miércoles, 14 de agosto de 2013

Revolución


Vivían en un plúmbeo acuario, centenares de peces que nadaban a diario. Rojos, verdes, blancos; azules, negros y amarillos, de todos los colores, viajaban entre vorágines de aletas sin ninguna meta y sin aspiraciones. Solamente comían, respiraban, flotaban...
  De vez en cuando, sucedía alguna renovación: cinco peces grandes y carnosos, sin branquias ni aletas y con un casco duro en uno de sus extremos, cogían a uno de ellos y lo sacaban del agua, o metían a otro dentro, o bien cambiaban la dirección del nado de todos. Los “peces gordos” los llamaban. Pero, lo que ninguno de ellos sabía, es que aquellos peces que jugaban con sus vidas en realidad eran los dedos rollizos del hombre que les mantenía, les sacaba del acuario y los reemplazaba por otros del exterior a su gusto. El dueño era un avaro normal, que les tenía sólo porque el agradable burbujeo sobre su cabeza le relajaba cuando se echaba la siesta a la pálida luz de la pecera.
  Un día, un pececito se salió de la fila y empezó a chocar contra el cristal. Nada pasó, hasta que “los peces gordos” le devolvieron a su rutina de un empujón peyorativo. Al tiempo, otro pez chocó contra el vidrio y lo empujó con ahínco. Esta vez, “los peces gordos” le trasladaron del acuario al retrete. De vez en cuando, un nuevo pececillo chocaba, pero siempre era brutalmente aleccionado, y pasaron el tercero, el cuarto y el quinto, hasta un total de diecisiete. Pero, al pez número diecicocho, le siguieron el diecinueve, veinte y veintiuno. Coincidieron todos, y esto llamó a más peces que se estamparon con el vidrio. Golpe tras golpe, escama con escama, como un instinto colectivo libertador, toda la pecera hizo presión en el mismo lado. La fuerza de muchos movió finalmente el acuario, que cayó sobre el cráneo del dueño de todos, rompiéndolo en casi tantos cachos como el cristal, y los peces quedaron libres y desparramados por el suelo.
  Al poco tiempo, todos se ahogaron. 

FIN   

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