Vivían en un plúmbeo acuario,
centenares de peces que nadaban a diario. Rojos, verdes, blancos;
azules, negros y amarillos, de todos los colores, viajaban entre
vorágines de aletas sin ninguna meta y sin aspiraciones. Solamente comían, respiraban, flotaban...
De vez en cuando, sucedía alguna
renovación: cinco peces grandes y carnosos, sin branquias ni aletas
y con un casco duro en uno de sus extremos, cogían a uno de ellos y
lo sacaban del agua, o metían a otro dentro, o bien cambiaban la
dirección del nado de todos. Los “peces gordos” los llamaban.
Pero, lo que ninguno de ellos sabía, es que aquellos peces que
jugaban con sus vidas en realidad eran los dedos rollizos del hombre
que les mantenía, les sacaba del acuario y los reemplazaba por otros
del exterior a su gusto. El dueño era un avaro normal, que les tenía sólo porque el agradable burbujeo sobre su cabeza le
relajaba cuando se echaba la siesta a la pálida luz de la pecera.
Un día, un pececito se salió de la
fila y empezó a chocar contra el cristal. Nada pasó, hasta que “los
peces gordos” le devolvieron a su rutina de un empujón peyorativo.
Al tiempo, otro pez chocó contra el vidrio y lo empujó con
ahínco. Esta vez, “los peces gordos” le trasladaron del acuario
al retrete. De vez en cuando, un nuevo pececillo chocaba, pero siempre
era brutalmente aleccionado, y pasaron el tercero, el cuarto y el
quinto, hasta un total de diecisiete. Pero, al pez número
diecicocho, le siguieron el diecinueve, veinte y veintiuno.
Coincidieron todos, y esto llamó a más peces que se estamparon con el vidrio. Golpe tras golpe, escama con escama, como un instinto
colectivo libertador, toda la pecera hizo presión en el mismo lado.
La fuerza de muchos movió finalmente el acuario, que cayó sobre el
cráneo del dueño de todos, rompiéndolo en casi tantos cachos como
el cristal, y los peces quedaron libres y desparramados por el suelo.
Al poco tiempo, todos se ahogaron.
FIN
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