Iba volando por el cielo un liviano jilguero. Le encantaba moverse por el aire, flotar con libertad y acomodarse en las corrientes de viento para deleitarse con la vista que le llegaba desde más abajo de sus alas. A menudo, curioseaba por los lares que sobrevolaba, y siempre iba piando una alegre melodía que escapaba de sus pulmoncitos como un soplo fresco.
Un día, el pajarito vio una fuente de la que manaba un líquido peculiar, como sombrilla de playa acuosa, y bajó al suelo para investigar. Resultó que aquel manantial no era corriente, pues de él no salía agua, sino espeso y dorado caramelo, el cual ascendía hacia el cielo para descender en una lluvia ocre y dulce. El ave retozó en el apacible hontanar cuanto quiso, sin preguntarse quién y porqué había puesto allí algo tan maravilloso. Bebió, comió y se bañó durante mucho tiempo, hasta que perdió la noción.
Una vez se hubo hartado, el pájaro trató de irse, pero sus alas estaban empalagosas y pesadas, y el esfuerzo por moverlas era demasiado grande. Miró al cielo: libre y eterno, como a él siempre le había gustado. Pero, por otro lado, alcanzarlo era tan difícil, y aquel edulcorado lugar tan agradable...
Finalmente, tras pocos intentos, el pajarito desistió, se tumbó en las charcas caramelizadas que el suelo poblaban y de ahí no se movió nunca más. Su cuerpo se volvió plúmbeo, sus alas se atrofiaron y su canto se agravó hasta apagarse para siempre. Eligió vivir entre el dulzor, pero también morir como los cientos de seres que aquel manantial había devorado antes que él para poder seguir fabricando su placentera trampa.
FIN
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