En una oscura gruta a las afueras de un remoto lugar, vivía un ángel que estaba hecho de cristal. Los habitantes le tenían en alta estima ya que admiraban su majestuosidad y el aura lívida que manaba de él. Pero aquel ángel no era feliz.
Desde su posición en lo alto de un acantilado, el querube podía ver cómo los demás seres se divertían y gozaban de los placeres del mundo mientras él, sólo en el pedestal que nunca había querido ocupar, se tenía que conformar viendo como los sueños de los otros se cumplían, se enamoraban, reían y vivían. Aunque quisiera hacerlo, no era capaz de abandonar su posición, pues el camino hacia abajo era vertiginosamente empinado, y tanto sus alas como el resto de su cuerpo estaban hechos de frágil vidrio, inmaculado desde fuera, pero que no le valía ni para moverse con libertad ni mucho menos para volar.
- Yo es que estoy muerto- a menudo pensaba la desgraciada criatura.
Los peregrinos visitaban su vacua carcasa de tiempo en tiempo, pero para el ángel no era suficiente, pues no quería seguir estando tan alejado del resto. Cada día que pasaba se sentía más solo y vacío.
Un día cualquiera de depresión más, el ángel decidió que no podía aguantar esa situación y, haciendo acoplo de fuerzas, se levantó de su altar dispuesto a bajar por el precipicio y unirse a los demás. En cuanto sus pies tocaron el suelo, sus livianos tobillos se partieron, su cuerpo se precipitó contra la dura piedra y el ángel quedó hecho vidriosos añicos.
Entonces, un gusano salió de entre los pedazos.
- Por fin- pensó el invertebrado. Y se arrastró precipicio abajo.
Continuará...
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