sábado, 27 de diciembre de 2014

Gag V: Merry Christmas Dear Neighbour (especial Navidad)

La acción se ambienta en París, en un hotel céntrico con unas vistas impagables de la ciudad. Sentado en la terraza, con la torre Eiffel como testigo de la escena, Fransuá lee un libro sobre realización personal y desarrollo profesional. En el balcón contiguo, una niña pequeña le observa abstraída.
  Sale a escena un hombre de mediana edad, que se coloca junto a su hija.
PADRE: ¡Ah! Hola, Fransuá.
FRANSUÁ (dejando el libro): Hola vecino.
PADRE (a su hija): Mamá se retrasa. Haré yo la cena.
NIÑA (se vuelve hacia la terraza de Fransuá): Jo, papá siempre hace lo mismo...
FRANSUÁ: Iba a pgepagag una cena de picoteo... pego ya me habéis amaggado con vuestgas gilipolleces.
PADRE (con gesto horrorizado): ¡Fransuá, no le consiento que le hable así a mi hija!
FRANSUÁ: Tu hija, tu hija, tu hija... estaba yo aquí, disfgutando de una aggadable velada en mi intgospección inspigadoga, y tengo que tolegag las indiguectas de la niña de las pelotas paga que os invite a cenag. Nadie piensa en Fgansuá, en el pobgecito Fgansuá...
NIÑA (con lágrimas en los ojos): Papá, el señor huele a alcohol otra vez...
FRANSUÁ: ¡Ah! ¿Así que ahoga lo que le molesta a la niña es mi olog cogpogal? Pues, ¿sabes a qué huelo? ¿Lo sabes? ¡HUELO AL CHIGUI DE TU MADGE!
  La niña rompe a llorar desconsoladamente.
PADRE (gritando): ¡Que te jodan, Fransuá! ¡Dijiste que nunca más volvería a ocurrir!
  Fransuá saca la lengua de manera obscena.
  Entra una mujer vestida de empresaria a escena.
MADRE: ¿Qué está pasando aquí? Se oyen los gritos desde la calle, por Dios...
PADRE: ¡Tú no te metas en esto, zorra!
MADRE (volviéndose hacia su vecino): ¡Fransuá! Maldito hijo de puta, ¡se lo has contado!
PADRE: ¡HE DICHO QUE TE CALLES! Ya hablaremos de esto luego, primero voy a solucionar el asunto con el francés este de mierda.
FRANSUÁ: Yo no tengo la culpa de que no le des a tu mujegcita lo que necesita y tenga que venig a pog un poco de baguette fgancesa de la buena.
  Fransuá repite el gesto obsceno.
PADRE: ¡Se acabó! ¡Ven aquí, hijo de puta!
  El hombre salta la terraza y se abalanza sobre Fransuá. Tras un intercambio de puñetazos fugaz, ambos se debaten en un forcejeo en el que intentan estrangularse mutuamente.
FRANSUÁ:¡Así es como le gusta a tu esposa! ¡Así es como le gusta a ella!
MADRE: ¡POR FAVOR, PARAD! VOY A LLAMAR A LA POLICÍA.
  Mientras la mujer corre hacia el interior del hotel, su hija se deshace en amargas lágrimas.
NIÑA (de manera entrecortada por los sollozos): Estas... snif... estas son las peores navidades de mi vida... 

FIN




lunes, 22 de diciembre de 2014

Margo, el Genio Cabrón IV: Especial Lotería

Antonio Tolebo atravesaba la típica crisis existencial de los cincuenta años. Echando la vista atrás, la ilusión de su vida había quedado muy mermada. Él habría querido ser un alocado director de películas pornográficas, soltero y con una nueva novia cada semana, que pasara las horas libres conduciendo su harley en la pista de su yate, pero lo que en realidad tenía era bien distinto: un trabajo que detestaba, en el que estaba tan encasillado como obligado a mantenerse para sobrevivir; una mujer que hacia años había dejado de resultar atractiva, tanto a él como al 92% de la población; demasiados hijos; un cuerpo que no habría aguantado el trasiego de ninguna moto, con michelines, pelos donde no debería haber nada y dolores y gases en cada orificio de su cuerpo. 
  Resignado como estaba, hacia mucho que Antonio había encomendado su esperanza a la diosa fortuna, y esta cada año le daba una sonada bofetada a través del sorteo de la lotería. En 15 años que llevaba jugando, se había gastado cerca de 500 euros, y sólo había recibido 12 a cambio entre premios menores y una vez que se encontró 2 euros tirados cando iba a comprar el boleto. La suerte nunca le había favorecido a Antonio... pero podía ser peor. Y él iba a comprobarlo.
  Aquel 22 de Diciembre, Antonio ya sabía que el premio gordo no le había tocado a él, si no a un inmigrante Senegalés de Pamplona. Alicaído, decidió alejarse de la ingrata compañía de su familia e ir en busca de regalos, más por compromiso que por ilusión. Sus tambaleantes pasos le llevaron a una tienda de segunda mano regida por un simpático señor asiático con la lengua bífida, que le recibió preguntándole si le iba a robar. Dentro del establecimiento, el hombre paseó entre los múltiples trastos inútiles y ajados que la tienda contenía, hasta pararse frente a una estantería. Notaba un pelo en la encía. Buscando algo metálico que hiciera las veces de espejo, sus manos dieron con una extraña lámpara de latón, que bien podría reflejar si se limpiaba un poco. Cuando el hombre frotó su superficie con el puño, de su interior empezó a brotar un humo oscuro y verde que al instante se materializó en Margo, el Genio Cabrón.
- Saludos, mi amo, soy Margo. Le concedo un deseo a su elección por haberme liberado.
  Antonio tenía muchas cosas que desear, tantas que no sabía por cuál decidirse. Sin embargo, bien sabido era que los genios tenían truco, y que debía ser muy cuidadoso para no pedir algo que se volviese en su contra.
- Deseo que ahora, sea ayer a esta hora. Un viaje en el tiempo, vamos.
  Margo asintió y, de un chasquido, desapareció.
  
Sonó el despertador. Antonio se incorporó al instante, rodó sobre el corpachón de su esposa y miró la fecha de su móvil. Día 21. No había tiempo que perder. El hombre se enfundó la primera ropa que pudo y se encaminó a un frenético viaje.
- ¿Kaces tanto ruido? ¿Tás tonto?- refunfuñó su no amada esposa.
  Antonio no lo toleró.
- Frungilda, te dejo. Por gorda y desagradable en todos los sentidos. Me he tirado a tu hermana y ya no te quiero. Me divorcio, te dejo y me piro. Igual me paso a ver a los niños de vez en cuando.
  Frungilda aún mantenía el gesto de sorpresa cuando Antonio se marchó.
  El hombre condujo sin descanso hasta Pamplona y, una vez allí, compró el boleto premiado, cuyo número tenía grabado a fuego en la mente: 69696.
  El resto del día, el hombre se dedicó a atar cabos o, siendo más exactos, a cortarlos: fue al despacho de su jefe y le explicó amablemente que iba a abandonar el trabajo, que era un cabrón con corbata y que no es que nadie oliera sus pedos, es que se esforzaban en disimularlo, todo ello un segundo antes de orinarle en la mesa; posteriormente, fue arreglando los papeles del divorcio con su abogado, para que no hubiera líos económicos de por medio, con separación de bienes exacta; por último, se tumbó en una estación a esperar.
  La mañana siguiente, a favor de pronóstico, a Antonio le tocó la lotería. 40000000 euros que no sólo solucionaban la vida, sino que compraban una nueva. El premiado pasó todo el día alquilando cosas, comprando otras y reservando billetes que le llevaran muy lejos de donde se estancaban. 
  Precisamente se encontraba en el aeropuerto esperando su vuelo directo a Hollywood, cuando la televisión de la terminal le dio una gran sorpresa. De grande, no de buena.
<-... interrumpimos la programación para ofrecerles una noticia de última hora. Al parecer, el sorteo de la Lotería de Navidad de este año queda ANULADO. Han oído bien, ANULADO. La decisión tomada por el Ministerio de Interior tiene su fundamento en las sospechas de amaño, debido a que uno de los "Niños de San Idelfonso" era en realidad un hexagenario bajito y disfrazado que trabaja para la multinacional “Pelucas Sotobónquez”. El señor Sotobónquez, magnate multimillonario, ha dado estas explicaciones: “Sí, joder, estaba amañado. Comedme el PIIIII y dejadme en paz, que no voy a ir a la cárcel, porque soy rico, iros a la mierda”. Ante la estafa, la organización ha decidido que el sorteo volverá a celebrarse mañana, a la misma hora, en nuestra cadena, la mejor, la inigualable, la...>
  Para Antonio, las últimas frases sonaron lejanas, hasta que dejó de escuchar, y sólo volvió a hacerlo cuando despertó en la camilla del hospital en el que se recuperaba del infarto al que acababa de sobrevivir.
  El desdichado trató de arreglar la situación, pero ya poco podía hacer. Sin trabajo, ni familia y endeudado hasta doce vidas, descubrió que sí podía ir a peor respecto a lo que tenía.

“Entre cartones Antonio duerme en un bulevar.
Margo os desea: Feliz Navidad”.

FIN

domingo, 30 de noviembre de 2014

Batiburrillo de Pensamientos Aleatorios Sobre el Estrés (versión poema)

 Puede que alguien saque algo bonito de esto. Puede que no. 

“Prisa, ánimo, fusta que azota la desgana.
Lenguas que tiran de mi cuerpo
en direcciones contrarias,
anguilas venenosas que me aprietan las tripas,
pero ahí no cesan,
sino que suben y reptan
por mi abdomen, hasta estrangular los pulmones,
hasta lamer los bronquios y quitarme el aire
y la vida.
El enemigo ya está dentro. Siempre lo ha estado.
El sudor, el frío, la niebla del vaho de mi aliento condensada
en los cristales de esta cárcel que apenas merezco,
que apenas me atrapa,
que apenas quiero...”

Las sonrisas de la gente no son más que calabazas
para sus ojos de enfermo, de diablo,
vacías piras, ojos huecos que no dicen nada
y brillan con la llama ajena, artificial,
que otros meten en sus cabezas
para que mantengan un aspecto de misterio, de inexpugnable intimidad
que en realidad no sienten ni aman.
Agua fría y cuerpos calientes y sudorosos
para calmar su carencia de llama.

“Atrápame, mano gélida, si puedes.
De desesperanza, de fin, de acabar por y con,
de destino triste y sin sabor,
ni alegría, y monotonía.”
De ser algo que no quieres, haciendo algo que no quieres,
en un lugar que no te apetece.
“Corre tras de mí,
rápido como el veneno de mis anguilas, pues
lo que veo en el horizonte no es depresión ni muerte temprana,
ya no, es esperanza,
reto, mito y luz, lejos de este oscuro vacío,
donde perviven las historias, donde no hay realidad,
donde sólo vale lo que tienes por demostrar,
en tu interior.”

Como la electricidad de las anguilas,
como la masa gris y rosácea de tu cabeza,
como la magia, y la muerte, y la vida,
y las cosas que no se explican, se sueñan
y las alas de un ángel que susurra al oído
“esto no es lo que quieres, así que vuela”.

-¿Por qué sufres?- preguntas-.
No es baladí.
Te respondo:
“Así es como he elegido vivir”.


lunes, 10 de noviembre de 2014

Gag IV: Professional Secrecy in Danger

Trigo Grunxón practicaba la típica política de ir "de trankis” por la vida: se tomaba las cosas con calma y sin pensarlas demasiado, se fumaba los problemas y se adhería a su tribu urbana como un herpes a un labio.
  Un día, hablaba con un amig... ah no, que no tenía de eso: un médico al que conoció cuando le trató de hemorroides, en una cafetería.
- ...y ese es el problema: el muy cabrón no quiere decirle a su esposa que contrajo SIDA con aquella prostituta para no poner en riesgo su matrimonio y su carrera profesional. Ahora debo escoger entre callármelo a pesar de poner en peligro la vida de la mujer, o confesarlo y romper el secreto profesional, en cuyo caso iría a la cárcel y él, como senador, me haría la vida imposible.
  Trigo repasó el caso analíticamente, mientras las moscas picoteaban la roña de su cabeza.
- Tengo la solución- dijo, colocando la mano en el hombro del médico-. Tú “de trankis”, que me ocupo yo.
- ...vale pero no me toques.

Días después, Trigo Grunxón volvió a su apartamento de mala muerte tras haber estado todo el día fumando marihuana en un parque, cuando encontró al médico en el salón. Su ropa estaba destartalada, su pelo sucio y deslucido y la locura descomponía su rostro.
- ¡Ey!- saludó Trigo, afable.
- ¡Me van a detener por quebrantar el secreto profesional!- se quejó el hombre-. ¡¿Le escribiste una carta a la mujer diciéndole lo de su marido?!
- ...pero la carta era anónima.
- ¡Y tú gilipollas! ¡¿Quién más iba a saber lo del SIDA salvo yo? ¿eh?!
- Reconozco que quizás me equivoqué...
- Que quizás te... ¡QUE QUIZÁS TE EQUIVOCASTE! Voy a ir a la cárcel, saco de mierda. Mi carrera, mi familia, mi vida arruinadas... el senador se encargará de que me maten ahí dentro, estoy seguro...
- Bueno tío, “tranki”...
- Pero no caeré solo.
  El hombre sacó la mano del bolsillo de su gabardina, apuntando a Trigo con un revolver.
  El chico analizó el arma con sus ojos de huevo un instante y después giró su cuerpo noventa grados, hacia una pared.
- Y esto ha sido todo en: “Bromas Varias”, tu programa de bromas de cámara oculta.
  El médico arqueó una ceja, sin apartar el arma. Trigo volvió a mirarle. Luego, levantó los hombros.
- Por si colaba.
  El doctor cargó la pistola. Trigo empezó a lloriquear.
- Es que... snif, snif... es que... snif... es que soy idio...

  BANG. BANG. BANG, BANG... BANG. ¡BANG!



FIN

lunes, 13 de octubre de 2014

Asesino de Musas

Pasos en las sombras
ecos bajo la lluvia
que envuelven sus pies
como sedas desnudas. 

Agua y sal
lágrimas que caen
por el rostro de ella
como hilos de papel. 

Alma de poeta, 
musa de bohemios
lascivos, retorcidos esclavos,
de adorar su cuerpo. 

La chica sin rostro camina vacía
nadie la ve, nadie la entiende
se mueve
en esa oscuridad baldía,
deseosa del final,
pero con miedo de que todo termine. 
Esa chica sin rostro que a nadie interesa
por su interior, por lo que es
por lo que llore y la entristezca. 

Máscara pálida, tez marfileña
se acerca su hora, sin saberlo, 
en las sombras acecha la obsesión, 
la muerte de su cuerpo
y la liberación de su espíritu. 

Cruel asesino, rápido siniestro
con el rugido de la soledad
el cuchillo del silencio, 
ya todo termina para el alma en pena.

Chica sin rostro que agoniza en la cuneta
su cuerpo frío ya no interesa
a aquel falso poeta, 
que a su oscuridad regresa y se pierde.
Chica sin rostro, vacía y muerta,
en sus oídos el pitido
del epílogo queda
de su vida,
y el rumor de la lluvia.  

sábado, 11 de octubre de 2014

La Transformación del Pavo Real

Existió una vez un pavo real majestuosamente bello. Era esbelto, altivo y capaz de deslumbrar a cualquiera con los coloridos fulgores que como iluminados por luz propia su plumaje irradiaba. Vivía tan apuesto ave en un prolífico valle, con un estanque de aguas cristalinas regado siempre por la final lámina de agua de una cascada, en donde aprovechaba el pájaro a lavar aquellas plumas que de tanto orgullo le henchían. Azules del zafiro, verdes esmeralda y rojos del rubí, los colores encandilaban al resto de criaturas que le adoraban como a un rey, desde los roedores de tierra hasta las aves del cielo, e incluso las oscuras y pringosas alimañas que rehuían la luz y desde el fondo oscuro de las aguas le observaban.
  Un día, mientras el pavo real paseaba y contemplaba con altivez las maravillas de la naturaleza, que parecían devolverle miradas envidiosas, descendió de los cielos para posarse en una roca una magnífica ave fénix, el pájaro más precioso, con sus gráciles alas doradas y el aura roja del fuego arropando su cuerpo. Al instante, el pavo real quedó prendado.
  Desde que bajara a la tierra el fénix, los animales del valle ya no elogiaban y adoraban como antes al pavo real, cuya inusitada belleza había quedado eclipsada; pero eso no le importaba: sólo tenía cabeza para el mágico ser. El deslumbrado pavo trató de llamar la atención del ave de fuego con su intrigante graznido y sus sinuosos bailes, mas sin éxito: plantado sobre su roca, los ojos brillantes del pájaro sagrado recorrían el valle sin detenerse a fijarse en ningún detalle, como si nada de este mundo le interesase.
  El pavo real, que no estaba acostumbrado a que le ignorasen, desesperado, decidió arrancar el plumaje de su cuerpo para fabricar un abanico con el cual el fénix pudiera avivar las llamas de su cuerpo. Con gran dolor y sufrimiento, se arrancó cada una de sus plumas, y las reunió para formar el objeto. Luego, se lo tendió al pájaro de fuego humildemente. El mágico ser lo miró un segundo, pero sólo unos instantes más que al resto de cosas que no le importaban. Sin decir nada, extendió sus cálidas alas, batió el suelo con fuerza y se le elevó hacia los cielos, desapareciendo en el sol tan repentinamente como había aterrizado, sin desvelar su propósito.
  Desnudo y magullado, el pavo real se aferró a sus plumas con debilidad. Su antiguo y lustroso cuerpo brillante, ahora era rosado y sanguinolento, perdida ya la belleza de la que había hecho gala en el pasado. Desde ese momento, los demás animales dejaron de alabarle y admirarle, pues ahora estaban a su altura.
  El pavo trató de volver a unir las plumas a su cuerpo, clavándolas en su dolorida piel pero, como una maqueta que se rompe, éstas no lograban encajar del todo y, más que un pavo, acabó pareciendo un pollo acuchillado por espadas preciosas. Estaba incompleto, como un puzzle formado por piezas que ya no encajaban.

Pobre pavito marcado,
lo diste todo por alguien,
ahora no hay vuelta de hoja.
Pobre pavito marcado,
lo diste todo de ti,
ahora eres otra cosa...”- cantaban burlones los animales del valle al desdichado ser.

   Finalmente, el pavo decidió aceptar su destino: saltó al lago y se hundió, para esconderse en las sombras, junto con el resto de criaturas que habían dejado de vivir al amparo del sol para siempre.

FIN

jueves, 2 de octubre de 2014

Diálogo con Capicúo, el héroe consecuente con el medio ambiente

Se aproxima Capicúo, el héroe que lucha por la paz, la justicia y el reciclaje. Ungido y nombrado caballero por Chirivias DCDXXVHZMX5II, el rey loco e ignorante de la numeración romana, luego de reducir la tasa de basuras un 0,3% en el reino, el valiente guerrero viaja a la ciudad de Norforest, al Sur, en donde los aldeanos solicitan urgentemente sus servicios...

Capicúo llegó a la plaza de la ciudad, tras 6 días de viaje, montado en su lustroso alazán. Algunas casas estaban derruidas o reducidas a cenizas, otras simplemente tenían las paredes carbonizadas y teñidas de negro.
  En cuanto los cascos del corcel patearon el pedregoso suelo, un aldeano picado de viruela y con el rostro congestionado corrió a recibirle.
- Bienhallado, caballero. Vos debéis ser Capicúo.
- En efecto, en efecto.
- Loados sean los dioses, temíamos que algo malo os hubiera pasado. Tardasteis en llegar dos días más de lo esperado, ¿hubo algún contratiempo en el camino que entorpeciera vuestro viaje?
- Ni uno.- Capicúo negó con la cabeza-. Pero no es bueno hacer correr a tu caballo. Se fatiga y sufre. Además, es menester cepillarle el pelo e hidratarlo convenientemente.
- ...oh.
- Decidme, humilde aldeano, ¿qué dolencia os consterna para que requiráis mis servicios?
- Oh, Capicúo, valiente y noble guerrero, este pueblo otrora dichoso, ahora sufre y padece los designios de los cielos, pues gran mal nos aflige: un dragón nos acecha.
  Capicúo desmontó de su caballo, restándole la carga de su enorme cuerpo y armadura. Pesaba mucho y no quería hacerle daño.
- Cuéntame más, labriego desesperado. ¿Qué hace ese dragón para quitaros el sueño?
- Acomete contra nosotros el más cruento crimen, buen guerrero: nos ataca y devora cuales corderos casi a diario. Florian el panadero, Julieta, la hija del frutero, y ayer mismo a Eufrasio... ¡mi propio cuñado! Como ves, estamos desesperados, ya casi no nos atrevemos a salir de nuestras casas... Tenemos hijos, yo mismo, a mi amada Lucrecia. Temo por ella.
  Capicúo se llevó su mano enguantada en acero al mentón y lo frotó pensativo.
- Y dime... Esos Florian, Julieta, Eufrasio... ¿eran buenas personas?
- ¡Oh, sí! De las mejores. Buenos cristianos, feligreses entregados...
- Ya, ya, pero... ¿qué hacían para ser especialmente buenos?
  El aldeano arqueó una ceja.
- Exactamente- insistió Capicúo.
- No comprendo.- El hombre empezó a vacilar.
- Sí. Ya sabes... ¿había alguna actitud dentro de su habitual repertorio de conductas que les hiciera merecedores de una consideración especial?
  El aldeano reflexionó un instante.
- Bueno... no, supongo que no eran especialmente buenos. Pero nunca tenían problemas con nadie...
- Ajam, entiendo...- Capicúo sacó libreta y lápiz de entre los pliegues de su armadura y comenzó a escribir-. Contadme más: ¿vos soléis consumir alimentos inorgánicos?
- ...de nuevo, no comprendo.
- Me refiero a rocas, agua, minerales...
- Oh. Pues no, mi señor, no. Realmente. Comida normal.
- ¿Qué es comida normal?
- Eh... no sé. Huevos, leche, carne, verdura... esas... cosas...
- Ya veo... ¿puedo preguntar qué habéis desayunado?
- Cordero asado, mi señor. Mas no comprendo...
- Y, respecto a ese cordero, ¿sabéis si era beligerante o especialmente malvado para sus semejantes?
- Yo supongo que no. Pero...
- Y aún así os lo comisteis.
- Ssssssíiii...- dijo el aldeano, arrastrando la palabra, confuso.
- Entonces, ¿en nombre de qué justicia he de yo, héroe valeroso y consecuente con el medio ambiente, dar muerte a un dragón que, al igual que vosotros, se alimenta de otros seres para sobrevivir?
- ...nunca lo había visto así.
- Ya. Pues esto haremos: no veo crimen alguno en la actitud de la bestia mas, como entiendo ha de ser en propia defensa, no emprenderé represalias legales contra vosotros si decidís matar al dragón. Por mi parte, este asunto ni me va ni me viene, me lavo las manos.
- Oh.
- Y me voy.
- Oh. Bueno... ¿y si se lo pido por favor?- probó el aldeano.
- Nada de nada. No es negociable.
- Vaya. Pues nada. Gracias.
- No hay de qué.
  Capicúo montó con cuidado en su caballo y se fue de Norforest.
  Y las cosas siguieron su curso. Al día siguiente, el dragón de comió a Lucrecia. Dos semanas después, a su padre.

De este modo, una vez más, la justicia y el respeto por la naturaleza se cumplió, gracias a Capicúo, el héroe consecuente con el medio ambiente.

  Y el dragón vivió feliz y comió personas.  

FIN

martes, 23 de septiembre de 2014

El Reflejo de la Agonía

Hubo una vez un hombre, el doctor Farrel, y una mujer, Catherina, que se amaban. Él era un médico brillante, procedente de una familia acomodada, así que se hizo construir un torreón a las afueras del pueblo para vivir cómodamente con su esposa: la mansión Farrel, en donde instaló su consulta y atendía a los pacientes que desde lugares remotos llegaban para aprovecharse de su pericia. En cada habitación, en los pasillos e incluso en el techo, el hombre hizo que se colocaran decenas de espejos para, como él decía, no perder ni un solo rayo de luz de su amada Catherina. La mujer, siempre alegre y dinámica, vivía feliz con su marido y acostumbraba a pasear por la villa cuando éste estaba ocupado; era una de esas personas que siempre irradian positividad, y a la gente del pueblo le encantaba que bajara a visitarles. Eran la pareja favorita de todos.
  Un año estuvieron Catherina y Farrel viviendo un cuento idílico, cuando al fin consiguieron que su amor diera frutos y ella quedó encinta. La noticia les trajo aún más dicha, y estaban realmente emocionados. Pero, lo que parecía el advenimiento de más alegría, se truncó rápida e irónicamente. Hubo complicaciones en el parto, y Catherina murió dando a luz a una niñita. En su lecho de muerte, con Farrel sosteniendo su mano aún caliente mientras las lágrimas bañaban su pecho, la joven tuvo fuerzas para decir sus últimas palabras: “cuida de ella por encima de todo”.
  Loreta, como llamó Farrel a su hija, creció preciosa y radiante como su madre, con su misma vitalidad innata, y la gente del pueblo no paraba de repetir que ésta era el vivo reflejo de aquella, pero en un cristal más oscuro. Y es que, a pesar de sus virtudes, la joven existía en soledad, asfixiando su luz natural. A raíz del fallecimiento, el doctor pasó a estar distante y abstraído; apenas hablaba o se relacionaba con nadie, y su única compañía era el reflejo de los espejos. Desde la muerte de su amada, la vida del hombre había cambiado drásticamente. Cerró la consulta, incapaz de aceptar la despedida y centraba todos sus esfuerzos en hallar una manera de superar las limitaciones de la ciencia y, en fin, derrotar a la propia muerte. Día y noche, apenas durmiendo, se encerraba en el laboratorio para estudiar sus libros, para escudriñar entre las hojas repletas de sabiduría la fórmula de devolver a su amada a la vida, pero la ciencia quedaba insuficiente. Desesperado, gritó al cielo y, al final, clamó al infierno en busca de la respuesta a su dilema y al dolor que le acometía el alma. Y el diablo, como suele ser habitual, respondió primero a su llamada.
  Una fría noche, mientras su hija ya dormía, el doctor Farrel pactó con Satanás: a cambio de no poder salir de la mansión nunca, el diablo le prometió el poder para derrotar a la propia muerte. Y él aceptó.
  Los días pasaron, y la dolencia de Farrel le iba consumiendo, a la espera de que el diablo por fin le brindara los maravillosos poderes que ansiaba. Dejó de dormir, de comer y casi de hablar. Mientras, Loreta se ocupaba de sí misma con una madurez impropia de alguien de su edad: hacía la compra, iba y venía de la escuela y se ocupaba de gestionar la fortuna de su padre, que poco a poco se agotaba. Una hija modelo.
  Un día, volviendo de la villa, un asaltante atacó a la niña, la degolló y desvalijó su cadáver. El ladrón fue encontrado y colgado, pero el doctor Farrel se desmoronó en su abismo. Sin Loreta, comprendió que había perdido lo único que le quedaba de Catherina. Y las paredes del torreón se estrecharon en torno a su cuerpo, y la locura invadió su cabeza. Los reflejos se reían en su cara, una cara llena de vergüenza por su incompetencia como padre que le devolvía sonrisas burlonas y dementes. Finalmente, el hombre rompió un pedazo de espejo y se rebanó la cara con él. Piel, músculos, carne, todo se desprendió de su rostro hasta quedar una única calavera macilenta, como una máscara. Más, para su desgracia, el diablo había cumplido su parte del trato, y el doctor Farrel había conseguido vencer a la muerte. Y siguió con vida. Y sigue.
  En su agonía, Farrel aúlla y recorre los pasillos del torreón. En su dolor y su tristeza, llora sangre y gusanos y araña los espejos con rabia. Aguarda y espera en su prisión encontrar la manera de devolver a la vida a sus dos luces o, en su defecto, de dejarse vencer por la muerte...



El amor lleva a la obsesión, la obsesión a la locura, la locura al dolor y, siempre que el dolor sea lo bastante grande, podremos vernos reflejados en el infierno.   

FIN

miércoles, 10 de septiembre de 2014

El Fin del Rayo de Luz Dorado

El chico abrió los ojos, a pesar de que los acababa de cerrar. Estaba en aquel parque que le era tan familiar, despejado a excepción de por los bancos, farolas y restos de un antiguo palacio de otra época. El suelo era marrón, amarillo y naranja de hojarasca, y un azul radiante acaparaba el cielo.
- ¡Vamos, ven ...!- Oyó tras de sí, seguido de un mote que había oído miles de veces.
  Al volverse, allí estaba ella, con sus sonrisa sincera, sus ojos chispeantes, su piel marfileña y su pelo como un campo de trigo bañado por el sol. Sin pensárselo, la persiguió.
  Juntos, los dos chicos pasearon, corrieron y jugaron en el parque, al arrullo del canto de las aves salvajes. Ella rió con sus chistes, que solían gustar, y él hizo lo propio con las réplicas que sólo ella le había sabido dar, bromas que nunca recordaría. No la besó, y nunca supo porqué. Sólo trataba de abrazarla, pero ella siempre se escabullía de entre sus brazos. Daba igual.
- Hacía tiempo que no me divertía tanto- dijo él de repente, mientras retomaba el aliento-. De hecho, mucho tiempo. Demasiado tiempo sin ser así de feliz. ¿Por qué será?
  Ella no dijo nada. En su lugar se sentó de espaldas a él y empezó a juguetear con las hojas muertas del suelo. Su melena le caía por desde los hombros como cascadas doradas.
- Mucho tiempo... demasiado... ¿desde cuándo...?- siguió preguntándose.
  Ella siguió sin decir nada, sumida en aquel jugueteo infantil.
  Entonces, súbitamente, el chico recordó.
- No me digas que esto es... – dijo, aún en el parque-. Joder...

...despertó solo en su habitación. Buscó alrededor, pero sólo halló el desconsuelo de las paredes en semipenumbra.
- Joder...
  Llevaba meses en el mismo estado. Desde que ella le abandonara, cada noche la encontraba en el rincón más peligroso de su mente, aquel que podía destruirle, y cada mañana despertaba para caer de bruces en el infierno en que se había convertido su vida, como un reo condenado a oír su sentencia eternamente. Los días pasaban como una neblina. Cuando amanecía, ella era lo primero en que pensaba, y su rostro se mantenía ante él en todo cuanto emprendía, en un segundo plano, como una ilusión.
  Poco a poco, la enfermedad de su dolor devoraba su espíritu como un cáncer, pero él trataba de ocupar su mente para evitar que sus pensamientos volaran junto a ella. Por eso no paraba, por eso nunca se detenía. El día era su reino, donde enloquecía pero.. por las noches, no había escapatoria. Se tumbaba aterrado, consciente de su castigo, pues era ella también lo último que pensaba al acostarse. No quería dormir, por miedo al despertar.
  Daban igual sus súplicas al cielo, pues cada alba era su agonía. A veces despertaba empapado, otras con lágrimas en los ojos y aún su nombre en los labios. A veces lo hacía aún de madrugada, mucho antes de lo debido, y se desvelaba, y empezaba antes su eterno movimiento para eludir su martirio. El dolor físico le causaba un momentáneo alivio. Golpear las paredes como una bestia encerrada, gritar hasta notar el sabor amargo del dolor de la garganta, arañarse la cara. Caer extenuado, yacer rendido. Pero sólo era un momento de paz dentro de su eterna guerra.
  Puesto que una mente es una goma, que puede darse de sí hasta que se estira demasiado y quiebra, al final acabó repentinamente su miseria. El dolor, el cansancio, la falta de sueño, todo ello contribuyó a forjarse un nuevo ser, y acabó como un muñeco. Sin alma, sin vida ni ilusiones, sobre todo eso. Sólo despertaba, se movía y recargaba de noche. Para dejar de sufrir, dejó de pensar y, por tanto, de sentir. Un autómata que sólo caminaba, comía y respiraba por la pura costumbre, sorteando el suicidio, pero sin miedo de caer en él. Su mente destruyó al hombre, y pasó a ser otra cosa. Ella le mató a él, y él la mató a ella... o lo que quedaba en su cuerpo.
  Tristemente, su dolor acabó. Ahora, tristemente, sigue su camino.

¿Qué son los sueños? ¿Son anhelos, cómo dicen los soñadores? ¿Son recuerdos procesados, como dice la ciencia? ¿Son miedos, como dicen los cobardes que no se atreven a actuar conforme a ellos? No... Los sueños no son más que tortura de una mente culpable que se autodestruye, sólo eso.


FIN

lunes, 21 de julio de 2014

Troya y la Desilusión

 Siglo XII a.C., Troya. Las murallas de la ciudad, asediadas durante años, resisten impasibles, pintarrajeadas con la sangre tanto de aliados como de enemigos, mas perfectas, eternas.
  Entonces, el ejército rival de aqueos parece retirarse. Los troyanos, que han repelido valientemente el ataque, ven en el curioso regalo que sus enemigos dejan tras de sí antes de marchar un rayo de luz, de consuelo por las vidas perdidas y, en fin, de esperanza. Es un enorme caballo de madera. Así, bajan las defensas y lo dejan entrar. Todos sabemos como acaba a partir de aquí la historia: los invasores aprovechan este momento de debilidad, esta ausencia puntual de autoprotección para atacar con todas sus fuerzas y arrasar Troya. Tal y como actúa la ilusión, filtrándose y horadando tus defensas desde el interior.
  Con el paso del tiempo, a veces nos ilusionamos pero, ¿qué es la ilusión por algo si no humo, y la esperanza de que detrás haya algo verdadero? Durante esos momentos, somos vulnerables, más sensibles y débiles, susceptibles de que nos partan el alma. Habrá quien diga que es normal, un paso obligatorio de la vida, “caerse y levantarse”. Puede que ellos tengan razón. Pero, a su vez, puede que quien tan alegremente lo diga, sea porque “realmente” nunca le hayan partido en dos (que no hacerle daño, como a todos).   Cuando te parten y te destruyen, la ilusión traicionada es mucho más que una “mera lección”, porque se pone en juego más que unos cuantos días de llanto; se pone en juego tu vida. Por eso la ilusión ya no se convierte en un estado de esperanza natural al que todos debemos exponernos para ser felices, si no un riesgo de estocada en el corazón, de golpe de gracia y de muerte.
  La vida es batalla. Si estás alerta, si nunca terminas de confiar en las intenciones de nadie más que en las tuyas, si siempre estás receloso y barajando las posibles jugarretas que el destino te tenga deparadas, tus probabilidades de no perder aumentan. Dejarte llevar plácidamente, esa tendencia natural de cerrar los ojos, saltar y dejarte arrastrar por la corriente de tu cuerpo y sentimientos es darle un cuchillo a otro y dejar que juegue con él en tu cuello. A veces sólo te rasguña. Otras, te degüella.
  Maldigo la ilusión. Escupo en ella. Ya nada me incumbe o atañe tanto, y quiero que así sea. Los milagros de la esperanza correspondida ya no me embaucan, pues al final siempre es la misma historia: defensas bajas, masacre y luchar porque esta derrota no sea la última.
  Como debió hacer Troya: seguid atacando, vida, momentos dulces, decepciones y derrota, que mis muros seguirán aquí. Seguid tentándome con regalos esperanzadores, caballos de madera, que yo responderé edificando cada vez muros mayores para que se estrellen en ellos. No tener ilusión es sentir menos, pero no por ello estar menos vivo. Hipoalgesia emocional, vivir apartado, sentir menos. Tener siempre presente tu condición, tu estado, ser constante y férreo contra las amenazas, es pelear siempre. Es moverse. Es poder conseguir cualquier cosa. Incluso quemar el caballo de Troya.  

sábado, 12 de julio de 2014

Falta de Ingenio

 - “Tetas de Vane”, “tetas de Vane”, “tetas de Vane”...- coreaban todos los niños.
  Bosco se cubrió el pecho con las manos. Todo el club de natación reía. Incluida Vanesa, la chica con más pecho del grupo y de la que él creía estar enamorado (aunque el órgano que había decidido aquello se encontraba varios centímetros por debajo del corazón). Aquella situación empezaba a desquiciarle.
  No me andaré con rodeos: Bosco estaba gordo. Comía más que cualquier otro chico no obeso de 13 años, lo cual le había hecho caer en un círculo vicioso: sus compañeros se reían de su peso y él comía por la ansiedad que le provocaban sus burlas.
  Al principio de su existencia, la vida no había ido demasiado mal para el chico. Bosco nunca había sido muy inteligente, lo cual había supuesto una ventaja a la hora de integrarse en cualquier grupo de adolescentes. Su estrategia había sido la pura y simple imitación. Como gelatina dentro de una vasija irregular, el chico había crecido adaptándose a las circunstancias de sus semejantes, haciendo lo que se supone debía hacerse y riendo de lo que se supone debía reír. Todo eso funcionó bien hasta que entró a clase de natación. Los niños deben ser muy crueles (si no, todo el mundo sería feliz), y aquellas bromas sádicas que Bosco había esgrimido contra los demás con el beneplácito del grupo se volvieron en su contra en el momento que salió a la luz que se podía recoger tocino pasándole un cuchillo por el abdomen. “Ballenato”, “tetas de Vane”, “barco” y posteriormente “yate” eran sólo algunos de los motes con los que sus compañeros le torturaban.
  Aquel día, el profesor Moskovitch había organizado una prueba de velocidad. Una vez el revuelo se hubo calmado, los chicos entraron en la piscina bajo la atenta mirada del monitor. La mirada de Moskovitch en realidad siempre era atenta. Sobre todo en las duchas.
- Chicos, hoy tenemos la prueba de velocidad. -¿Veis? Os lo dije-. Bosco Aaabern, eres el primero.
  El chico entró en el agua tímidamente. No quería que volvieran a gritarle “tsunami”.
  La verdad era que Bosco no nadaba mal en absoluto. A pesar de sus rechonchos brazos y piernas, la práctica constante le habían dotado de compenetración entre sus miembros y una técnica depurada. Con 2 minutos y 14 segundos, estableció una marca bastante digna.
- Muy bien Bosco, te has superado- premió Moskovitch mientras se acariciaba el pelo del pecho.
- Gracias señor. En el agua soy como un pez.
- Las ballenas son mamíferos.
  La clase entera estalló en carcajadas.
  Aquel que había intervenido era Tomás Esparkling y, durante los últimos años, la pesadilla de Bosco. El uno era radicalmente opuesto al otro: escuálido, de ojos caídos y cara alargada e, hiciera lo que hiciera Bosco, Tomás siempre tenía una réplica ingeniosa contra él. De padres judío-nacionalsocialistas encarcelados, nadie sabía muy bien sobre la vida de Tomás. A Bosco le bastaba con saber que le odiaba.
- ¡Profe!- se quejó Bosco.
- Lo siento chico, pero sólo ha exteriorizado conocimientos correctos aplicados sobre la fauna marina- dijo el señor Moskovitch encogiéndose de hombros-. Sal del agua y vamos, todos a las duchas.
- Pero... profe. Quedan 56 minutos de clase- replicó un alumno que se llamaba... Juan. Por ejemplo.
- ¿Ah, sí? Qué despacio pasa el tiempo... pues venga, tú mismo. Al agua.

Las pruebas de velocidad se sucedieron durante toda la mañana. La marca de Bosco quedó como la tercera mejor de clase, lo cual ya era una leve victoria para la pequeña mente comparativa del chico.
  Al terminar la clase, dos agentes de policía fueron a hablar con el señor Moskovitch en privado por “razones personales que no os incumben, chicos”, como les había explicado el propio profesor, así que pudieron ducharse sin sentirse observados. Los vestuarios eran el momento más traumático para Bosco. Si bien las burlas de sus compañeros (y especialmente de Tomás) se sucedían continuamente, su frecuencia se recrudecía exponencialmente cuanta menos ropa llevara encima.
  Aquel día, Tomás y un séquito de tres niños más fueron a hablar con Bosco mientras sacaba la ropa de su taquilla.
- Oye, “Bordo”, ¿verdad que te estuviste haciendo pis en la cama hasta el año pasado?- le preguntó el chico.
- ¡Eso es mentira!- mintió Bosco.
- Verdad.
- Mentira.
- Verdad.
- ¡Mentira!
- Verdad.
- ¡Mentiraaaa!
  Entonces, Tomás sacó un papelito de sus pantalones y se lo tendió a Bosco.
- Toma.
  El chico le miró con recelo un instante. Luego, lo cogió porque sólo era un papel, ¿qué podía hacerle? Al mirarlo detenidamente, vio que era una foto de su madre.
- Para ti la perra gorda- dijo Tomás.
  El vestuario entero perpetró una feroz carcajada. Bosco rugió en silencio como un león afónico.
  Aquella noche, en la oscuridad de su cuarto, el joven obeso juró venganza. Pensó durante horas la manera apropiada y proporcional de devolverle todos los meses de maltrato psicológico que había recibido de su compañero, y de paso ganarse el respeto del resto del grupo, pero no se le ocurrió nada. Decidió poner la tele. Estaban echando una película sobre la II Guerra Mundial. Tenía que matar a Tomás.

Durante meses, Bosco planeó su particular manera de impartir justicia. La situación requería de una trampa sutil y elaborada, capaz de hacer que pareciera un accidente y no le incriminara directamente a él. Decidió llenarle a Tomás la taquilla de petardos y que le estallaran en la cara.
  Con los ahorros de toda su vida, el chico logró comprar una cantidad de material pirotécnico lo bastante grande como para que los fabricantes de tanques blindados se replantearan su trabajo. Luego, otro mes para aprender a forzar cerraduras. Y, finalmente, llegó el día de la vendetta...
  En los vestuarios, Bosco ya se había puesto el bañador y hacía como que buscaba algo en su mochila para esperar a que sus compañeros se marcharan, cuando Tomás le hizo una foto al pecho con el móvil.
- Es para mis largas noches solitarias- explicó.
  De nuevo, hubo risas.
- Ya reiré yo...- juró el gordo, y esperó que nadie le hubiera oído. Así fue, tranquis.
  Una vez todos los demás chicos se hubieron marchado a la piscina, Bosco comenzó el plan. Con una horquilla, dos ganzúas, la tarjeta de crédito de su madre y una chancla, tras muchos esfuerzo fue capaz de abrir la puerta de la taquilla de su enemigo. Después, prendió fuego a la mecha e introdujo los petardos dentro. El plan perfecto...
  ...o no. Que no era infalible lo tenía claro, pero Bosco empezó a plantearse varias incógnitas respecto a la treta que hasta ahora había pasado por alto: ¿cuánto duraba la mecha? ¿cómo conseguiría que Tomás abriera la taquilla en el momento oportuno? En el supuesto de que por alguna extraña razón todo saliera bien... ¿puede un niño de 13 años ir a la cárcel?
- ¡Los ahorros de mi vida!
  El chico se abalanzó sobre la taquilla y empezó a forzar de nuevo la cerradura. Esta vez necesitó dos chanclas. Presurosamente, abrió la pequeña puerta dispuesto a apagar la mecha que quedara. Pero, para cuando lo consiguió, ya no había mecha que apagar. 
  Lo último que escuchó Bosco fue el inicio de una explosión. Minutos después, tuvieron que despegar los restos de su cara de la pared con una espátula.

En el cielo, Bosco y Dios charlaban animadamente (¡ZAS!).
- En el fondo me alegro de que las cosas no salieran bien- reflexionó el chico-. Matar a una persona no es cosa de risa, y creo que no hubiera podido vivir con la culpa, por mucho que Tomás se lo mereciera.
- BOSCO, QUIERO QUE VEAS UNA COSA- dijo Dios.
  Gracias a sus superpoderes, Él materializó una televisión gigante ante ellos. Como encendida por un mando invisible, empezaron a verse imágenes de Tomás. Bosco descubrió inquietantes verdades: alejado de sus padres desde los dos años, el chico había estado al cuidado de su cruel abuela materna, que le había tratado con severidad y crudeza.
- Toma una zanahoria, “caracaballo”- le decía a menudo en el vídeo recopilatorio, mientras le acercaba el vegetal a la cara.
  En otra escena, se vio como la mujer llevaba a Tomás a dormir a un establo. Posteriormente, imágenes de la mujer subiéndose sobre el chico y azotándole como si fuera un potro desbocado. Tras varias imágenes más, la tele se apagó.
- Cielos... debe de estar muy amargado- pensó Bosco, sintiéndose culpable.
- EN ABSOLUTO. BOSCO, TOMÁS APRENDIÓ HACE MUCHO TIEMPO A REÍRSE DE SÍ MISMO Y A QUE LAS BURLAS NO LE AFECTARAN. POR ESO ES CAPAZ DE MIRAR LA VIDA CON IRONÍA Y SENTIDO DEL HUMOR.
  Bosco se mantuvo un rato pensativo. Las palabras de Dios horadaron en su cabeza como un óvulo fecundado en el endometrio.
- Ahora lo comprendo. Sin burla, la vida sería aburrida y banal. Continuamente, humillamos y vejamos a los otros, pero es una forma de forjar el carácter, pulir el ingenio y darle humor y vitalidad al mundo. Sólo una persona capaz de reírse de sí misma es capaz de hacer esto por los demás.
  Dios asentía con cada palabra que salía de la boca del chico.
- Lo tengo. Dios, gracias a tu enseñanza, he aprendido a ser mejor persona. Ahora sé que podré convivir con las burlas, ser amable y tener el suficiente humor e ingenio para reír a la vida y hacer del mundo un lugar con más color. He aprendido la lección. Devuélveme a la tierra.
- ...NO.
  Bosco le miró ceñudo.
- ¿No?
- PUES NO. ¿POR QUÉ IBA YO A HACER ESO?
- ...pues también es verdad.
- SIEMPRE.
  Y así, Bosco no resucitó y siguió muerto, pero aprendió una valiosa lección. 
  Y el mundo siguió girando, con más alegría si cabe. Se había quitado un peso de encima (¡ZAS!).


FIN

jueves, 19 de junio de 2014

Gracias

Seré breve. Hoy, hace un año que morí (más o menos, siempre fui muy malo con las fechas y, afortunadamente, esta vez no es una excepción). Somos aquello en lo que creemos, lo que pensamos que es bueno, justo o como queramos llamarlo y, en mi caso, todas esas cosas se destruyeron como un terrón de azúcar en el mar. En cuanto a dolor, este último año ha sido el campeón en mi vida. Pero, además, también ha sido el mejor año. 
A veces, llegamos tan al fondo, tan abajo dentro de nuestra propia oscuridad, que podemos coger el suficiente impulso como para llegar de un salto a un nivel superior de lo que éramos. No estoy seguro de en qué nivel me encuentro ahora, pero impulso desde luego he cogido. 
Digo, como en una entrega de premios, gracias. En primer lugar, a mí mismo (obviamente), porque sin su propio esfuerzo, uno no llega a nada, y el alimento de la victoria es el trabajo duro. Pero, no menos importante (y el sentido del texto, que para darme las gracias a mí solito no hace falta que publique nada) es agradecer a todos los demás que estuvieron ahí cuando les necesitaba. Como una galaxia es el triunfo (en definitiva, lo que todos buscamos, lo más importante), donde el centro es uno mismo, pero el resto de planetitas que nos apoyan son imprescindibles para que el sistema prospere. Así que gracias a todos los que me habéis apoyado, animado y aconsejado durante esta época tan difícil, porque sin ellos es muy improbable que hubiera conseguido salir a flote. Espero ser capaz algún día de devolveros el favor... aunque me hayáis obligado a ponerme moñas unas líneas.

domingo, 8 de junio de 2014

Hipótesis Personal: el Nacimiento de los Monstruos


Buenas, hoy me gustaría hacer una reflexión a nivel humano, más que sociopolítico y eso. El asunto es jugar un poco a hipotetizar con nuestro futuro como actual país monárquico, centrándose en una figura inocente hasta ahora. 
Leonor de Borbón y Ortiz (8 años) va a empezar a cobrar 8.500 euros al mes. Como niña, no creo que ella tenga la culpa de nada, pero querría que pensásemos en el futuro. Porque una chiquilla que va a cobrar 102.464 euros de fondos públicos, también crecerá, y entonces será consciente de lo que ha estado pasando. Vivimos en un país a la cabeza en cuanto a desnutrición infantil, donde dos millones de niños sufren hambre, así que cuando la princesita se desarrolle, tendrá dos posibilidades ante ella: 
Una primera será darse cuenta de que ha estado viviendo en la opulencia de manera injustificada, sin ningún mérito propio, malgastando gran parte de un dinero con el que se podría haber evitado mucho sufrimiento a otras personas semejantes. En ese caso, Leonor de Borbón se convertirá en una chica triste y asqueada consigo misma. 
Otra posibilidad es que, percatándose de la injusticia perpetrada a su favor, no repare en ella, piense que la vida es aleatoria, que todos nos aprovechamos y aprovecharíamos de las circunstancias si pudiéramos y que ella tenía sus cartas, y sólo las utilizó. Este pensamiento hace muy posible que continúe abusando de su posición de esta manera (robando, estafando, pisoteando al resto y librándose luego de las consecuencias por su cuna), un poco como lo que ya hace el resto de su familia (rey, infanta, Urdangarín...). En esta segunda hipótesis, Leonor de Borbón se convertirá en otro monstruo más.
Pensemos a dónde vamos. Nos jugamos más que simples decisiones burocráticas o incluso que dinero, nos jugamos futuro y, en esencia, justicia. La monarquía es, por definición, desigualdad, incurrir en que somos distintos, y no hay mayor fábrica de monstruos que una sociedad en la que unos se creen mejores que otros.


viernes, 6 de junio de 2014

La Caja de Pan Dorado


La puerta se abrió de golpe y la chica entró corriendo en el piso, dejando un rastro de lágrimas a su paso, con una fragancia a tristeza. Luego, se tiró en el sofá con la cara pegada a un cojín.
- Capullo... capullo...- se repetía la chica-. Josué, eres un capullo...
  La casa estaba vacía de persona, así que tan solo podía quedarle el consuelo del señor Tetrix, su afable loro.
- Puta, puta, puuuuuuuuuuuuuuuta.- gritaba el animal con su chirriante y mimética voz.
  La muchacha no se sintió mejor.
  Entonces, el sonido del timbre la sacó de su introspección.
  La chica se secó las lágrimas con una revista del corazón antes de abrir la puerta. Plantado frente al recibidor, un chino de rasgos demacrado la estaba esperando.
- No hemos pedido nada. Dígale al chef Chin Dung que hoy no nos apetecen rollitos de cerdo.
- Yo no venil pol lestaulante – respondió el hombre-. ¿Quién sel tú, señolita lacista? ¿Estal el señor Bolololo en casa?
  Magdalena tuvo que contenerse para no darle un puñetazo por la descortesía, porque sabía que todos los chinos practican kárate.
- Soy Magdalena, el señor Borrorrorro es mi padre. Y no está en casa.
- Desglacia, glande desglacia ha acontecido aquí... ¿vosotlos tenel calacol gigante?
  El hombre señaló el rastro de lágrimas del suelo.
- ¡¿A qué ha venido?!
- ¿Podel sentalme?
- No.
- ...¿y olel blaguitas niña lacista?
- ¡Menos!
- Me plesentalé: mi nomble sel Pa Chulomi Pilulo. Hace glande tiempo, padle tuyo y yo peleal codo con codo en sección especial ejelcito chinoespañol pala encontlal objeto más temido pol homble. Aquel, sel entlegado pol dioses a moltales pala plobal valía de colazones y tocal los cojones, y habel ido pasando de mano en mano pelsonas podelosas: Napoleón, Hitlel, Elvis... hasta que, tlas muchos años de búsqueda en España, nosotlos finalmente conseguimos en mansión de Nalanjito.
- Un momento. ¿Cuánto lleva en España? Lo digo porque habla nuestro idioma como el culo.
- Pues mi chino sel peol. El caso: luego de tomado, yo custodial objeto telible en lestaulante de la esquina...
- ¡Lo sabía!
- ...hasta ahola. Pelo mis años son muchos, y tenel que abandonal este mundo plonto pala unilme a ancestlos.
- Y ser echado a la sopa y servido a los occidentales según el ciclo vital chino- concluyó la joven.
- ¡Tú callal, joven niña lacista y honolable! ¡Fin de explicaciones! Yo venil a dejal objeto maligno y pilalme a Cancún a gastal foltuna mía.
- Vale. Le daré el recado a mi padre. Dámelo.
- Tú palecel niña lacista honolable sensata.
  Pa hurgó en sus bolsillos de pana, hasta que finalmente sacó una cajita de color trigo del tamaño de un estuche de dominó.
-...¿guau?- Magdalena no sabía si debía maravillarse.
- Esta sel “la caja de Pan”, objeto más mágico y sabloso pol el que hombles habel luchado y peldido vida dulante siglos.
- Pero... ¿qué hay dentro?
- Nadie sabe con celteza. Solo que mal más antiguo y maligno que anuncio colonia. Su maldad sel sellada años entelos en cajita, y no debel salil al mundo nunca.
- Vale. No parece complicado.
- Al contlalio, niñita tonta sensata lacista y honolable, pues tentación sel muy fuelte, y caja Pan estal doladita pol fuela.
- ...
- ...palecel clujiente.
- ... X 2
- Y bueno, yo tenel que il. Factulación de maletas sel cola más lalga que mulalla nuestla. Tomal.
  Pa tendió la caja de Pan a Magdalena, que la recogió con recelo. ¿Sería capaz de soportar la tentación para eludir la destrucción del mundo durante el tiempo suficiente antes de que fuera la fiesta de fin de curso y estrenara su nuevo vestido rojo?
- Ya no sel mi ploblema. ¡Yupi!- dijo el chino, saliendo y dando un portazo.
  La chica quedó de nuevo a solas, sopesando la caja. No pesaba casi nada, parecía hueca.
- A lo mejor si sólo abro un resquicio...¡basta!- se sorprendió sucumbiendo a la tentación-. El señor chino que olía a pises ha confiado en mí y no le fallaré. Guardaré la cajita hasta que venga mi padre y...
  Entonces, sonó el teléfono.
- ¿Diga?- Lo descolgó la chica.
- Hola Maggggg. Soy yo, Carrie.
- ¿Carrie Chascarrillez?
- La misma que viste, calza y chismorrea.
- Hola.
- ¿Quieres saber a quién estoy viendo por la calle? Buenoyotelodigoporsiacaso: es a Josué. ¿Te acuerdas? Ese novio tuyo de hace veinte minutos... ¡y de la mano de su nuevo chico!  
- Buaaaaahhh- Magdalena lloró como lo que era.
- Oye que yo no es por hurgar en la herida ni nada de eso porque ya sabes que a mí eso no me gusta pero... ¡tu novio era gay!
- Buaaaaaaaaaaaaaaaahhh.
- ...y además hepatítico.
- Puta, puta, cómeme las pelotas- se solidarizaba mientras el señor Tetrix.
- BUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHH.
  Magdalena corrió a la nevera, como cada vez que estaba afligida, para comerse lo primero que cayera en sus depresivas garras. Esta vez, fue paté de anchoas y calamares con algas. Sacó un cuchillo de la estantería, se untó un buen pegote en pandoradoconformadecajacrujiente y se lo comió de un bocado.
- Agghhh...- pensó, como pensaría cualquiera. Pero ahora se sentía mejor.
  Tras saciarse, lo único que Magdalena quería era dormirse un rato y esperar a que ese día nefasto acabara. Pero antes, tenía que guardar la caja hasta que su padre regresara. La caja que ya no estaba en su mano.
  La chica estaba confundida. ¿Dónde la había dejado? Miró arriba, abajo, a derecha, a izquierda, al centro y... sólo había una posibilidad. La joven siguió el rastro de migas doradas y crujientes desde su mano, hasta su boca.
- ¡¡¡MMMMMM!!!- Por instinto, se amordazó con los dedos.
  El timbre sonó de nuevo, y Magdalena corrió desesperada a abrir la puerta. De nuevo, Pa esperaba sobre el felpudo, con gesto tímido.
- Solo quelel sabel si tenías algo que hacel esta noche o podemos fo... ¡¡¿qué?!!- El chino pudo ver las migas en rostro y brazo de la joven. Su cara de desesperación relataba el resto de la historia por sí sola-. ¡¡¡¡¡¡¡¿Te la has comido?!!!!!!!
  Magdalena asintió con la cabeza.
- ¡¡¡¡¡¡¡¿En veinte segundos que estal yo en balcón intentando descolgal lopa inteliol tuya?!!!!!!
  Magdalena puso los ojos en blanco.
- ¡Telible, telible desglacia! Sólo habel una solución.- Pa hurgó en su bolsillo de pana mágico hasta sacar un garfio pequeño y un poco de sedal de pescar-. Habel que coselte boca.
- ¡¡MMMMMM!!- negó la chica.
- Pan pasal de esófago a estómago, y de ahí a culo pol intestino, pelo mal quedal pala siemple en boca. Tenel que coséltela pala que no salil.
  Desesperada, Magdalena buscó la libreta de los recados y, rápidamente, dejó una frase escrita.

“¿No hay otro modo?”

- No habel tiempo de enseñalme a leel- respondió Pa-. Ahola, estalte quietecita...
  Magdalena observaba con ojos desorbitados cómo el pincho se acercaba cada vez más a sus labios.
- NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO- acabó gritando.
  Una multicolor luz, que pasaba del púrpura brillante al verde, pasando por el negro más absoluto y el azul más claro, salió de su garganta. Decenas de brazos blancos como la muerte salieron de la luminosidad y sujetaron al chino...
- ¡¡¡Jayaaaaaaaaaaaaaa!!!
  Lojos como velas sus ojos se tolnalon, su tez amalilla volviose del colol de la nieve, y una última mueca dololosa quedó glabada en su lostlo antes de que la luz de su milada se apagala y su calne se deshiciela, dejando un lastlo de polvo donde el cuelpo del bueno, simpático y dueño de lestaulante de plecios competitivos chino...
  ¡Oye! El narrador soy yo. ¡Fuera de aquí, fantasma de Pa!
  ...calle Fuencalal, númelo 20, plecios competitivos...
  ¡Largo!
  A mandal.
  Bueno, pues eso, que el chino murió.
  Magdalena quedó pensativa mirando el montoncito de polvo que tenía delante suya y que antes había sido una persona. Al principio se horrorizó, pero luego pensó con frialdad, y empezó a buscar nuevas perspectivas. Hasta que las encontró.
  Tal como ella lo veía, la situación estaba así:
  Contras: Comidas intravenosas y notable descenso de sus relaciones personales.
  Pros: Algún capullo recibiría su merecido.
  La chica dio un portazo y se giró hacia el interior del piso. Sacó su móvil y concertó una cita:
“Josué, tengo unos libros tuyos que me gustaría devolverte. Cuando quieras quedamos y te los doy. Sin rencores”.
  La chica envió el mensaje y lanzó el móvil contra el sofá de manera casi furiosa. El mundo sería suyo.
- Muahahahahahaha...
- PUTAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAGGGHH- gritó el señor Tetrix antes de ser convertido en polvo. 

FIN