Hubo una vez una agricultora
dicharachera que cultivaba maíz en una luminosa parcela. La mujer se
esmeraba mucho, mucho, mimando a sus mazorcas, de las cuales se
sentía tan orgullosa... las regaba cada día, les procuraba palabras
bondadosas para que crecieran con salud e incluso algunos días se
llevaba su viejo violín y les tocaba una canción para animarlas:
- No hay nada malo en el exterior,
amores,
ningún dolor, corazones, nada os
aturulla.
Brillad con el sol, bailad con la
lluvia,
nada malo hay en el exterior, amores.
El mijo, por su parte, crecía alegre
y dulce, feliz como sólo un vegetal puede ser. Todo era bondad en
aquel mundo soleado, fresco y alegre.
Un buen día, radiante y primoroso,
la agricultora arrancó una mazorca, se la llevó a la boca y masticó
los granos con ansiosa vehemencia. El maíz mascado viajó a la oscuridad del
pozo de su aparato digestivo y se diluyó en el ácido de su estómago
entre mudos alaridos de dolor. Y así con todas las mazorcas. Sin
más.
FIN
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