-Te quiero...- dijo ella entre susurros trémulos. Él acudió raudo y le besó en los labios. Porque un "te quiero" era algo muy serio, algo precioso pero frágil como una cuchara de cristal, que de mucho usarla se puede romper; como un ángel que si le nombras se va, y él no quería que eso pasara. Tenía miedo, miedo de decirlo, miedo de cambiarlo. Las cosas eran perfectas... ¿por qué arriesgarse a estropearlas?
Desde entonces, se sucedieron más episodios así. Los "te quieros" de una pronto morían en la boca del otro, que los silenciaba y succionaba como un agujero negro.
Un día, el chico encontré una nota. La susodicha decía:
"Te quiero...dejar. Nunca me dejas acabar."
Reí yo entre amargas carcajadas, aquel en el que me convertí. Maldita... Podías haberme impedido que te besara. Me lo había llegado a creer.
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