso superior.
- ¡SOCORRO! ¡SOCORRO!- gritaba el hombre desesperado.
  En lugar de una respuesta, lo que oyó fue un portazo en el piso de abajo. El hombre se acercó lentamente a las escaleras de puntillas, mirando en todas direcciones, pero sin hallar rastro del muñeco. La quietud era tan asfixiante que casi la sentía como una mano húmeda en el pecho. 
- ¿Hola...?- preguntó, alterado.
- ¡JÓDETE JOHNY!
  All se descolgó desde la lámpara sobre la cara de John y ambos cayeron por las escaleras. Una vez en el piso, el hombre forcejeó con el muñeco. Con una fuerza inhumana, el fetiche empezó a meter los dedos en los ojos.
- ME DEJASTE... ME ABANDONASTE... TE OLVIDASTE DE MÍ... DESPUÉS DE TODO LO QUE HICE POR TI...
  John ya empezaba a ver estrellas blancas mientras manoteaba y gritada desesperado, cuando el muñeco le soltó.
  Corriendo desde la cocina, Jordan elevó al muñeco desde el suelo y le cortó la cabeza con el cuchillo que se había caído. Luego, tiró el cuerpo y la cabeza lejos de los dos.
  John tuvo que esperar unos segundos hasta que volvió a ver. Su hermano se agachó junto a él.
- ¿Estás bien?
- Jordan...
- Volví aquí porque la niña no se podía dormir sin su muñeco, cuando oí unos gritos, así que entré sin avisar. Siempre se te olvida cerrar la puerta, hermanito.
  John esbozó una sonrisa agradecida por su mala cabeza.
- Me has salvado la vida.
- Bueno, ya sabes- dijo Jordan, con una sonrisa en el rostro-. Juntos, siempre.
  John le apretó la mano en gesto de aprobación.
  Después, Jordan dio un desgarrador grito de dolor antes de desplomarse sobre el cuerpo de su hermano. La hoja del cuchillo de cocina se había hundido varios centímetros por debajo de su omóplato.
- ¡Jordan!- gritó John, tratando de ayudarle.
- ¡ME ENCARGARÉ DE QUE NO SE TE OLVIDE!- gritó la cabeza de All.
  El cuerpo del muñeco corrió desde detrás de Jordan hasta la lámpara de la entrada. John trató de huír, pero los 90 kilos de su hermano le aprisionaban. Entre ásperas carcajadas, All golpeó el cráneo del hombre hasta que la escena desapareció.

Llegó la mañana de Navidad. El roce de la luz del alba sobre el hielo de los coches desprendía reflejos plateados.
  John despertó aturdido.
- Buenos días, cariño- le dijo Katy, a su lado.
  El hombre tardón unos instantes en terminar de despertar. Luego, recordó la noche con All. Se levantó nervioso.
- ¿Qué... qué...? ¿Dónde está? ¿Y All?
  Katy le miró extrañada.
- ¿All? Cariño, me parece que has tenido una pesadilla.
  El hombre la miró con incredulidad. Luego, se tocó la cara. Estaba empapada.
- Es... es... sí...
- Anda, baja. James ya está esperando para recibir sus regalos. Y te recuerdo que aún tienes que fregar los platos.
  John se duchó y se vistió con más lentitud de lo normal. Aquel sueño... aquel sueño quería decir algo.
- Has sido muy descuidado, John- le dijo a su reflejo-. Con la gente que te rodea, con la gente que te quiere. A partir de ahora, trataré de ser mejor y esforzarme más por no descuidar a los demás. No debo ser tan despegado. ¡Je! Y sólo he tenido que sufrir una experiencia onírico-traumática para darme cuenta...
  Cuando bajó al piso inferior, James les esperaba en el salón, dando saltos de irrefrenable nerviosismo.
  Incapaz de contenerse hasta el desayuno, el niño abrió sus regalos. Un autobús de bomberos teledirigido, varios pares de calcetines que recibió con amargura y la nueva X-Caja con 6 juegos de imitación. Su mujer recibió un colgante que se había autorregalado y él, un suéter fucsia.
- ¡Familia, arreglaros! Vamos a irnos a desayunar al centro comercial y, después, nos iremos de compras- dijo John de repente.
- ¿De compras?- preguntó Katy, extrañada.
- Este año Papá Noel me ha dicho que habéis sido tan buenos, que os merecéis un regalo extra- dijo, guiñándole un ojo a James-. Y que paga el menda.
- Oh, John...
  Katy le dio un beso en la mejilla, mientras James daba saltos de alegría.
- Así que prepararos. Cuando estéis listos...
- A James aún le queda un regalo.
  La mujer señaló otro paquete bajo el árbol. Con avidez, el niño arrancó el papel del envoltorio.
- El otro día estuve en la antigua casa de tus padres, en Arizona…
 Aquellas piernas delgadas...
- …encontré varias fotos en las que salían tú, cariño, con un viejo muñeco…
  Aquellas pecas pintadas...
- … tuve que remover cielo y tierra para encontrar un muñeco igual…
  Aquellos ojos oscuros como abismos... aquel trajecito de granjero…
- …pensé que os haría ilusión.
  La mujer empezó a caminar hacia el recibidor, mientras James miraba el juguete con extrañeza. Pero todos aquellos acontecimientos apenas llegaban distantes a la cabeza de John, que los procesaba con pastosa lentitud, como si estuviera viendo una película borracho.
- ¡Uy! Cielo, ¿has visto la lámpara de la entrada...?- preguntó Katy a su espalda.
- ¡All!- gritó John.
  El hombre arrancó el paquete de las manos de su hijo con tal vehemencia que este empezó a llorar.
- ¿John? ¿Qué te pasa?- dijo Katy.
  El hombre salió a la calle y tiró el muñeco en el cubo de basura. Luego, regresó dando un portazo y cerró con llave.
- Katy, llama a la policía. Voy a buscar algo para atrancar la puerta.
- John, ¿qué está pasando?- preguntó la mujer asustada, antes de que sonara el teléfono-. ¿Diga?- respondió al cogerlo-. Hola, Estela... no, no hemos visto a Jordan. Habrá salido a por algo... no te preocupes…
- ¡LLAMA A LA POLICÍA!- le apremió John desde el piso de arriba.
  El olor del café quemado y los llantos de James inundaban la casa.

Fue una mañana ajetreada en la casa de John y Katy. Cuando llegó la policía, fue difícil que entraran debido a la cantidad de muebles que John había apilado en la entrada. Una vez calmaron a la familia, cotejaron la historia del hombre, pero dijeron que no era verosímil, si bien había indicios de verdad en la desaparición de Jordan, esta no podía darse por cierta hasta las 24 horas.
  La tapa del contenedor se abrió, y la luz del exterior besó las mejillas del muñeco. Unas manitas de trapo le sacaron de la basura, abrieron la caja y le dejaron salir.
- Gracias- dijo, con su voz infantil. Cuando vio quién le había liberado, se sorprendió de ver su misma imagen, como ante un espejo. La única diferencia que había entre ambos eran las puntadas de costura que su salvador tenía en torno al cuello.
- No hay de qué. Soy All.
- Encantado. Pero yo no tengo nombre, no me lo dieron... me tiraron a la basura antes de sacarme de la caja.
  All asintió y se sentó en la acera, haciendo un gesto a su acompañante para que hiciera lo mismo a su lado.
- Sí, colega. Eso me lo creo.
- ¿Por qué lo harían? ¿Es que no les gusté?- preguntó tristemente el muñeco.
- Los humanos son así, y éste especialmente. Interesados por naturaleza, rara vez valoran lo que tienen, sólo lo utilizan, disfrutan de sus experiencias hasta que se cansan o encuentran otra cosa mejor y te dejan tirado. No hay más gratitud que la que su moral les impone, que es lo mínimo para no sentirse culpables cuando te reemplazan por otro objeto. Si acaso, hay quien te recuerda con añoranza pero, al final, hasta ese sentimiento desaparece y se deshace, como una pastilla de azúcar en el mar. Son destructivos con lo que utilizan, pero también consigo mismos porque, al alejarse de su pasado, también se alejan de lo que una vez fueron. 
- Vaya. Eso es muy triste...
  All se encogió de hombros.
  Los villancicos y los ruidos propios de las comidas navideñas salían de cada casa como los espíritus inquietos de noches de paz, peces que beben y portales de lejanos lugares. El muñeco sin nombre cogió una piedra del suelo. No era nada especial, un objeto normal y corriente que cualquiera podría haber dejado tirado por ahí. Sin embargo, se lo tendió a All.
- Feliz navidad.
  El muñeco lo miró con los botones y lo recogió. Luego, rebuscó en los bolsillitos de su disfraz.
- Feliz navidad- correspondió, tendiéndole un dedo humano.
  Tras el intercambio, se hizo un silencio apacible entre ambos. Después, el nuevo muñeco se volvió de nuevo hacia su compañero.
- ¿Nos los cargamos a todos?
  All le sonrió.
- Uno a uno.

FIN

  




sábado, 27 de diciembre de 2014

Gag V: Merry Christmas Dear Neighbour (especial Navidad)

La acción se ambienta en París, en un hotel céntrico con unas vistas impagables de la ciudad. Sentado en la terraza, con la torre Eiffel como testigo de la escena, Fransuá lee un libro sobre realización personal y desarrollo profesional. En el balcón contiguo, una niña pequeña le observa abstraída.
  Sale a escena un hombre de mediana edad, que se coloca junto a su hija.
PADRE: ¡Ah! Hola, Fransuá.
FRANSUÁ (dejando el libro): Hola vecino.
PADRE (a su hija): Mamá se retrasa. Haré yo la cena.
NIÑA (se vuelve hacia la terraza de Fransuá): Jo, papá siempre hace lo mismo...
FRANSUÁ: Iba a pgepagag una cena de picoteo... pego ya me habéis amaggado con vuestgas gilipolleces.
PADRE (con gesto horrorizado): ¡Fransuá, no le consiento que le hable así a mi hija!
FRANSUÁ: Tu hija, tu hija, tu hija... estaba yo aquí, disfgutando de una aggadable velada en mi intgospección inspigadoga, y tengo que tolegag las indiguectas de la niña de las pelotas paga que os invite a cenag. Nadie piensa en Fgansuá, en el pobgecito Fgansuá...
NIÑA (con lágrimas en los ojos): Papá, el señor huele a alcohol otra vez...
FRANSUÁ: ¡Ah! ¿Así que ahoga lo que le molesta a la niña es mi olog cogpogal? Pues, ¿sabes a qué huelo? ¿Lo sabes? ¡HUELO AL CHIGUI DE TU MADGE!
  La niña rompe a llorar desconsoladamente.
PADRE (gritando): ¡Que te jodan, Fransuá! ¡Dijiste que nunca más volvería a ocurrir!
  Fransuá saca la lengua de manera obscena.
  Entra una mujer vestida de empresaria a escena.
MADRE: ¿Qué está pasando aquí? Se oyen los gritos desde la calle, por Dios...
PADRE: ¡Tú no te metas en esto, zorra!
MADRE (volviéndose hacia su vecino): ¡Fransuá! Maldito hijo de puta, ¡se lo has contado!
PADRE: ¡HE DICHO QUE TE CALLES! Ya hablaremos de esto luego, primero voy a solucionar el asunto con el francés este de mierda.
FRANSUÁ: Yo no tengo la culpa de que no le des a tu mujegcita lo que necesita y tenga que venig a pog un poco de baguette fgancesa de la buena.
  Fransuá repite el gesto obsceno.
PADRE: ¡Se acabó! ¡Ven aquí, hijo de puta!
  El hombre salta la terraza y se abalanza sobre Fransuá. Tras un intercambio de puñetazos fugaz, ambos se debaten en un forcejeo en el que intentan estrangularse mutuamente.
FRANSUÁ:¡Así es como le gusta a tu esposa! ¡Así es como le gusta a ella!
MADRE: ¡POR FAVOR, PARAD! VOY A LLAMAR A LA POLICÍA.
  Mientras la mujer corre hacia el interior del hotel, su hija se deshace en amargas lágrimas.
NIÑA (de manera entrecortada por los sollozos): Estas... snif... estas son las peores navidades de mi vida... 

FIN




lunes, 22 de diciembre de 2014

Margo, el Genio Cabrón IV: Especial Lotería

Antonio Tolebo atravesaba la típica crisis existencial de los cincuenta años. Echando la vista atrás, la ilusión de su vida había quedado muy mermada. Él habría querido ser un alocado director de películas pornográficas, soltero y con una nueva novia cada semana, que pasara las horas libres conduciendo su harley en la pista de su yate, pero lo que en realidad tenía era bien distinto: un trabajo que detestaba, en el que estaba tan encasillado como obligado a mantenerse para sobrevivir; una mujer que hacia años había dejado de resultar atractiva, tanto a él como al 92% de la población; demasiados hijos; un cuerpo que no habría aguantado el trasiego de ninguna moto, con michelines, pelos donde no debería haber nada y dolores y gases en cada orificio de su cuerpo. 
  Resignado como estaba, hacia mucho que Antonio había encomendado su esperanza a la diosa fortuna, y esta cada año le daba una sonada bofetada a través del sorteo de la lotería. En 15 años que llevaba jugando, se había gastado cerca de 500 euros, y sólo había recibido 12 a cambio entre premios menores y una vez que se encontró 2 euros tirados cando iba a comprar el boleto. La suerte nunca le había favorecido a Antonio... pero podía ser peor. Y él iba a comprobarlo.
  Aquel 22 de Diciembre, Antonio ya sabía que el premio gordo no le había tocado a él, si no a un inmigrante Senegalés de Pamplona. Alicaído, decidió alejarse de la ingrata compañía de su familia e ir en busca de regalos, más por compromiso que por ilusión. Sus tambaleantes pasos le llevaron a una tienda de segunda mano regida por un simpático señor asiático con la lengua bífida, que le recibió preguntándole si le iba a robar. Dentro del establecimiento, el hombre paseó entre los múltiples trastos inútiles y ajados que la tienda contenía, hasta pararse frente a una estantería. Notaba un pelo en la encía. Buscando algo metálico que hiciera las veces de espejo, sus manos dieron con una extraña lámpara de latón, que bien podría reflejar si se limpiaba un poco. Cuando el hombre frotó su superficie con el puño, de su interior empezó a brotar un humo oscuro y verde que al instante se materializó en Margo, el Genio Cabrón.
- Saludos, mi amo, soy Margo. Le concedo un deseo a su elección por haberme liberado.
  Antonio tenía muchas cosas que desear, tantas que no sabía por cuál decidirse. Sin embargo, bien sabido era que los genios tenían truco, y que debía ser muy cuidadoso para no pedir algo que se volviese en su contra.
- Deseo que ahora, sea ayer a esta hora. Un viaje en el tiempo, vamos.
  Margo asintió y, de un chasquido, desapareció.
  
Sonó el despertador. Antonio se incorporó al instante, rodó sobre el corpachón de su esposa y miró la fecha de su móvil. Día 21. No había tiempo que perder. El hombre se enfundó la primera ropa que pudo y se encaminó a un frenético viaje.
- ¿Kaces tanto ruido? ¿Tás tonto?- refunfuñó su no amada esposa.
  Antonio no lo toleró.
- Frungilda, te dejo. Por gorda y desagradable en todos los sentidos. Me he tirado a tu hermana y ya no te quiero. Me divorcio, te dejo y me piro. Igual me paso a ver a los niños de vez en cuando.
  Frungilda aún mantenía el gesto de sorpresa cuando Antonio se marchó.
  El hombre condujo sin descanso hasta Pamplona y, una vez allí, compró el boleto premiado, cuyo número tenía grabado a fuego en la mente: 69696.
  El resto del día, el hombre se dedicó a atar cabos o, siendo más exactos, a cortarlos: fue al despacho de su jefe y le explicó amablemente que iba a abandonar el trabajo, que era un cabrón con corbata y que no es que nadie oliera sus pedos, es que se esforzaban en disimularlo, todo ello un segundo antes de orinarle en la mesa; posteriormente, fue arreglando los papeles del divorcio con su abogado, para que no hubiera líos económicos de por medio, con separación de bienes exacta; por último, se tumbó en una estación a esperar.
  La mañana siguiente, a favor de pronóstico, a Antonio le tocó la lotería. 40000000 euros que no sólo solucionaban la vida, sino que compraban una nueva. El premiado pasó todo el día alquilando cosas, comprando otras y reservando billetes que le llevaran muy lejos de donde se estancaban. 
  Precisamente se encontraba en el aeropuerto esperando su vuelo directo a Hollywood, cuando la televisión de la terminal le dio una gran sorpresa. De grande, no de buena.
<-... interrumpimos la programación para ofrecerles una noticia de última hora. Al parecer, el sorteo de la Lotería de Navidad de este año queda ANULADO. Han oído bien, ANULADO. La decisión tomada por el Ministerio de Interior tiene su fundamento en las sospechas de amaño, debido a que uno de los "Niños de San Idelfonso" era en realidad un hexagenario bajito y disfrazado que trabaja para la multinacional “Pelucas Sotobónquez”. El señor Sotobónquez, magnate multimillonario, ha dado estas explicaciones: “Sí, joder, estaba amañado. Comedme el PIIIII y dejadme en paz, que no voy a ir a la cárcel, porque soy rico, iros a la mierda”. Ante la estafa, la organización ha decidido que el sorteo volverá a celebrarse mañana, a la misma hora, en nuestra cadena, la mejor, la inigualable, la...>
  Para Antonio, las últimas frases sonaron lejanas, hasta que dejó de escuchar, y sólo volvió a hacerlo cuando despertó en la camilla del hospital en el que se recuperaba del infarto al que acababa de sobrevivir.
  El desdichado trató de arreglar la situación, pero ya poco podía hacer. Sin trabajo, ni familia y endeudado hasta doce vidas, descubrió que sí podía ir a peor respecto a lo que tenía.

“Entre cartones Antonio duerme en un bulevar.
Margo os desea: Feliz Navidad”.

FIN

domingo, 30 de noviembre de 2014

Batiburrillo de Pensamientos Aleatorios Sobre el Estrés (versión poema)

 Puede que alguien saque algo bonito de esto. Puede que no. 

“Prisa, ánimo, fusta que azota la desgana.
Lenguas que tiran de mi cuerpo
en direcciones contrarias,
anguilas venenosas que me aprietan las tripas,
pero ahí no cesan,
sino que suben y reptan
por mi abdomen, hasta estrangular los pulmones,
hasta lamer los bronquios y quitarme el aire
y la vida.
El enemigo ya está dentro. Siempre lo ha estado.
El sudor, el frío, la niebla del vaho de mi aliento condensada
en los cristales de esta cárcel que apenas merezco,
que apenas me atrapa,
que apenas quiero...”

Las sonrisas de la gente no son más que calabazas
para sus ojos de enfermo, de diablo,
vacías piras, ojos huecos que no dicen nada
y brillan con la llama ajena, artificial,
que otros meten en sus cabezas
para que mantengan un aspecto de misterio, de inexpugnable intimidad
que en realidad no sienten ni aman.
Agua fría y cuerpos calientes y sudorosos
para calmar su carencia de llama.

“Atrápame, mano gélida, si puedes.
De desesperanza, de fin, de acabar por y con,
de destino triste y sin sabor,
ni alegría, y monotonía.”
De ser algo que no quieres, haciendo algo que no quieres,
en un lugar que no te apetece.
“Corre tras de mí,
rápido como el veneno de mis anguilas, pues
lo que veo en el horizonte no es depresión ni muerte temprana,
ya no, es esperanza,
reto, mito y luz, lejos de este oscuro vacío,
donde perviven las historias, donde no hay realidad,
donde sólo vale lo que tienes por demostrar,
en tu interior.”

Como la electricidad de las anguilas,
como la masa gris y rosácea de tu cabeza,
como la magia, y la muerte, y la vida,
y las cosas que no se explican, se sueñan
y las alas de un ángel que susurra al oído
“esto no es lo que quieres, así que vuela”.

-¿Por qué sufres?- preguntas-.
No es baladí.
Te respondo:
“Así es como he elegido vivir”.


lunes, 10 de noviembre de 2014

Gag IV: Professional Secrecy in Danger

Trigo Grunxón practicaba la típica política de ir "de trankis” por la vida: se tomaba las cosas con calma y sin pensarlas demasiado, se fumaba los problemas y se adhería a su tribu urbana como un herpes a un labio.
  Un día, hablaba con un amig... ah no, que no tenía de eso: un médico al que conoció cuando le trató de hemorroides, en una cafetería.
- ...y ese es el problema: el muy cabrón no quiere decirle a su esposa que contrajo SIDA con aquella prostituta para no poner en riesgo su matrimonio y su carrera profesional. Ahora debo escoger entre callármelo a pesar de poner en peligro la vida de la mujer, o confesarlo y romper el secreto profesional, en cuyo caso iría a la cárcel y él, como senador, me haría la vida imposible.
  Trigo repasó el caso analíticamente, mientras las moscas picoteaban la roña de su cabeza.
- Tengo la solución- dijo, colocando la mano en el hombro del médico-. Tú “de trankis”, que me ocupo yo.
- ...vale pero no me toques.

Días después, Trigo Grunxón volvió a su apartamento de mala muerte tras haber estado todo el día fumando marihuana en un parque, cuando encontró al médico en el salón. Su ropa estaba destartalada, su pelo sucio y deslucido y la locura descomponía su rostro.
- ¡Ey!- saludó Trigo, afable.
- ¡Me van a detener por quebrantar el secreto profesional!- se quejó el hombre-. ¡¿Le escribiste una carta a la mujer diciéndole lo de su marido?!
- ...pero la carta era anónima.
- ¡Y tú gilipollas! ¡¿Quién más iba a saber lo del SIDA salvo yo? ¿eh?!
- Reconozco que quizás me equivoqué...
- Que quizás te... ¡QUE QUIZÁS TE EQUIVOCASTE! Voy a ir a la cárcel, saco de mierda. Mi carrera, mi familia, mi vida arruinadas... el senador se encargará de que me maten ahí dentro, estoy seguro...
- Bueno tío, “tranki”...
- Pero no caeré solo.
  El hombre sacó la mano del bolsillo de su gabardina, apuntando a Trigo con un revolver.
  El chico analizó el arma con sus ojos de huevo un instante y después giró su cuerpo noventa grados, hacia una pared.
- Y esto ha sido todo en: “Bromas Varias”, tu programa de bromas de cámara oculta.
  El médico arqueó una ceja, sin apartar el arma. Trigo volvió a mirarle. Luego, levantó los hombros.
- Por si colaba.
  El doctor cargó la pistola. Trigo empezó a lloriquear.
- Es que... snif, snif... es que... snif... es que soy idio...

  BANG. BANG. BANG, BANG... BANG. ¡BANG!



FIN

lunes, 13 de octubre de 2014

Asesino de Musas

Pasos en las sombras
ecos bajo la lluvia
que envuelven sus pies
como sedas desnudas. 

Agua y sal
lágrimas que caen
por el rostro de ella
como hilos de papel. 

Alma de poeta, 
musa de bohemios
lascivos, retorcidos esclavos,
de adorar su cuerpo. 

La chica sin rostro camina vacía
nadie la ve, nadie la entiende
se mueve
en esa oscuridad baldía,
deseosa del final,
pero con miedo de que todo termine. 
Esa chica sin rostro que a nadie interesa
por su interior, por lo que es
por lo que llore y la entristezca. 

Máscara pálida, tez marfileña
se acerca su hora, sin saberlo, 
en las sombras acecha la obsesión, 
la muerte de su cuerpo
y la liberación de su espíritu. 

Cruel asesino, rápido siniestro
con el rugido de la soledad
el cuchillo del silencio, 
ya todo termina para el alma en pena.

Chica sin rostro que agoniza en la cuneta
su cuerpo frío ya no interesa
a aquel falso poeta, 
que a su oscuridad regresa y se pierde.
Chica sin rostro, vacía y muerta,
en sus oídos el pitido
del epílogo queda
de su vida,
y el rumor de la lluvia.  

sábado, 11 de octubre de 2014

La Transformación del Pavo Real

Existió una vez un pavo real majestuosamente bello. Era esbelto, altivo y capaz de deslumbrar a cualquiera con los coloridos fulgores que como iluminados por luz propia su plumaje irradiaba. Vivía tan apuesto ave en un prolífico valle, con un estanque de aguas cristalinas regado siempre por la final lámina de agua de una cascada, en donde aprovechaba el pájaro a lavar aquellas plumas que de tanto orgullo le henchían. Azules del zafiro, verdes esmeralda y rojos del rubí, los colores encandilaban al resto de criaturas que le adoraban como a un rey, desde los roedores de tierra hasta las aves del cielo, e incluso las oscuras y pringosas alimañas que rehuían la luz y desde el fondo oscuro de las aguas le observaban.
  Un día, mientras el pavo real paseaba y contemplaba con altivez las maravillas de la naturaleza, que parecían devolverle miradas envidiosas, descendió de los cielos para posarse en una roca una magnífica ave fénix, el pájaro más precioso, con sus gráciles alas doradas y el aura roja del fuego arropando su cuerpo. Al instante, el pavo real quedó prendado.
  Desde que bajara a la tierra el fénix, los animales del valle ya no elogiaban y adoraban como antes al pavo real, cuya inusitada belleza había quedado eclipsada; pero eso no le importaba: sólo tenía cabeza para el mágico ser. El deslumbrado pavo trató de llamar la atención del ave de fuego con su intrigante graznido y sus sinuosos bailes, mas sin éxito: plantado sobre su roca, los ojos brillantes del pájaro sagrado recorrían el valle sin detenerse a fijarse en ningún detalle, como si nada de este mundo le interesase.
  El pavo real, que no estaba acostumbrado a que le ignorasen, desesperado, decidió arrancar el plumaje de su cuerpo para fabricar un abanico con el cual el fénix pudiera avivar las llamas de su cuerpo. Con gran dolor y sufrimiento, se arrancó cada una de sus plumas, y las reunió para formar el objeto. Luego, se lo tendió al pájaro de fuego humildemente. El mágico ser lo miró un segundo, pero sólo unos instantes más que al resto de cosas que no le importaban. Sin decir nada, extendió sus cálidas alas, batió el suelo con fuerza y se le elevó hacia los cielos, desapareciendo en el sol tan repentinamente como había aterrizado, sin desvelar su propósito.
  Desnudo y magullado, el pavo real se aferró a sus plumas con debilidad. Su antiguo y lustroso cuerpo brillante, ahora era rosado y sanguinolento, perdida ya la belleza de la que había hecho gala en el pasado. Desde ese momento, los demás animales dejaron de alabarle y admirarle, pues ahora estaban a su altura.
  El pavo trató de volver a unir las plumas a su cuerpo, clavándolas en su dolorida piel pero, como una maqueta que se rompe, éstas no lograban encajar del todo y, más que un pavo, acabó pareciendo un pollo acuchillado por espadas preciosas. Estaba incompleto, como un puzzle formado por piezas que ya no encajaban.

Pobre pavito marcado,
lo diste todo por alguien,
ahora no hay vuelta de hoja.
Pobre pavito marcado,
lo diste todo de ti,
ahora eres otra cosa...”- cantaban burlones los animales del valle al desdichado ser.

   Finalmente, el pavo decidió aceptar su destino: saltó al lago y se hundió, para esconderse en las sombras, junto con el resto de criaturas que habían dejado de vivir al amparo del sol para siempre.

FIN